La educación indígena y el Estado Mexicano. Andrés Hasler Hangert

Los grupos indígenas son, por definición, minorías étnicas con capacidad muy restringida para influir en las políticas educativas. Igualmente escasa es su capacidad para atraer recursos económicos para la investigación y el desarrollo de sus culturas con propósitos que rebasen un folclorismo estéril. No obstante han exigido ser tomados en cuenta en los proyectos de nación, y los estados nacionales (entre ellos, México) se han visto obligados a responder con programas que reciben el nombre de "educación indígena", pero sin destinar inversiones ni esfuerzos suficientes para garantizar que esta educación tenga un sustento teórico y técnico adecuado.

La educación indígena y el Estado Mexicano *

Andrés Hasler Hangert **

Existe un lamentable divorcio entre la ciencia lingüística (como teoría) y la así llamada educación indígena (como práctica). Desde el comienzo del siglo XX se desarrolló con vigor la lingüística antropológica y, hasta la fecha, sigue dando frutos de alta calidad científica. Los investigadores mexicanos y extranjeros publican sus trabajos en revistas especializadas y analizan sus teorías en foros internacionales. El lenguaje técnico que utilizan los especialistas no es accesible para los maestros bilingües y otros actores involucrados en las políticas educativas. Y los propios sujetos que reciben la educación mucho menos acceden al conocimiento científico que es producto de la investigación lingüística.

En México y en el resto del mundo, los grupos indígenas son, por definición (en el momento histórico actual), minorías étnicas con capacidad muy restringida para influir en las políticas educativas. Igualmente escasa es su capacidad para atraer recursos económicos para la investigación y el desarrollo de sus culturas con propósitos que rebasen un folclorismo estéril. En el planeta, ni los estados nacionales ni la iniciativa privada consideran que una educación indígena orientada al desarrollo cultural sea una inversión redituable. Se considera más productiva la inversión que induce a los pueblos al consumismo irracional o al clientelismo político. Este es el motivo de muchos mal llamados "programas de desarrollo" (nacionales e internacionales), cuyos fracasos aparentes constituyen el logro pleno de sus objetivos de fondo. El bajo nivel cultural de los pueblos indígenas no es un resultado fortuito, y con frecuencia se encubre mediante el folclorismo oficial.

Sin embargo, los grupos étnicos han exigido ser tomados en cuenta en los proyectos de nación y, en consecuencia, los estados nacionales (entre ellos, México) se han visto obligados a responder con programas que reciben el nombre de "educación indígena", pero sin destinar inversiones ni esfuerzos suficientes para garantizar que esta educación tenga un sustento teórico y técnico adecuado.

Existen, por otra parte, organismos internacionales fundamentados en el reconocimiento del derecho del ser humano a recibir una educación (de calidad) en su propia lengua. Se han destinado recursos para apoyar en distintos países, la investigación dialectológica y sociolingüística necesaria para el diseño de políticas educativas adecuadas. Sin embargo, no han faltado los grupos de poder enquistados en las estructuras políticas de algunas nacionales que, en lugar de canalizar honradamente los recursos internacionales para los fines apropiados, los han desviado para su propio provecho. Por ello -y por otras causas- hay, entre el nombre de la "educación indígena" y su contenido, abismos insalvables. En los estados nacionales, con frecuencia, ha faltado la voluntad política para brindar a los grupos étnicos una educación de calidad.

Hablemos ahora del caso concreto de México y revisemos las políticas lingüísticas en distintas etapas de su historia.

Al inicio de la colonia, las autoridades del virreinato de la Nueva España delegaron al clero la educación de los indígenas. Para las distintas órdenes religiosas que participaron en el proyecto educativo, la enseñanza de la doctrina cristiana fue la meta central. Las lenguas indígenas fueron utilizadas como vehículo de transmisión de la ideología y se produjo abundante material religioso escrito en estas lenguas. Es decir, la castellanización no se contempló como objetivo de la educación, sino la evangelización.

Intervinieron clérigos muy destacados, quienes acordaron las reglas ortográficas (utilizando letras latinas) para la escritura de los idiomas nativos más utilizados (principalmente el náhuatl). Citemos a Fray Andrés Olmos, Fray Antonio Rincón, Fray Alonso de Molina, Fray Horacio Carochi, entre otros. Todos ellos estaban intelectualmente bien preparados para analizar las estructuras gramaticales de las lenguas indígenas y produjeron gramáticas y diccionarios de alta calidad científica, aplicando las técnicas lingüísticas de su tiempo. Como clérigos que eran, conocían el latín, el griego y, en ocasiones, también el hebrero y el arameo, y sabían cómo analizar y describir las estructuras de estas lenguas. Por supuesto que también sabían el idioma castellano (Carochi sabía italiano) y, además, aprendieron perfectamente el náhuatl que hablaron los aztecas en Tenochtitlán. No estuvieron tres días en alguna comunidad indígena, como hacen algunos lingüistas actuales, sino entregaron su vida al proyecto evangelizador y convivieron con los indígenas por el resto de sus vidas.

Los idiomas indígenas mayoritarios (principalmente el náhuatl) se utilizaron para escribir documentos de validez oficial, como títulos de propiedad, testamentos y otros similares. Es evidente que, en las primeras etapas del virreinato, las autoridades tanto civiles como eclesiásticas, reconocieron la función de las lenguas indígenas dentro del conjunto de la sociedad. Es decir, había razones de interés político para estudiar con seriedad estos idiomas y utilizarlos en la vida cotidiana.

Con el advenimiento de la Independencia esto cambió. La nueva nación mexicana desarrolló, durante el siglo XIX, un proyecto burgués en el cual los indios ya no tuvieron cabida, es decir, salieron sobrando. En 1824, al consumarse la Independencia, el 90% de la población mexicana hablaba alguna lengua indígena. Solamente un 10 por ciento de los mexicanos hablaba castellano, por ser criollos o de origen español. Pero estos criollos tenían en sus manos el proyecto nacional y promovieron la acelerada castellanización de los indígenas.

En el siglo XX, con el triunfo de la Revolución Mexicana, apareció en el primer plano de la escena política el grupo mestizo, convertido ya en el demográficamente predominante. México dejó de ser una nación criolla para convertirse en una nación mestiza. Pero el proyecto nacional siguió siendo el mismo, es decir, un proyecto burgués-liberal en el cual los indígenas no tenían cabida. Las lenguas indígenas continuaron extinguiéndose aceleradamente. En la actualidad, sólo el 10% de la población mexicana habla alguna lengua indígena (unos diez millones de personas).

Durante los siglos XIX y XX, el Estado Mexicano jamás contempló la posibilidad de utilizar las lenguas indígenas como vehículos de educación. Nadie se volvió a interesar por estudiar a fondo las estructuras gramaticales de estas lenguas para hacer materiales didácticos de calidad y utilizables para fines prácticos. Las lenguas indígenas solamente se estudiaron como si fueran reliquias del pasado, es decir, como lenguas muertas cuyo interés es exclusivamente histórico. Los lingüístas hicieron estudios de gran calidad científica, pero sin el interés de aplicarlos en beneficio de la educación indígena. Entre la teoría y la práctica se abrió un abismo enorme.

Por otra parte, la gran mayoría de los programas institucionales supuestamente orientados a la alfabetización en lenguas indígenas, están dirigidos por personas sin preparación lingüística que se han dedicado a improvisar (e imponer) alfabetos inadecuados. Se publican continuamente textos de pésima calidad, aunque en buen papel y con buenos dibujos para justificar presupuesto. Para ejemplificar, esto, supongamos que un hispanohablante nacido y educado en Estados Unidos quisiera improvisar, sin bases, una escritura para el español. Lo más probable es que escribiría así:

"Miace falta dinero"

"No tengo nium peso"

"Apsolutamente falso"

"Unbaso de agua"

La reacción del Estado Mexicano ante los materiales en lengua indígena de mala calidad, ha sido de indiferencia y sigue vigente la voluntad política de dejar que el indígena escriba como Dios le dé a entender, sin poner a su disposición las herramientas adecuada para producir textos de buena calidad. Y a todo esto se le llama pomposamente "educación indígena". Muchos programas de alfabetización en lenguas indígenas cayeron en las manos de grupos de poder que persigue sus propios intereses y a los que no les importa que la educación indígena sea una completa farsa. Y esta historia tiene todavía mucho futuro.

* Ponencia presentada en el Foro de Sociología Rural, organizado por la Facultad de Sociología de la Universidad Veracruzana, celebrado del 13 al 15 de junio de 2001.

** Investigador.- Ciesas Golfo-Mundo Indígena.