Seminario México 2006

Conferencias dictadas en el Centro de Estudios para la Transición Democrática, A.C., durante el 2006

Los derechos políticos como derechos humanos. Santiago Corcuera Cabezut

Lic. Santiago Corcuera Cabezut, Xalapa, Ver., 13 de Febrero de 2006

Expectativas y realidades. José Fernández Santillán

Dr. José Fernández Santillán, Xalapa, Ver., 24 de Febrero de 2006

Expectativas y realidades. José Fernández Santillán (1/7)
Cargado por CetradeAC. - Videos de noticias recién publicadas.

Archivo(s) adjunto(s)Tamaño
Presentación "Seminario México 2006" (Powerpoint)39.89 KB
Presentación "Seminario México 2006" (PDF)442.15 KB

El contexto nacional. Marco Rascón Banda

Conferencia efectuada el 15 de agosto en el Centro de Estudios para la Transición Democrática (Cetrade), dentro del ciclo de conferencias México 2006.

Escenarios de la crisis y transformación de México

Marco Rascón Banda

Una transición, dicho figurativamente, significa ponerse de acuerdo para cruzar un río. Es fundamental para los actores, visualizar la otra orilla y estar de acuerdo en las reglas de la trayectoria. En nuestro caso, el objetivo de la supuesta "transición pactada" iniciada en el gobierno de Ernesto Zedillo, no ha sido clara la otra orilla y por lo tanto, hemos visto a lo largo de estos casi 10 años, una disputa a la mitad del río, donde unos han querido regresarse, otros abandonar el barco, otros se han caído al agua y se usan unos a otros para flotar y salvarse. ¿Hacia donde va México con este proyecto de "transición" que ha terminado en un largo proceso de descomposición del viejo régimen, sin atisbar las condiciones de uno nuevo?

Durante este período, dos cosas son sobresalientes: la crisis del viejo esquema presidencialista que contaba con una mayoría absoluta en el congreso y por lo tanto hacia un gobierno despótico, autoritario. La segunda, es que desde el sexenio salinista, hasta nuestros días, este largo proceso, ha estado marcado por el determinismo económico marcado por el proyecto de integración económica con el bloque del norte, la desregulación y la pérdida de la centralidad del Estado en la fijación de las reglas económicas y de la estructura financiera del país.

Anteriormente, quién ganaba la presidencia, ganaba todo y decidía en absoluto lo que respecta no solo de lo propiamente "político" y donde se ubica las relaciones del Estado y el ejecutivo con los otros poderes, los partidos políticos, los sectores sociales y la llamada "sociedad civil". Sino que influía sobre los aspectos de la seguridad nacional, medios de comunicación y los criterios de la política económica y financiera. La perdida de poder de la figura presidencialista, podría considerarse benéfica o parte de la democratización y distribución de las decisiones en el país, si no se considera que estas atribuciones pasaron a ser ejercidas por estructuras de poder oligárquico o externo y como parte del proceso mismo de globalización. Es importante considerar que la falta de una transición clara con el debilitamiento del viejo presidencialismo, arrojó una pérdida de ejercicio de la soberanía a cambio de supuestos elementos de estabilización contenidos en los criterios macroeconómicos determinados desde el exterior.

Hoy, quién gana la presidencia, no gana poder de transformación y representación. Es una democracia "sui géneris" donde los que pierden son mayoría frente a los que ganan.

Bajo este esquema, gobiernos de izquierda, centro y derecha, se pierden entre las reglas del determinismo global, haciendo del "estilo personal de gobernar" un asunto de matices. Quién gana, termina siendo un rehén de las minorías perdedoras, de los chantajes de grupos de poder económico y regional, de los medios de comunicación y de las fuerzas de seguridad con un poder cada vez más creciente ante las oleadas de crímenes e inseguridad crecientes.

Cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) como un simple acuerdo comercial, no se percibieron las implicaciones, pese a las advertencias provenientes del movimiento social y democrático de 1988, en lo social y lo político que hoy arroja un proceso de polarización social y económica, afectaciones a los sectores de clase media, incertidumbre, destrucción de la política social, sustituida por acciones filantrópicas que han derivado en una refuncionalización de las estructuras corporativas y del viejo clientelismo, pero ahora distribuido y ejercido ya no solo por el PRI, sino por todas las fuerzas políticas.

En este balance, se podría apreciar un deterioro profundo en el ejercicio de lo político. La vulgarización del discurso, el inmediatismo, las ocurrencias, el afán por el escándalo y la disputa por convencer de que el otro es peor, han contribuido al alejamiento de la ciudadanía de las urnas y ver con recelo o poca importancia a esta "democracia" poco efectiva en atender y resolver los grandes problemas nacionales.

De una manera primaria, desde los liderazgos, pese a la pérdida o empate entre las fuerzas, reaccionan pésimamente construyendo un discurso donde los candidatos se presentan como hombres de voluntad que con la llegada de ellos al poder, el país se salvaría. La política dejó de ser educativa, explicativa de los fenómenos y los procesos, con convocatoria para resolver colectivamente los problemas y haciendo de todo el país protagonistas activos. Hoy, se pide una actitud pasiva de la ciudadanía en espera de que desde el poder llegue la ayuda, la despensa o una compensación proveniente del erario. La política, dejo malamente de politizar la causa de los problemas y darle explicación de acuerdo con las leyes de la economía y de la historia, prefirió el escándalo, el amarillismo, la auto exaltación y todo metido bajo una estructura de spots de 30 segundos. Es el triunfo de Goebels sobre el discurso político y el humanismo.

Por tanto, la clase política, protagonista central y casi única de la "transición pactada", frente a una ciudadanía inerme actúan con pérdida de memoria y una visión nula sobre el futuro y de cómo podrían ser el México de los próximos 50 años.

El determinismo económico global, bajo el predominio de los medios de comunicación convertidos en fines y amparados en el avance tecnológico, no han construido una nueva sociedad democrática y tampoco pone los cimientos (en una idea gradualista) sino que ha ido construyendo una realidad con tintes de fascistización, pues se puede pelear, escandalizar, acusar en el ámbito cerrado "de lo político" pero no se pueden presentar consideraciones alternativas en lo económico y financiero, en lo mediático, en lo policial.

¿Existe otro camino? ¿Es modificable este panorama y romper con el determinismo que vulnera y pone en riesgo la existencia misma del proyecto nacional? ¿Qué significa en todo esto, la actual coyuntura postelectoral? ¿Cuáles son las consecuencias del 2006 y hacia donde conduce el discurso de los actuales protagonistas, fuerzas políticas y candidatos?

  1. Hace tiempo en medio de las campañas, señalábamos que este 2006 en verdad se estaba definiendo el país para el 2012 y viéndolo así de mediano y largo plazo, las tareas y el debate debería ser más profundo en su contenido. Era urgente, salir del tiempo de las chachalacas y reivindicar la importancia de la política y el pensamiento programático.
  2. El resultado electoral, en condiciones de empate, podríamos considerarlo la base de una nueva crisis política, pues incide o revela el agotamiento profundo de la estructura política y las reglas del viejo régimen. Este 2 de julio de 2006, cayó finalmente en pedazos la vieja institución presidencialista, que se mantuvo decrépita porque Fox y el foxismo, no quisieron remar hasta la otra orilla del río y prefirieron seguir en el naufragio a la mitad de la corriente, arrastrados por las viejas y nuevas contradicciones del país y a esto poniéndole el letrero de "México, ya cambió".
  3. El comportamiento postelectoral, es una continuación de las formas y el contenido de las campañas. No se podría esperar algo distinto, luego de las condiciones de bajo perfil programático y del esquema de lucha a ver quién era peor. La estructura spotera, con un papel central de los medios convertidos en el gran árbitro, sobre instituciones como el IFE, el Estado, los gobiernos y los partidos, que ganaron económicamente al ser depositarios de casi 8 mil millones de pesos de las prerrogativas estatales y apoyos financieros a las campañas, marcan hoy, el contenido de la política y son los que han fomentado, como consumible, el escándalo como la mejor mercancía de la política.
  4. Fue una elección donde predominaron la estructura de las clientelas, que se expresaron regionalmente. A la quiebra del viejo presidencialismo centralista, los gobernadores se quedaron con esos atributos y hoy esa institución del viejo régimen, se reparte en 32 cuasi virreyes que no tienen posibilidades de unir al país como lo hacia el viejo presidencialismo, pero si tienen la fuerza para impedir que cualquiera gobierne.
  5. Nadie por sí solo, pensando en el ganador, tiene mayoría en el congreso, lo cual lo hace rehén de las minorías, con un alta capacidad de chantaje, aunque ya se podría advertir la integración de una super fracción reformista integrada por las diputaciones del PAN, PRI, Nueva Alianza y muchos de los actuales diputados y senadores del PRD que como trayectoria política de toda la vida, han sido parte defensora del viejo régimen, más que hombres de reformas y cambios.
  6. El gran peligro, es que estos acuerdos, sean para mal, es decir, para darle continuidad a la misma política económica y la aceptación de las condiciones de la globalización dirigida desde Washington, pero ahora reforzando las formas autoritarias en la conducción. Ganara quién ganara, este es el mayor riesgo, pues en la circunstancia de los candidatos, con esos porcentajes de ventaja, buscarían legitimidad haciendo concesiones. Ya, en estos momentos, sectores oligárquicos, han hablado a través de sus voceros, sobre la necesidad de la anulación, significando la exigencia de concesiones a intereses particulares a cambio de reconocimiento.
  7. No obstante, este panorama de crisis en el mandato, debería ser el escenario más favorable para las reformas de fondo en el país, pues continuar por el mismo camino ya no es viable. En lo económico, se extrapolan las condiciones de sobrevivencia para unos y las concentraciones de riqueza para otros; y en lo político, las formas y la estructura de partidos, aleja a la ciudadanía de las urnas, pues los candidatos y los partidos, cada vez se parecen más en el discurso y hasta la manera de falsear la solución a los problemas.
  8. Para el país, no queda más camino que la reforma y no a pedazos, sino como un gran proceso de reforma constitucional a fondo y donde la sociedad mexicana, fuera participe activa y no solo observadora, en la tarea de definir las nuevas reglas económicas, políticas, jurídicas, éticas, culturales, energéticas, con respecto al exterior y los problemas del campo mexicano. México necesita una nueva constitución y lo vienen diciendo muchos actores, desde el neozapatismo, hasta la intelectualidad más avanzada. El discurso maniqueo de los buenos y los malos, o las ideas de que un presidente "bueno" vendrá a salvarnos, ya se agotó y solo queda: reconocer que hay otras fuerzas políticas, con propósitos contrarios, pero indispensables a la hora de definir las nuevas reglas.
  9. México tiene experiencia en las transiciones, pero poco afortunadas como la de los Tratados de Ciudad Juárez en 1911 que cuminaron 18 meses después en la "Decena Trágica", el golpe militar huertista y el asesinato de Madero. Esta experiencia es siempre una tentación, es decir, buenos deseos no cumplidos, pues se parte del desprecio y el encono del contrario. No es tampoco -la transición- un paseillo a misa, sino un gran esfuerzo político, ideológico, democrático, que en la forma de elaborar un nuevo proyecto constitucional, se estaría definiendo en buena parte el contenido progresista y profundo de esta.
  10. En el pasado, frente a demandas reformistas desde el agrarismo, la lucha obrera, la democratización de la educación, libertad de expresión, primero vino la represión y luego la incorporación de las demandas, como un acto discrecional desde el poder y no de reconocimiento de la pluralidad política. De la lucha y demandas agrarias en la revolución, surgió la ley del 6 de enero y luego el artículo 27, una vez de que su impulsor Zapata y el zapatismo habían sido asesinados y destruidos. En 1968, 1977, el 85, el 88, se empujó a la democratización desde abajo, pero quedó como resultado que las reformas siempre deben de venir del poder absoluto.
  11. Hoy, sin embargo, no hay siquiera un poder con la fuerza suficiente para impulsar por él mismo cambios y transformaciones; desde ese punto de vista, el escenario postelectoral y de fuerzas con 35 % de los votos y una realidad en tercios, debería abrir un clima favorable para la reforma y una nueva constitución que pudiéramos votar en referéndum en el 2009. Se requeriría remontar el debate electoral y convertirlo en un debate programático y si en las campañas el reto era, ver quién era el peor, -en un proceso de reforma-, sería quiénes son los mejores, pues no sería necesariamente un debate interpartidista, sino incorporando a la inteligencia del país, a los sectores económicos del trabajo, las empresas, la educación, la cultura, la ciencia.
  12. Imaginemos un proceso a debatir, puntos como: Reforma política, régimen de partidos, ciudadanización, financiamiento. Reforma económica y tributaria,. Reforma al régimen de medios de comunicación. Reforma energética. Reforma indígena. Reforma educativa. Sistema jurídico y seguridad. División de poderes y sistema electoral. Recuperación del valor del trabajo para la recomposición del mercado interno y la economía nacional. Tratados Comerciales. Migración. Reforma agraria y producción. Sistema financiero y todo ello contenido en una nueva Constitución política.
  13. Sería la primera vez que los electores, no solo votarían por candidatos, sino por reglas, programas y leyes nuevas de manera directa y no a través de representantes. El proceso requeriría el concurso de todas las fuerzas políticas e ideológicas y se transformaría el púlpito en tribuna de ideas, proclamas y propuestas, hasta llegar con el resumen a un gran Foro Constitucional.
  14. Pero el tiempo se agota, pues el mayor peligro es la tentación de que una parte de las fuerzas políticas se pongan de acuerdo para empujar unilateralmente hacia reformas sin consenso. El peligro latente es también la liquidación de una parte de las fuerzas encerradas en el discurso estrictamente de lo electoral, sin ver el horizonte arrojado por el resultado formal y que haría débil a cualquier que ganara. El gran peligro es la desarticulación de una de las fuerzas y la que dirigido en particular el lopezobradorismo, como una corriente surgida de la crisis de los partidos, pero que no esta llenando el espacio de una fuerza política capaz de empujar a la reforma, pues parte del hecho de que la reforma solo puede venir luego de llegar a la presidencia, cuando esa figura en la realidad política, ya no existe más, no ahora.

Desde ese punto de vista, las condiciones son extraordinariamente favorables para una reforma, pero requiere inteligencia de todos y un grado alto de visión para entender que el poder no se sustenta en las condiciones inmediatas, sino en la apuesta de construir el futuro. El corto placismo, el pragmatismo, el trasvestismo, deben dejar paso a mujeres y hombres de la reforma. Esto mismo tiene como mayor peligro, la idea de desconocer que la fuerza contraria se debilitará, pues en la idea de una reforma fuerte, se requieren interlocutores fuertes y la convocatoria a cientos y miles de voces en todo el país y que esperarían el llamado para aportar soluciones en todos los ordenes del país y frente a todos los grandes problemas nacionales.

Se requiere dejar de oírnos a nosotros mismos y aprender a escuchar, para fundamentar el debate. Se requiere abandonar el discurso de lo trágico y meter al país al debate de lo probable, de lo transformable.

Hay quiénes quieren de México, un país debilitado y contradictorio, incapaz de acuerdos en lo referente a como avanzar. México necesita un gobierno fuerte, resultado de una sociedad fuerte, pues hasta ahora, la debilidad gubernamental ha dejado también una sociedad dispersa, atomizada y cada vez más confundida. Para ello, se requiere dejar nuestra parte mala y convocar a la parte creativa de todos los mexicanos, para hacer el país democrático, altivo, con reglas claras para dirimir nuestras diferencias históricas o ideológicas, sin renunciar a ellas.

Perfil de Marco Rascón Banda

Perfil de Marco Rascón Banda

Marco Rascón Banda ha sido activista estudiantil en Chihuahua. Preso de 1972 a 1975. Periodista de la Revista Punto Crítico. Dirigente y fundador de diversas organizaciones populares entre ellas la Coordinadora Única de Damnificados (CUD) y la Asamblea de Barrios de la Ciudad de México.

Es miembro fundador del PRD. Integrante de su primer Comité Ejecutivo Nacional. Presidente del PRD en el Distrito Federal de 1992-93 y Diputado Federal 1994-97. Colaborador editorial de La Jornada de 1987 a la fecha.

La transición de México (1986-1997-2006). Macario Schettino

Conferencia efectuada el 18 de agosto en el Centro de Estudios para la Transición Democrática (Cetrade), dentro del ciclo de conferencias México 2006.

La transición de México (1986-1997-2006)

Macario Schettino

La discusión acerca de la transición política de México ha sido amplia, pero no necesariamente muy atinada. La razón, en mi opinión, es el carácter especial del régimen autoritario del que partimos, que requiere, para su definición correcta, atacar de frente el mito de la Revolución Mexicana, algo para lo que no parece preparada la clase intelectual mexicana. En las páginas siguientes intentaré bosquejar el problema, y plantear algunas ideas de solución.

Algunas definiciones

Para poder analizar adecuadamente el problema, es fundamental plantearlo bien, y esto exige claridad en los términos. Sigo en esta parte lo que escribí en "Paisajes del 'Nuevo Régimen'" publicado por Editorial Océano en 2002. En primer lugar, transición significa cambio de régimen (1). Es más, significa cambio pacífico de régimen, para contrastar con otras formas de cambio, como la revolución, que es un cambio violento de régimen. Un caso diferente es el golpe de Estado, que también es violento, pero que no implica un cambio de régimen, sino la restauración de éste.

Se le llama régimen, en política, al conjunto de instituciones que regulan el acceso, uso, distribución y abandono del poder (2). Y esto nos lleva a dos palabras que también hay que definir: instituciones y poder. Instituciones en realidad significa dos cosas diferentes: organismos y reglas. Así, el régimen es un conjunto de reglas, y de organismos, que regulan el poder político.

Por su parte, el poder, en ciencias sociales, es la capacidad que tiene una persona (el poderoso, digamos) de hacer que otra (u otras) hagan lo que el poderoso quiere. El poder existe en varias formas. Por ejemplo, se puede lograr que otros hagan lo que uno quiere por hambre (poder económico), o por la fuerza (poder coercitivo), o por convencimiento (poder persuasivo). Estas tres formas de poder son las únicas que existen, según algunos, y las demás son combinaciones de ellas (3). Otros sostienen que hay formas diferentes que no son combinación de nada. Por ejemplo, para algunos sociólogos (4), el poder de influencia y el poder de autoridad son versiones diferentes del poder persuasivo y coercitivo que hemos comentado. Más aún, hay quien sostiene que el poder político es una forma distinta a todas las otras.

Sin embargo, uno de los poderes es fundamental para que los otros funcionen. Me refiero al poder coercitivo-político (los junto para no discutir si son diferentes o no), que puede determinar el funcionamiento de las otras fuentes del poder.

Si el poder coercitivo-político no está "razonablemente regulado" (más adelante le comentaré qué significa esta frase), entonces las fuentes se convierten en el poder mismo. Me explico: si en una sociedad el poder de la violencia no está "razonablemente regulado", entonces la violencia se convierte en el poder mismo. En ese momento, el poder económico deja de ser relevante, a menos que se transforme rápidamente en coercitivo; y lo mismo le ocurre al poder persuasivo. Es el caso de una guerra civil, o de la desaparición brusca del Estado, cuando cada quien defiende su vida y propiedades como pueda, lo que significa que lo hará con toda la violencia que tenga a su alcance.

En consecuencia, "regular razonablemente" el acceso al poder coercitivo-político es la base fundamental para la existencia de una sociedad humana contemporánea, prácticamente de cualquier tamaño.

Para saber qué es "regular razonablemente", permítame incluir un último término: legitimidad. Aunque esta palabra tiene el mismo origen que legalidad, en tiempos recientes ha adquirido una connotación diferente, de gran importancia para entender la política. En una frase muy referida de Max Weber, éste define al Estado como quien tienen "el monopolio de la violencia legítima". O puesto en las palabras que hemos utilizado, el Estado es quien concentra el poder coercitivo-político, y lo hace de manera legítima. La legitimidad es, precisamente, lo "razonable" de esta fuente de poder. Legitimidad es el consenso en la comunidad política con respecto a esta fuente de poder; una especie de acuerdo, con una parte explícita (la legalidad) y una implícita (la legitimidad), a partir del cual la comunidad política acepta que este poder coercitivo-político se concentre en una cierta estructura.

Ahora vamos de regreso: este consenso alrededor del poder coercitivo-político es precisamente el régimen al que nos hemos referido. Y este régimen es legítimo (y legal) en tanto coincide con la apreciación que tiene la comunidad política sobre la que éste funciona. Así, mientras la comunidad política "piense" que hay legitimidad en la forma como se "regula razonablemente" este poder coercitivo-político, así será. Pero si la comunidad política piensa que la legitimidad ya no existe, entonces el régimen empezará a tener problemas.

Cuando un régimen deja de tener legitimidad, pueden ocurrir dos cosas. Una es que el régimen se restaure (más bien, que algunos miembros de la comunidad política intenten y logren restaurar al régimen), y la otra es que se acabe. El fin de un régimen es el fin de la "regulación razonable" del poder coercitivo-político, aunque eso no implica que, de golpe y porrazo, desaparezca el Estado y la violencia sea la única forma de resolver conflictos.

Cuando un régimen termina, ocurre un período llamado interregno, que se prolonga hasta que un nuevo régimen se instala. Este nuevo régimen será producto de un nuevo consenso en la comunidad política. Puede ocurrir que no se logre construir este régimen, y entonces el período de interregno se convierta en un período de deterioro. En algún momento, o se restaura el régimen anterior, o se construye uno nuevo, o desaparece el Estado.

Regresemos un momento a estas definiciones para tener el panorama completo. Un régimen es un conjunto de reglas y organismos que determinan el acceso, uso, distribución y abandono del poder coercitivo-político. El régimen es una regulación razonable del acceso a este poder, que depende del consenso de la comunidad política. Este consenso tiene una parte explícita (la legalidad) y una implícita (la legitimidad).

Cuando la comunidad política cambia su consenso, entonces el régimen deja de ser legítimo y deja de existir. Esto no es algo que ocurre de la noche a la mañana, pero ocurre. La construcción de un nuevo régimen implica un nuevo consenso (en sus dos partes, explícita e implícita), y mientras éste no se logra, se vive un período de interregno.

Durante este período, el acceso al poder no está "regulado razonablemente". Si la velocidad de ruptura del consenso es mucha, entonces la pérdida de esta regulación razonable lleva a que la violencia sea la única forma de tener acceso al poder. Es una revolución (una guerra civil). Si el consenso se va desmoronando, entonces es factible la convivencia de reglas y organismos (digamos, la intersección de regímenes) que permiten un cambio pacífico de régimen: una transición.

La transición en México.

Con base en las definiciones anteriores podemos ahora analizar el caso de México. Cuando se habla de transición nos referimos al cambio pacífico de régimen en el país. Esto implica que un régimen deja de existir mientras el otro va empezando. El período en que ambos regímenes se superponen es, propiamente hablando, un interregno.

En el caso de México, el régimen que deja de existir es el régimen de la Revolución Mexicana (RRM). Este régimen fue construido por Lázaro Cárdenas entre 1935 y 1938 con base en el tipo de regímenes en boga en esa época. Es, en consecuencia, un régimen autoritario, corporativo, que en sus momentos de fundación cumple las tres características que Juan Linz considera como definitorias de un régimen totalitario, el fascismo: un centro monístico de poder, una ideología que atraviesa todo, y la movilización permanente. Sin embargo, a partir de la nacionalización del petróleo y la fundación del Partido de la Revolución Mexicana, el régimen toma características autoritarias exclusivamente.

Este régimen funciona adecuadamente durante casi cincuenta años. Es así porque la sociedad en la que opera es coincidente con las características del régimen. Como se puede apreciar en la figura I, el poder relativo de campesinos, militares y obreros es tal que sólo con base en ellos podría construirse un régimen exitoso en los años treinta. Sin embargo, conforme el país se industrializa y urbaniza, estos grupos sociales van reduciendo su importancia (a diferente ritmo), mientras que otro, casi inexistente en los años treinta, toma protagonismo: la clase media.

Figura I. Poder relativo de los grupos sociales en México

Figura 1. Poder relativo de los grupos sociales en México

Pero la clase media no es compatible con regímenes autoritarios, por lo que empiezan a darse enfrentamientos entre el régimen y este grupo social a partir de los años sesenta. En esa óptica hay que leer el movimiento de médicos en 1966 y estudiantes en 1968, así como la respuesta violenta del régimen, que no puede aceptar a este grupo sin modificarse. La represión, sumada a dos sexenios de populismo económico le permiten al régimen sobrevivir hasta inicios de los ochenta en aparente buena salud.

A inicios de los ochenta, el régimen se derrumba. La crisis económica de 1982 muestra que el régimen ya no es compatible con la economía mundial, mientras que la respuesta del gobierno a los terremotos de 1985 muestra incapacidad para manejar las demandas sociales. El fraude electoral en Chihuahua en 1986 indica que el régimen ya tampoco puede administrar la esfera política.

Frente a esa situación, la clase política mexicana percibe que el régimen está terminando, y reacciona para enfrentar esta situación. En la Figura II puede verse este proceso. Antes de la caída (es decir, a fines de los años setenta), el PRI es un partido que está en el centro del espectro político, prácticamente ocupándolo por completo. A su derecha, el PAN, un partido confesional, católico, sin intención real de tomar el poder. A la izquierda, muchos partidos pequeños (se indica PC en la figura, sólo como referencia), también confesionales, aunque no católicos, que tampoco toman en serio la idea de llegar al poder. Después de la caída, es decir para fines de la década de los ochenta, los partidos se han realineado.

Figura II. Recomposición política frente al fin del régimen de la Revolución.

Figura II. Recomposición política frente al fin de régimen de la Revolución

La recomposición ocurre a partir de 1986. El PRI es capturado por el grupo de Carlos Salinas de Gortari, y es movido hacia la derecha del espectro, para cubrir el espacio natural de la clase media. Ese movimiento ocupa el lugar tradicional del PAN, que debe moverse al centro. Este desplazamiento ocurre con la "invasión de los bárbaros del norte", como se le llamó en su momento. Se trata de la incorporación a este partido de empresarios, sobre todo medianos, del norte del país, que reemplazan a los grupos dirigentes tradicionales del partido. Por otra parte, el movimiento del PRI hacia la derecha provoca la salida de un grupo de priístas que se une con la izquierda para conformar el Frente Democrático Nacional (FDN), que poco después se convertirá en el Partido de la Revolución Democrática, PRD.

En consecuencia, el inicio de la transición política en México puede fecharse en 1986, cuando ocurre esta recomposición total de la política mexicana. La elección de 1988 es resultado de este nuevo mapa. El fraude de ese año le permite al PRI mantenerse en el poder, pero ya no como el centro del régimen de la Revolución, sino sólo como uno de sus herederos. El otro, el PRD, disputará desde entonces la legitimidad de la herencia.

La secuencia de hechos a partir de 1986 toma mucho más coherencia cuando se ve a la luz de este proceso. Es decir, el asesinato de Colosio, en 1994; el levantamiento zapatista, en ese mismo año; y el proceso de reformas electorales y avance de la "oposición", son parte del proceso de transición en el que el régimen de la Revolución se resiste a morir, mientras que el régimen democrático empieza a aparecer, no siempre de manera consistente.

La fecha más importante de este proceso es la elección intermedia de 1997. En ella, el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados, lo que significa la primera grieta significativa en el orden federal. Cuando la oposición toma el control de la Cámara, se hace evidente que ésta no se había diseñado para operar como un poder independiente, ni tenía herramientas para ser un verdadero parlamento. A partir de esa elección, el régimen democrático parece imponerse de manera definitiva. La elección presidencial de 2000 es la primera que puede llamarse "normalmente democrática", en toda la historia de México.

Sin embargo, el régimen de la Revolución no ha sido totalmente destruido. En la elección de 2006 este régimen hace un nuevo intento de restauración, ahora a través de su otra rama, el PRD. Tanto el discurso como la operación política de Andrés Manuel López Obrador pueden ubicarse, sin ninguna duda, dentro de las formas políticas normales del régimen de la Revolución. Por una fracción muy pequeña de los votos, la restauración fracasa, aunque meses antes parecía ser inevitable su triunfo. La respuesta de López Obrador a este fenómeno ha sido también en los términos propios del régimen autoritario: se centra en desacreditar las instituciones y tratar de hundir al régimen democrático naciente.

Así pues, lo que vivimos en 2006 es el final del proceso iniciado en 1986, con la recomposición de los partidos. La elección de este año fue la última del proceso de transición, y es de todo punto lógico que lo que ocurrirá en los próximos años será una nueva recomposición, pero ya en la lógica de la democracia.

La derrota del PRI en la elección hace evidente que este partido no tiene ya ningún futuro. Es un partido que se construyó para administrar el acceso al poder desde el Estado, y no ha logrado transformarse en un partido propiamente democrático. Dicha transformación ocurrirá en los próximos meses, probablemente acelerándose rumbo a la elección intermedia de 2009. Sin embargo, no llegará a ella como PRI, ni se mantendrá la membresía actual, ni sus documentos básicos. Es decir, será otro partido.

Algo similar ocurrirá con el PRD, que fue secuestrado por López Obrador como el PRI lo fue por Salinas a fines de los ochenta. Pero Salinas logró alcanzar el poder, así haya sido a través de un fraude, mientras que López Obrador no lo logró. Esto significa que el PRD no tiene ya ninguna razón para mantenerse unido. Más aún con el proceso de deterioro que ha sufrido después de las elecciones. Así pues, es de esperarse que en los próximos meses el PRD también sufra una recomposición profunda.

Finalmente, al interior del PAN se librará una batalla importante entre los grupos más duros (calificados por la prensa como el "yunque", sin matices), y los grupos más centristas. Es una batalla que debería ganar este segundo frente, a partir de la fuerza natural del presidente.

En cualquier caso, lo que se vive en México es el final del proceso de transición, que deberá convertirse ahora en el proceso de consolidación de la democracia. La prueba de fuego que vivieron las instituciones en esta elección y en las semanas posteriores ha mostrado una solidez muy superior a la que la mayoría esperaba. Aunque el proceso no ha concluido, y todavía hay riesgos, todo parece indicar que México ha logrado salir de un régimen autoritario, corporativo, y transitar a la democracia.

Es la primera vez en la historia que esto ocurre. Todas las demás transiciones han sido de regímenes autoritarios "dictatoriales". Lo único comparable a nosotros es la Europa del Este, en particular la URSS, que no ha logrado democratizarse, ni parece posible que lo haga.

Referencias

  1. Nótese que no se trata de un cambio a una democracia, sino simplemente de un cambio de régimen. O'Donnell, Schmitter y Whitehead han estudiado el caso de las "Transiciones desde un régimen autoritario" (cuatro volúmenes, Paidós, 1994; pero escrito en 1986). Ahora bien, estos cambios no necesariamente han llevado a una democracia, como puede verse en el trabajo de James McGuire en el libro, más reciente, de Yossi Shain y Juan Linz, "Between States", Cambridge University Press, 1995.
  2. Definiciones muy similares se pueden encontrar en varias partes. Por ejemplo, en Bobbio, Matteuci, Pasquino, "Diccionario de Política", Siglo XXI, 1997.
  3. Por ejemplo, W.G.Runciman, "The Social Animal", HarperCollins, 1998. La propuesta original es de Bertrand Russell.
  4. Michael Mann, "Las fuentes del poder social", 2 vols., Alianza, 1991.
Archivo(s) adjunto(s)Tamaño
Documento "La transición de México (1986-1997-2006)" (PDF)46.14 KB

Perfil de Macario Schettino

Perfil de Macario Schettino

Macario Schettino se dedica al análisis de la realidad, en particular la de México, desde una perspectiva multidisciplinaria: social, política y económica.

Actualmente es profesor-investigador de la Escuela de Graduados en Administración Pública, del Tecnológico de Monterrey, en ciudad de México, y coordinador de Planeación del periódico El Universal. Anteriormente, se ha desempeñado como Coordinador de Planeación del Gobierno del Distrito Federal, así como asesor en organismos públicos, privados y sociales.

Macario Schettino estudió la carrera de Ingeniero Químico y de Sistemas en el Tecnológico de Monterrey; la maestría en Economía en el CIDE, y el doctorado en Administración del programa ITESM-Universidad de Texas en Austin. Es candidato al doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana.

Ha publicado artículos en revistas especializadas y de divulgación. Ha impartido conferencias en diversas universidades de México y el extranjero, así como en congresos de organismos empresariales. Es colaborador editorial y financiero de "El Universal". Es también colaborador de Carlos Loret de Mola, en radio y televisión. Colabora también como editorialista con Joaquín López Dóriga, en Televisión.

Ha publicado doce libros, entre ellos: "Para Reconstruir México" y "Paisajes del 'nuevo régimen", con editorial Océano, además de varios libros de texto con Prentice-Hall.

Galería fotográfica

Galería Fotográfica

Conferencia: El Contexto Nacional

Dr. José Fernández Santillán, Xalapa, Ver., 8 de Agosto de 2006

Conferencia: Escenarios de la Crisis y Transformación de México

Marco Rascón Banda , Xalapa, Ver., 15 de Agosto de 2006

Conferencia: La Transición de México (1986-1997-2006)

Macario Schettino , Xalapa, Ver., 18 de Agosto de 2006