Transición a la democracia y reforma del Estado. Jaime F. Cárdenas Gracia
Transición a la democracia y reforma del Estado
Por Jaime F. Cárdenas Gracia (*)
Desde el siglo pasado el mundo conoce la democracia moderna o representativa, y en estos dos siglos podemos claramente identificar tres grandes procesos democratizadores. Estos procesos han sido llamados por la teoría política: olas democratizadoras.
La primera ola ocurre en el siglo XIX. Fue un proceso lento y evolutivo de democratización, y sus conquistas más importantes fueron el sufragio universal y el fortalecimiento del parlamentarismo. En esta ola, países como Estados Unidos o Inglaterra adquirieron características democráticas. La segunda ola democrati-zadora se produce después de la segunda guerra mundial como consecuencia del triunfo de los aliados, la imposición de los procedimientos democráticos en los países derrotados, y la descolonización que se da en los países del tercer mundo. La tercera ola, por su parte, se genera con los acontecimientos democratizadores en Europa del sur, más tarde en América Latina y finalmente en Europa del este.
Las transiciones de la tercera ola presentan por lo menos dos etapas claramente determinadas: una de libe-ralización y otra de democratización. La etapa de apertura o liberalización tiene por objetivo la concesión de espacios políticos a la oposición pero sin que las fuerzas políticas opositoras estén en aproximada igualdad de oportunidades con las fuerzas políticas del régimen. Por su parte, la etapa de democratización consiste en la obtención por todas las fuerzas políticas de esa igualdad de oportunidades que permite una competencia política más justa y equitativa.
La transición democrática, es pues, ese intervalo de tiempo entre un régimen no democrático y uno democrático. Durante la transición los actores políticos y sociales definen las nuevas reglas democráticas del juego político. Es una etapa de incertidumbre e inestabilidad, por lo que conviene no prolongarla en demasía.
Un régimen será democrático, si y sólo si, reúne al menos estas tres condiciones: distintos partidos en igualdad de oportunidades luchando por el poder político; la lucha por el poder debe realizarse mediante elecciones, las que deben ser libres, transparentes y equitativas; y, finalmente que se garanticen los derechos humanos mediante la vigencia efectiva de un estado de derecho con división y equilibrio entre los poderes.
No toda transición democrática resulta ser exitosa. Hay transiciones que no lo son por distintas razones: la inexistencia del grupo reformador dentro del régimen no democrático, la incapacidad de la oposición, o la ausencia de garantías efectivas a los factores reales del poder, en el sentido de que la transición se ventilará con estabilidad y responsabilidad. Cuando una transición concluye exitosamente, el régimen político se encuentra consolidado. Un régimen presenta características de consolidación democrática cuando todos los actores políticos y sociales acatan como suyas las reglas políticas acordadas durante la transición.
En términos generales podemos afirmar que hay tres formas o modelos de transición: la reforma, la ruptura y la retirada. La transición por reforma se inicia desde el poder no democrático por un grupo reformista, y requiere para su éxito de la desarticulación de los sectores duros del régimen no democrático que se opone a la transición. La transición por ruptura es iniciada desde la oposición y exige para su triunfo, de un enorme poder de los grupos opositores democráticos sobre los sectores del régimen no democrático. Finalmente, la tercera vía, la transición por retirada, se caracteriza por la igualdad de fuerzas entre el régimen no democrático y la oposición; al final y una vez que predomina alguna de las fuerzas, la transición por retirada adquiere la forma de reforma o de ruptura.
Las anteriores categorías políticas creo que pueden ser aplicables al caso mexicano por la siguiente razón: nuestro régimen, que se inició en 1929, aún hoy en día presenta características no democráticas, pues la equidad en la competencia sigue sin ser una realidad, y el estado de derecho presenta tales deficiencias que no existe garantía efectiva de protección de los derechos humanos ni de divisiones de poderes. Por otra parte la igualdad de oportunidades entre las fuerzas políticas sigue siendo un objetivo muy distante.
Sin embargo, es evidente que el régimen iniciado en 1929 no se parece en lo absoluto al régimen político en 1996. La historia de nuestro régimen puede ser dividida en cuatro etapas: una etapa de formación que comprendería de 1929 a 1935, en donde el presidencialismo aún no era una realidad y el corporativismo no había surgido; una etapa de consolidación o esplendor que abarca del año de '35 a los años '60, en donde el régimen presenta ya sus características presidencialistas, cooperativistas, de inclusividad y de cohesión; una etapa de apertura dirigida de los años '60 al año '88, en la cual se decide una liberalización controlada desde arriba; y, finalmente una etapa de apertura negociada en donde el régimen se ve obligado a pactar la apertura con otras fuerzas políticas. Por lo tanto nuestro régimen puede ser calificado hoy en día como semidemocrático o semiautoritario, pues presenta rasgos evidentes de un régimen democrático pero también otros que corresponden a un régimen autoritario.
¿Cuál podría ser la vía de transición en México? En otro trabajo he señalado siete senderos para la transición mexicana y son: el de la evolución, el del gradualismo, el de la reforma pactada, el del triunfo electoral opositor, el del pacto opositor, el de la detonación y el del colapso. El escenario por evolución en estos momentos podemos descartarlo, dado que en los últimos años ha habido un proceso de aceleramiento democrático en el país, y porque las transiciones de la tercera ola presentan características muy diversas a las transiciones del siglo pasado que sí se desarrollaron mediante esta vía. El escenario gradualista fue utilizado en el sexenio anterior y consistió en aceptar las victorias de la oposición a nivel local pero sin afectar la estructura central del poder; en la actualidad esta vía parece modificarse rápidamente hacia otro escenario y que puede ser el de reforma pactada, triunfo opositor o pacto opositor. El escenario de reforma pactada es el que se ha escogido en el sexenio del presidente Zedillo y consiste en el acuerdo entre las distintas fuerzas políticas para transformar las distintas reglas e instituciones políticas del anterior régimen, aunque presenta deficiencias muy importantes en cuanto a la capacidad del grupo reformador para desarticular a los sectores duros del régimen. El escenario del triunfo electoral opositor es un escenario que no ha ocurrido pero que podría ser realidad en el futuro; no obstante, para que la transición opere en este escenario es imprescindible no sólo el triunfo de la oposición sino el cambio efectivo de las reglas en el juego político. El escenario del pacto opositor es también un escenario poco probable por las diferencias ideológicas entre las principales fuerzas opositoras. El escenario de la detonación ha quedado descartado por la mayoría de la sociedad mexicana que no acepta un cambio violento en las reglas políticas. Finalmente el escenario del colapso en todo sentido debe ser conjurado porque de darse generaría confusión, y seguramente no produciría un régimen democrático sino un retroceso autoritario.(1)
En todo caso, lo importante en una transición democrática es el diseño de las nuevas instituciones. Esta cuestión en México ha sido poco tratada y se ha centrado exclusivamente en la modificación de reglas electorales, lo que sí es importante pero incompleto. Las reglas del juego político en México no solamente están en el terreno de lo electoral, sino en el terreno de todos los poderes públicos del país: acotamiento del poder ejecutivo, fortalecimiento de los poderes legislativo y judicial, acrecentamiento de las atribuciones del municipio, reformulación de las reglas federales, creación de órganos constitucionales autónomos, mecanismos de participación ciudadana y nueva regulación de los medios de comunicación. Lo anterior puede dar lugar a una nueva constitución y a un nuevo régimen jurídico en el país. La materia a la transición democrática está integrada por todos estos aspectos, los cuales exigen de su análisis, estudio y discusión; y bien puedo decir que no hay tarea más importante en México que la reflexión sobre el rediseño institucional. La clave de la transición mexicana no sólo está en la correlación de las fuerzas políticas sino en esta labor de ingeniería constitucional que si es bien elaborada permitirá la consolidación democrática, pero si es mal llevada producirá un estrepitoso fracaso y el desencanto democrático.
* Jaime Cárdenas Gracia (Parras de la Fuente, Coahuila, 17 de febrero de 1960). Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid (1989) y por la UNAM (1991). Autor de las tesis doctorales Crisis de legitimidad y democracia interna de los partidos políticos y El Contractualismo y su proyección jurídico-política. Es autor también de los libros Transición política y reforma constitucional en México, Una constitución para la democracia. Propuestas para un nuevo orden constitucional y Partidos políticos y democracia. Actualmente es Consejero Ciudadano del Instituto Federal Electoral (IFE).


















