El contexto nacional. Marco Rascón Banda

Conferencia efectuada el 15 de agosto en el Centro de Estudios para la Transición Democrática (Cetrade), dentro del ciclo de conferencias México 2006.

Escenarios de la crisis y transformación de México

Marco Rascón Banda

Una transición, dicho figurativamente, significa ponerse de acuerdo para cruzar un río. Es fundamental para los actores, visualizar la otra orilla y estar de acuerdo en las reglas de la trayectoria. En nuestro caso, el objetivo de la supuesta "transición pactada" iniciada en el gobierno de Ernesto Zedillo, no ha sido clara la otra orilla y por lo tanto, hemos visto a lo largo de estos casi 10 años, una disputa a la mitad del río, donde unos han querido regresarse, otros abandonar el barco, otros se han caído al agua y se usan unos a otros para flotar y salvarse. ¿Hacia donde va México con este proyecto de "transición" que ha terminado en un largo proceso de descomposición del viejo régimen, sin atisbar las condiciones de uno nuevo?

Durante este período, dos cosas son sobresalientes: la crisis del viejo esquema presidencialista que contaba con una mayoría absoluta en el congreso y por lo tanto hacia un gobierno despótico, autoritario. La segunda, es que desde el sexenio salinista, hasta nuestros días, este largo proceso, ha estado marcado por el determinismo económico marcado por el proyecto de integración económica con el bloque del norte, la desregulación y la pérdida de la centralidad del Estado en la fijación de las reglas económicas y de la estructura financiera del país.

Anteriormente, quién ganaba la presidencia, ganaba todo y decidía en absoluto lo que respecta no solo de lo propiamente "político" y donde se ubica las relaciones del Estado y el ejecutivo con los otros poderes, los partidos políticos, los sectores sociales y la llamada "sociedad civil". Sino que influía sobre los aspectos de la seguridad nacional, medios de comunicación y los criterios de la política económica y financiera. La perdida de poder de la figura presidencialista, podría considerarse benéfica o parte de la democratización y distribución de las decisiones en el país, si no se considera que estas atribuciones pasaron a ser ejercidas por estructuras de poder oligárquico o externo y como parte del proceso mismo de globalización. Es importante considerar que la falta de una transición clara con el debilitamiento del viejo presidencialismo, arrojó una pérdida de ejercicio de la soberanía a cambio de supuestos elementos de estabilización contenidos en los criterios macroeconómicos determinados desde el exterior.

Hoy, quién gana la presidencia, no gana poder de transformación y representación. Es una democracia "sui géneris" donde los que pierden son mayoría frente a los que ganan.

Bajo este esquema, gobiernos de izquierda, centro y derecha, se pierden entre las reglas del determinismo global, haciendo del "estilo personal de gobernar" un asunto de matices. Quién gana, termina siendo un rehén de las minorías perdedoras, de los chantajes de grupos de poder económico y regional, de los medios de comunicación y de las fuerzas de seguridad con un poder cada vez más creciente ante las oleadas de crímenes e inseguridad crecientes.

Cuando se firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) como un simple acuerdo comercial, no se percibieron las implicaciones, pese a las advertencias provenientes del movimiento social y democrático de 1988, en lo social y lo político que hoy arroja un proceso de polarización social y económica, afectaciones a los sectores de clase media, incertidumbre, destrucción de la política social, sustituida por acciones filantrópicas que han derivado en una refuncionalización de las estructuras corporativas y del viejo clientelismo, pero ahora distribuido y ejercido ya no solo por el PRI, sino por todas las fuerzas políticas.

En este balance, se podría apreciar un deterioro profundo en el ejercicio de lo político. La vulgarización del discurso, el inmediatismo, las ocurrencias, el afán por el escándalo y la disputa por convencer de que el otro es peor, han contribuido al alejamiento de la ciudadanía de las urnas y ver con recelo o poca importancia a esta "democracia" poco efectiva en atender y resolver los grandes problemas nacionales.

De una manera primaria, desde los liderazgos, pese a la pérdida o empate entre las fuerzas, reaccionan pésimamente construyendo un discurso donde los candidatos se presentan como hombres de voluntad que con la llegada de ellos al poder, el país se salvaría. La política dejó de ser educativa, explicativa de los fenómenos y los procesos, con convocatoria para resolver colectivamente los problemas y haciendo de todo el país protagonistas activos. Hoy, se pide una actitud pasiva de la ciudadanía en espera de que desde el poder llegue la ayuda, la despensa o una compensación proveniente del erario. La política, dejo malamente de politizar la causa de los problemas y darle explicación de acuerdo con las leyes de la economía y de la historia, prefirió el escándalo, el amarillismo, la auto exaltación y todo metido bajo una estructura de spots de 30 segundos. Es el triunfo de Goebels sobre el discurso político y el humanismo.

Por tanto, la clase política, protagonista central y casi única de la "transición pactada", frente a una ciudadanía inerme actúan con pérdida de memoria y una visión nula sobre el futuro y de cómo podrían ser el México de los próximos 50 años.

El determinismo económico global, bajo el predominio de los medios de comunicación convertidos en fines y amparados en el avance tecnológico, no han construido una nueva sociedad democrática y tampoco pone los cimientos (en una idea gradualista) sino que ha ido construyendo una realidad con tintes de fascistización, pues se puede pelear, escandalizar, acusar en el ámbito cerrado "de lo político" pero no se pueden presentar consideraciones alternativas en lo económico y financiero, en lo mediático, en lo policial.

¿Existe otro camino? ¿Es modificable este panorama y romper con el determinismo que vulnera y pone en riesgo la existencia misma del proyecto nacional? ¿Qué significa en todo esto, la actual coyuntura postelectoral? ¿Cuáles son las consecuencias del 2006 y hacia donde conduce el discurso de los actuales protagonistas, fuerzas políticas y candidatos?

  1. Hace tiempo en medio de las campañas, señalábamos que este 2006 en verdad se estaba definiendo el país para el 2012 y viéndolo así de mediano y largo plazo, las tareas y el debate debería ser más profundo en su contenido. Era urgente, salir del tiempo de las chachalacas y reivindicar la importancia de la política y el pensamiento programático.
  2. El resultado electoral, en condiciones de empate, podríamos considerarlo la base de una nueva crisis política, pues incide o revela el agotamiento profundo de la estructura política y las reglas del viejo régimen. Este 2 de julio de 2006, cayó finalmente en pedazos la vieja institución presidencialista, que se mantuvo decrépita porque Fox y el foxismo, no quisieron remar hasta la otra orilla del río y prefirieron seguir en el naufragio a la mitad de la corriente, arrastrados por las viejas y nuevas contradicciones del país y a esto poniéndole el letrero de "México, ya cambió".
  3. El comportamiento postelectoral, es una continuación de las formas y el contenido de las campañas. No se podría esperar algo distinto, luego de las condiciones de bajo perfil programático y del esquema de lucha a ver quién era peor. La estructura spotera, con un papel central de los medios convertidos en el gran árbitro, sobre instituciones como el IFE, el Estado, los gobiernos y los partidos, que ganaron económicamente al ser depositarios de casi 8 mil millones de pesos de las prerrogativas estatales y apoyos financieros a las campañas, marcan hoy, el contenido de la política y son los que han fomentado, como consumible, el escándalo como la mejor mercancía de la política.
  4. Fue una elección donde predominaron la estructura de las clientelas, que se expresaron regionalmente. A la quiebra del viejo presidencialismo centralista, los gobernadores se quedaron con esos atributos y hoy esa institución del viejo régimen, se reparte en 32 cuasi virreyes que no tienen posibilidades de unir al país como lo hacia el viejo presidencialismo, pero si tienen la fuerza para impedir que cualquiera gobierne.
  5. Nadie por sí solo, pensando en el ganador, tiene mayoría en el congreso, lo cual lo hace rehén de las minorías, con un alta capacidad de chantaje, aunque ya se podría advertir la integración de una super fracción reformista integrada por las diputaciones del PAN, PRI, Nueva Alianza y muchos de los actuales diputados y senadores del PRD que como trayectoria política de toda la vida, han sido parte defensora del viejo régimen, más que hombres de reformas y cambios.
  6. El gran peligro, es que estos acuerdos, sean para mal, es decir, para darle continuidad a la misma política económica y la aceptación de las condiciones de la globalización dirigida desde Washington, pero ahora reforzando las formas autoritarias en la conducción. Ganara quién ganara, este es el mayor riesgo, pues en la circunstancia de los candidatos, con esos porcentajes de ventaja, buscarían legitimidad haciendo concesiones. Ya, en estos momentos, sectores oligárquicos, han hablado a través de sus voceros, sobre la necesidad de la anulación, significando la exigencia de concesiones a intereses particulares a cambio de reconocimiento.
  7. No obstante, este panorama de crisis en el mandato, debería ser el escenario más favorable para las reformas de fondo en el país, pues continuar por el mismo camino ya no es viable. En lo económico, se extrapolan las condiciones de sobrevivencia para unos y las concentraciones de riqueza para otros; y en lo político, las formas y la estructura de partidos, aleja a la ciudadanía de las urnas, pues los candidatos y los partidos, cada vez se parecen más en el discurso y hasta la manera de falsear la solución a los problemas.
  8. Para el país, no queda más camino que la reforma y no a pedazos, sino como un gran proceso de reforma constitucional a fondo y donde la sociedad mexicana, fuera participe activa y no solo observadora, en la tarea de definir las nuevas reglas económicas, políticas, jurídicas, éticas, culturales, energéticas, con respecto al exterior y los problemas del campo mexicano. México necesita una nueva constitución y lo vienen diciendo muchos actores, desde el neozapatismo, hasta la intelectualidad más avanzada. El discurso maniqueo de los buenos y los malos, o las ideas de que un presidente "bueno" vendrá a salvarnos, ya se agotó y solo queda: reconocer que hay otras fuerzas políticas, con propósitos contrarios, pero indispensables a la hora de definir las nuevas reglas.
  9. México tiene experiencia en las transiciones, pero poco afortunadas como la de los Tratados de Ciudad Juárez en 1911 que cuminaron 18 meses después en la "Decena Trágica", el golpe militar huertista y el asesinato de Madero. Esta experiencia es siempre una tentación, es decir, buenos deseos no cumplidos, pues se parte del desprecio y el encono del contrario. No es tampoco -la transición- un paseillo a misa, sino un gran esfuerzo político, ideológico, democrático, que en la forma de elaborar un nuevo proyecto constitucional, se estaría definiendo en buena parte el contenido progresista y profundo de esta.
  10. En el pasado, frente a demandas reformistas desde el agrarismo, la lucha obrera, la democratización de la educación, libertad de expresión, primero vino la represión y luego la incorporación de las demandas, como un acto discrecional desde el poder y no de reconocimiento de la pluralidad política. De la lucha y demandas agrarias en la revolución, surgió la ley del 6 de enero y luego el artículo 27, una vez de que su impulsor Zapata y el zapatismo habían sido asesinados y destruidos. En 1968, 1977, el 85, el 88, se empujó a la democratización desde abajo, pero quedó como resultado que las reformas siempre deben de venir del poder absoluto.
  11. Hoy, sin embargo, no hay siquiera un poder con la fuerza suficiente para impulsar por él mismo cambios y transformaciones; desde ese punto de vista, el escenario postelectoral y de fuerzas con 35 % de los votos y una realidad en tercios, debería abrir un clima favorable para la reforma y una nueva constitución que pudiéramos votar en referéndum en el 2009. Se requeriría remontar el debate electoral y convertirlo en un debate programático y si en las campañas el reto era, ver quién era el peor, -en un proceso de reforma-, sería quiénes son los mejores, pues no sería necesariamente un debate interpartidista, sino incorporando a la inteligencia del país, a los sectores económicos del trabajo, las empresas, la educación, la cultura, la ciencia.
  12. Imaginemos un proceso a debatir, puntos como: Reforma política, régimen de partidos, ciudadanización, financiamiento. Reforma económica y tributaria,. Reforma al régimen de medios de comunicación. Reforma energética. Reforma indígena. Reforma educativa. Sistema jurídico y seguridad. División de poderes y sistema electoral. Recuperación del valor del trabajo para la recomposición del mercado interno y la economía nacional. Tratados Comerciales. Migración. Reforma agraria y producción. Sistema financiero y todo ello contenido en una nueva Constitución política.
  13. Sería la primera vez que los electores, no solo votarían por candidatos, sino por reglas, programas y leyes nuevas de manera directa y no a través de representantes. El proceso requeriría el concurso de todas las fuerzas políticas e ideológicas y se transformaría el púlpito en tribuna de ideas, proclamas y propuestas, hasta llegar con el resumen a un gran Foro Constitucional.
  14. Pero el tiempo se agota, pues el mayor peligro es la tentación de que una parte de las fuerzas políticas se pongan de acuerdo para empujar unilateralmente hacia reformas sin consenso. El peligro latente es también la liquidación de una parte de las fuerzas encerradas en el discurso estrictamente de lo electoral, sin ver el horizonte arrojado por el resultado formal y que haría débil a cualquier que ganara. El gran peligro es la desarticulación de una de las fuerzas y la que dirigido en particular el lopezobradorismo, como una corriente surgida de la crisis de los partidos, pero que no esta llenando el espacio de una fuerza política capaz de empujar a la reforma, pues parte del hecho de que la reforma solo puede venir luego de llegar a la presidencia, cuando esa figura en la realidad política, ya no existe más, no ahora.

Desde ese punto de vista, las condiciones son extraordinariamente favorables para una reforma, pero requiere inteligencia de todos y un grado alto de visión para entender que el poder no se sustenta en las condiciones inmediatas, sino en la apuesta de construir el futuro. El corto placismo, el pragmatismo, el trasvestismo, deben dejar paso a mujeres y hombres de la reforma. Esto mismo tiene como mayor peligro, la idea de desconocer que la fuerza contraria se debilitará, pues en la idea de una reforma fuerte, se requieren interlocutores fuertes y la convocatoria a cientos y miles de voces en todo el país y que esperarían el llamado para aportar soluciones en todos los ordenes del país y frente a todos los grandes problemas nacionales.

Se requiere dejar de oírnos a nosotros mismos y aprender a escuchar, para fundamentar el debate. Se requiere abandonar el discurso de lo trágico y meter al país al debate de lo probable, de lo transformable.

Hay quiénes quieren de México, un país debilitado y contradictorio, incapaz de acuerdos en lo referente a como avanzar. México necesita un gobierno fuerte, resultado de una sociedad fuerte, pues hasta ahora, la debilidad gubernamental ha dejado también una sociedad dispersa, atomizada y cada vez más confundida. Para ello, se requiere dejar nuestra parte mala y convocar a la parte creativa de todos los mexicanos, para hacer el país democrático, altivo, con reglas claras para dirimir nuestras diferencias históricas o ideológicas, sin renunciar a ellas.