Segmentos. Julio César Martínez
SEGMENTOS
La reflexión de las mujeres: otra versión de la sociedad, de la historia... de la vida
Ma. Esmeralda Ponce de León Rosales
Integrante del Seminario Interdisciplinario de Estudios de la mujer
Las mujeres son iguales a los hombres, con idénticos derechos y obligaciones. Sin embargo, la mujer aporta a la familia su feminidad, que es condición natural. Más dulces, más comprensivas y más prácticas que los varones, las mujeres representan en el hogar el indispensable contrapeso para una convivencia feliz... En la vida real, las familias unidas, que crecen y se superan, tienen como protagonistas magníficas mujeres, mujeres que nunca se doblegan y que siempre están dispuestas a darlo todo por sus seres queridos".
1994, Año Internacional de la Familia, DIF, Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia.
A estas alturas del fin del Siglo XX "se piensa", o se impone como discurso público que "las mujeres son iguales y tenemos los mismos derechos y obligaciones que los varones"; que mantener "nuestro lugar" en la familia y en el ámbito doméstico corresponde a nuestra "condición natural de feminidad" y que ésta incluye el "ser dulce, comprensivas, prácticas"; y como corolario, que uno de nuestros principales valores lo constituye la renuncia a nuestro propio ser:
Si bien la pluralidad ideológica y política constituyen una aspiración democrática, resulta preocupante que el estado mexicano -representado por el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (Sinadif)- asuma posiciones tan profundamente conservadoras y claramente falaces. No intentaré aquí hacer un análisis crítico de la posición del estado mexicano respecto a la mujer, pero el ejemplo me sirve de pretexto para apuntar la importancia -que necesariamente ha de dársele- a la reflexión y los estudios de las mujeres sobre sí mismas y sobre la historia que, del mundo y de nosotras mismas, se ha contado en occidente. Reflexión sobre los hallazgos e impactos de este campo de estudio que habré brecha en la academia y las instituciones de educación superior; información, por otra parte, que cualquier institución pública responsable debería considerar.
Durante el periodo de primavera de 1994 el Programa Institucional de Investigación en Relaciones de Género (PIIRG) ofreció el Seminario Interdisciplinario de Estudios de la Mujer, con el objetivo de "introducir a la comunidad de posgrado en el campo de los estudios de género". Se abrió un espacio académico a la reflexión crítica de la historia y la realidad desde la perspectiva de las mujeres; reflexión que, a fuerza de estudios e investigaciones, ha profundizado en el conocimiento del lugar que se ha asignado socialmente a la mujer, de los procesos culturales que perfilan "lo femenino", "lo masculino"... Y más. El asunto es importante como "objeto de estudio", particularmente para las ciencias sociales y las humanidades, de allí que se considere útil apuntar algunos de los logros más sustanciales que, en más de dos décadas, han alcanzado los estudios de la mujer, así como reflexionar sobre la pertinencia y el impacto de este "novedoso" campo de estudios, en el terreno siempre polémico de las ciencias sociales y las humanidades.
LA EMERGENCIA DE LOS ESTUDIOS DE LA MUJER
Países como Estados Unidos, Inglaterra y Francia, a fines de los años sesenta, vieron a las mujeres irrumpir en la vida política con su participación en movimientos feministas y estudiantiles. También, y no por casualidad, vieron surgir, a principios de la década de los setenta, investigaciones, análisis y reflexiones que configuraron un campo de estudios y una perspectiva nueva, particularmente en las denominadas "ciencias sociales"; los estudios de la mujer. Quizá porque, como señala Goldsmith (1), dirigieron su esfuerzo más allá de las denuncias feministas contra la discriminación de la mujer y pusieron su atención en el origen de la subordinación femenina para hallar elementos explicativos que contribuyeran a superar la situación de desigualdad y subordinación social de las mujeres respecto de los varones.
A partir de estos trabajos, se puede decir, se empieza a mirar la realidad social con otros ojos, con los de las mujeres que se interrogan sobre su historia y su situación como sujetos sociales, fundamentalmente, marcadas por la diferencia biológica y social con respecto de los varones (2). Así emerge un campo de estudios que, además, "pertenece" a todo un complejo proceso de cambio socio cultural... (incluido el movimiento cultural del feminismo) que propicia o alimenta cambios sutiles, si no inmediatamente en la manera de ser, de pensar y de tratar a las mujeres, sí en la reflexión y la investigación histórica, antropológica, sociológica y sicoanalítica.
Se ha fundado una perspectiva que, iniciada con preguntas sobre las condiciones sociales de subordinación que se han impuesto sobre el ser cuerpo de mujer, ha desarrollado una reflexión sistemática: ha formulado conceptos, ha indagado sobre su historia y, de lo más importante, ha formulado interrogaciones incisivas a las historias que sobre las mujeres han contado... Los hombres... Nuestra cultura occidental -en la que las mujeres hemos creído "a pie juntillas" y reproducido sumisamente-. Cultura expresada en los discursos "clásicos", en los discursos considerados por largo tiempo "universales" acerca de la historia, la filosofía, la antropología y la psicología, por no decir más.
Frente a los estudios de la mujer, tenemos la construcción de "otro" discurso (el "no clásico" ni oficial pero que cuestiona la "universalidad" de nuestra racionalidad occidental moderna): el de las mujeres capaces de "tomar su distancia" (como vía del pensamiento crítico) frente a -la identidad que se nos ha asignado-, es decir frente a lo que sobre las mujeres se dice que hemos sido y que somos. Un discurso si no nuevo, al menos refrescante, y no por el hecho de ser escrito, mayoritariamente, por mujeres (o no exclusivamente por ello), sino por incorporar nuevos elementos a "las" discusiones clásicas, como las relativas a las intrincadísimas relaciones naturaleza/cultura, tradición/modernidad, esencia/proceso. Lúcidos discursos y rigurosas investigaciones producidas por mujeres, ciertamente no de cualquier mujer, sino de antropólogas, filósofas, psicoanalistas, sociólogas, politólogas. Son investigadoras e intelectuales que, desde su experiencia, cuerpo de mujer y disciplinas, analizan la subordinación social de la mujer, interrogan y argumentan sus cuestionamientos y, al hacerlo, impactan y reformulan (o contribuyen a hacerlo) los debates clásicos en las ciencias sociales y las humanidades (3).
En relación con lo anterior sería necesario trazar una ruta discursiva de la perspectiva feminista; ello, sin embargo, excede mis conocimientos sobre la misma. No obstante, como lo señalé anteriormente, es pertinente reflexionar sobre algunos de los hallazgos mas importantes y significativos de este campo de estudios, pues son lo suficientemente provocadores como para invitar al debate, además de enriquecer la reflexión sociológica sobre el proceso de cambio de "largo aliento" que, al menos en Occidente, venimos viviendo las mujeres -y los hombres en consecuencia-, en nuestras mentalidades, nuestras subjetividades y en nuestras relaciones y prácticas sociales... (infortunadamente todavía no institucionales) (4).
APORTES DE LOS ESTUDIOS DE LA MUJER
De acuerdo con la síntesis de Marta Lamas sobre la antropología feminista, el binomio cultura/naturaleza constituye uno de los debates clásicos más importantes que han sido revisados y cuestionados por la perspectiva feminista (5). Se trata de la dilucidación de los aspectos de la conducta humana que, por una parte, son genéricos o inherentes a la especie ("naturales"); por otra, se refiere a las características culturales de nuestra conducta, es decir, las que son aprendidas, producidas por la sociedad como resultado de la racionalidad y subjetividad que hemos sido capaces de generar. Dicho debate -qué de "lo masculino" y qué de "lo femenino" corresponde a la naturaleza y qué a la cultura- se constituye como la reflexión que cruza y constituye la columna vertebral de numerosas investigaciones e interpretaciones con perspectiva feminista.
En la emergencia de los estudios de la mujer, las antropólogas se dieron a la tarea de explotar la significación del ser mujer en las sociedades contemporáneas y pasadas. Por medio de estudios transculturales y de descripciones etnográficas se obtuvieron "datos" cuestionadores de los enfoques evolucionistas y funcionalistas que pretenden en razón de un determinismo biológico-sexual que "justifica" la asignación de papeles (roles) femeninos y masculinos no sólo diferentes sino desiguales (en términos de poder) (6).
Y aunque las descripciones etnográficas y los estudios comparativos transculturales mostraron ambigüedad respecto a la historicidad o universalidad del fenómeno de la subordinación femenina (7), de las diferencias observadas entre varones y mujeres destacaron la participación desigual -de unos y de otras- en las diversas instituciones económicas, sociales, políticas y religiosas; y el hecho de que tal participación es diferenciada en correspondencia con papeles que cada sociedad asigna (socialización de valores y actitudes) a lo masculino y a lo femeninos y, que los hombres y las mujeres de carne y hueso "asumen" en mayor o menor medida.
Los hallazgos, además, no han sido exclusivos de la antropología; también se hace "otra" lectura de la historia de la modernidad. Los estudios históricos de Natalie Davis y de Joan Kelly coinciden en observaciones importantes: el discurso de la modernidad, entramado en el Renacimiento y consolidado en la Ilustración, considera desde entonces a la mujer como "bestia imperfecta" a la que -con poca educación- hay que someter a la autoridad, particularmente del marido, encerrarla en el hogar y sus deberes familiares para controlar sus impulsos peligrosos (sobre todo sexuales). Con tales palabras se construye, autoritariamente, una subordinación que inhibe el desarrollo de la autonomía del sujeto; palabras que se traducen en prácticas sociales, como observan las historiadoras: la mujer que se atreve a ser rebelde, a desear, sentir, hacer y pensar otras cosas, está "fuera de su lugar" -la familia- y es objeto de censura y represión, una bruja que bien puede quemarse en la hoguera, Joan Kelly, por su parte, se pregunta si puede considerarse que las mujeres tuvieron Renacimiento, entendido éste como un momento de esplendor cultural, cuando, justo en ese tiempo, se ejerce mayor control sobre la mujer, sobre su sexualidad, la propiedad, el trabajo, los papeles y las prácticas sociales (9).
Es una lectura diferente de la historia moderna que destaca la perdida de libertad que las mujeres vivieron con el Renacimiento. Como señala Davis, en el Medioevo las damas cortesanas eran dueñas de su cuerpo y su sexualidad, que disfrutaban bien y libremente; tenían posesiones personales e incluso poder político de los que disponían a su propio arbitrio. Es durante la transición del feudalismo al Estado moderno, específicamente en el auge de la Ilustración, cuando se erige a "la razón" como máxima que afirma la constitución del individuo, la familia y el Estado moderno, con las necesidades de legitimidad y "pureza de sangre" de la nueva clase emergente, cuando las mujeres son segregadas y plenamente subordinadas. El naciente orden político que consolida la centralización de la autoridad necesitaba de mujeres castas y fieles, confinadas a la vida doméstica. El Estado moderno, que nace como producto de un largo proceso "civilizatorio" (económico, social, político y cultural) encontró en "la familia" el modelo que afirma, entre otras cosas, la centralización de la autoridad en el padre y la obediencia de la madre y de los hijos a su arbitrio. Así, dicen, se funda la relación moderna entre los sexos (10).
Con base en lo anterior se puede afirmar que los estudios de la mujer durante la década de los setenta fueron fértiles, pues además de invalidar los determinismos biologicistas de la subordinación social femenina y cuestionar seriamente las esencias atemporales/eternas que pretenden definir "la identidad femenina", enriquecen con sus cuestionamientos y miradas diferentes las perspectivas teóricas de las ciencias sociales (11).
En ese sentido, el trabajo de Gayle Rubin (12) con su concepto de sistema sexo/género no sólo ubica a la subordinación femenina como un producto de la sociedad entramado plenamente en la estructura dinámica de las relaciones sociales en un específico modo de producción; también señala la insuficiencia de la perspectiva marxista clásica para formular lo que a ella le preocupa: una economía política del sexo que permita explicar el origen y el desarrollo de la subordinación. En esa misma línea apunta la necesidad de recuperar el importante trabajo de Lévi-Strauss sobre intercambio de mujeres (que posteriormente será cuestionado), como el de la perspectiva psicoanalítica de Freud y Lacan. Discursos no sólo pertinentes sino necesarios, dice Rubin, tanto por su atención puesta en el lugar que ocupa la sexualidad en la sociedad, como por la importancia del lenguaje del mundo simbólico; asuntos cruciales desatendidos por el marxismo clásico (13).
En ese mismo sentido las primeras aportaciones historiográficas realizadas por Davis y Kelly son corroboradas y ampliadas por estudios más recientes, como el de Celia Amorós en el terreno de la filosofía y el de Carol Paterman (14) desde la perspectiva de la ciencia política. Ambas dan cuenta de "rasgos patriarcales", de un "sesgo androcentrista" que permea tanto la reflexión filosófica occidental como el discurso político moderno fundado por los contratistas ilustrados. La presencia del androcentrismo realmente cuestiona la pretensión de universidad, sus afirmaciones, sus imágenes: la mujer naturaleza salvaje, la mujer indómita, desenfrenada, peligrosa... Imágenes y concepciones que se alimentan desde el discurso filosófico y político de la Ilustración. Discurso que, como señala Amorós, se erige en "autoconciencia de la sociedad" de hombres y de mujeres, sin cuestionar que aquélla sea alimentada sólo desde el discurso de los hombres, partícipes de un sistema de dominación y de una ideología sexista que "justifica" la conceptualización denigratoria de la mujer, de una racionalidad que halla a la mujer en simbiosis con "la" naturaleza y al hombre con "la" cultura (15).
Estas relecturas de la historia cuestionan incisivamente a la "historia universal" que da por sentado la desigualdad social de las mujeres respecto de los varones en correspondencia con sus diferencias biológicas. Son indagaciones importantes que formulan una crítica rigurosa a la "naturalidad" de la subordinación de la mujer en la sociedad moderna occidental, un cuestionamiento a "la identidad" que aquélla perfila para "la mujer" mediante la asignación de papeles, de valores y de lugares que "nos pertenecen" por "naturaleza" o por una "nos pertenecen" por "naturaleza" o por una "esencia" también atemporal. De tal forma la perspectiva feminista busca, si no invalidar tal discurso, si mostrar su parcialidad y, por ende, su fragilidad historiográfica; ya que, el largo tiempo de la modernidad también cuenta significativamente para la constitución del sujeto mujer contemporáneo. Un sujeto negado precisamente con la instauración de "la racionalidad" como elemento trascendente y con la consolidación del Estado moderno. Toda una civilización que pareciera requerir del control sobre la mujer, al costo, incluso, de negarla como sujeto.
EL ASUNTO DEL GÉNERO
Si no es natural, universal ni debida a una esencia eterna "¿por qué -anota Lamas- la diferencia sexual implica desigualdad social?". Las respuestas hasta ahora esbozadas apuntan a la construcción social que implica la interpretación cultural que la sociedad hace de la diferencia biológica entre los sexos, y, además, a la relación específica que se establece entre ésta y el poder en el sentido de la exclusión que se le ha impuesto a la mujer, precisamente, del ámbito donde se lucha contra las injusticias sociales, el espacio público/político dominado históricamente por los varones.
Con este tipo de reflexiones la perspectiva feminista amplía la comprensión de la subordinación social de la mujer. Muchas de las respuestas hay que buscarlas en la cultura, en los mundos simbólico, social y político, en los que se produce y entreteje la interpretación de "lo natural" de las diferencias sexuales y con base en la cual se asignan identidades, normatividades y destinos (16). En esta línea se puede ubicar el giro de los estudios de la mujer a los estudios de las relaciones de género, pues, con el uso de la categoría género, este campo de estudios logra una perspectiva analítica más aguda de los procesos culturales y sociales que intervienen en la configuración de la identidad femenina y masculina, independientemente de que también, como señala Joan Scott, el uso de la categoría género significa una búsqueda de legitimidad y formalidad académica (17).
Desde la perspectiva actual de las mujeres que se interrogan sobre el ser social de la mujer, éste no es autorreferido, no se debe a una esencia femenina o a una condición biológica, sino que refiere a una relación social y a una construcción cultural. Hablar de género en esta perspectiva significa explorar los terrenos en los que se fincan las identidades masculina y femenina (asignadas y adquiridas), los procesos sociales e institucionales que estructuran la asignación social de papeles así como el entramado del mundo simbólico, cultural, e histórico. La categoría género coloca la desigualdad social entre los sexos en el terreno de lo simbólico, en la delicada construcción de la subjetividad personal/social, siempre entramada en relaciones y prácticas sociales, en instituciones... En la cultura y en el mundo simbólico que significa y resignifica continuamente (18).
Es la categoría género la que refiere a la construcción social y cultural de una identidad asignada colectivamente y adquirida individualmente, según la interpretación que -de la biología y la subjetividad sexual- haga la moralidad pública de "lo masculino" y de "lo femenino" (19). Su importancia estriba en concebir el proceso de constitución de los sujetos mujer/hombre como procesos de construcción histórica, social y subjetiva; en enfatizar el carácter relacional y multidimensional de los mismos.
Florinda Riquer, desde la sociología, formula bien el problema: si la identidad femenina (y masculina) se halla entramada entre la conciencia individual y la interacción social, es menester analizar el proceso de constitución del sujeto mujer no sólo como un proceso de construcción histórica, sino desde una perspectiva conceptual que permita abordar la experiencia colectiva -relacional-, a partir de la experiencia del individuo marcado por momentos específicos del ciclo de vida siempre señalado por la relación con "otros" sujetos, instituciones, prácticas sociales y contextos concretos donde se dan las interacciones específicas y significativas mediante códigos simbólicos también siempre colectivos, institucionales, culturales, políticos (20).
Parece, para concluir, que el asunto es comprender que no existe "la" identidad femenina sino la errancia (21)... La permanente construcción cotidiana de los sujetos o la enajenante repetición de ideas y valores "de la mujer" que dejan de tener sentido por lo menos, para las mujeres que han decidido interrogar "la historia" y reconstruirla, desde sí mismas y desde su contexto social inmediato y mediato, para así reapropiársela.
Notas:
- Cfr. Mary Goldsmith, "Debates antropológicos en torno a los estudios sobre la mujer" en Nueva Antropología, Vol. VIII, No. 30, México, 1986, p. 147.
- Con esto no quiere decir que en los años setenta empieza la reflexión crítica de las mujeres sobre su situación social. No. Han existido muchas mujeres y algunos hombres que fueron pioneras/os en este discurrir. Antes de los estudios de la mujer en los años setenta, ya se habían realizado, desde los treinta, trabajos "pioneros'' en el campo del psicoanálisis con Melanie Klein y en el de la antropología con Margaret Mead. Sin embargo, la fuerza con la que emergen los estudios de la mujer en la década de los setenta (en México hacia fines de los ochenta y principios de los noventa) adquiere significación particular por la creciente inserción de la mujer en el mundo público (empleo, educación superior, arte, cultura y política) y por el consecuente y creciente interés que los estudios de la mujer adquieren en el ámbito europeo y norteamericano.
- Así, James S. Amelang y Mary Nash afirman que los estudios históricos de la mujer han contribuido decisivamente al despliegue de temas, fuentes, enfoque y estrategias analíticas en la historiografía contemporánea.
¿Cómo minimizar el hecho de que al incorporarse la voz femenina antes devaluada, negada o simplemente excluida de la narración histórica, esta se enriquece? (Cfr. Amelang y Nash/1990: 11). - Procesos que sólo se entienden en el largo plazo, en el tiempo que abarca muchas vidas de mujeres y hombres, muchas generaciones, según Braudel y Elías, quienes nos señalan la importancia de abordar el análisis de los procesos de cambio social de largo plazo, considerando la totalidad y "sincronicidad" de elementos estructurales, económicos, sociales, culturales, ideológicos y políticos con los cambios de mentalidad de individuos siempre colectivos. Cfr. Norbert Elías, El Proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, PCE, 1989; y Cfr. Fernand Braudel, Las civilizaciones. Estudio de historia económica y social, México, De. Tecnos (Col. Rei), 1991.
- Cfr. Marta Lamas, "La antropología feminista y la categoría género" en Nueva Antropología, vol, VIII, núm. 30, México, 1986, pp. 173-7.
- Cfr. Goldsmith, operación cit, pp. 160-1.
- Cfr. Ibid.
- Cfr. Lamas art. Cit, Pp. 178-9, 181.
- Me refiero a los trabajos de Natalie Z. Davis, "Un mundo al revés: las mujeres en el poder" escrito en 1973; y el de Joan Kelly, "¿Tuvieron las mujeres renacimiento?" Escrito en 1975. Ambos, compilados por James S. Amelang y Mary Nash, Historia y género: Las mujeres en la Europa moderna y contemporánea, Valencia, Eds. Alfons el Magnanim-Institució Valenciana D'Estudes e Investigado, 1990, pp. 59-92 y 93-125, respectivamente.
- Cfr. Ibid.
- Cfr. Lamas, art. Cit, P. 196.
- Me refiero a "El tráfico de mujeres: notas sobre la "economía política" del sexo", escrito en 1975 y publicado en México en Nueva Antropología, vol. VIII núm. 30, México, noviembre de 1986.
- Ibid, pp.97-8. De acuerdo con lo anterior, Marta Lamas mira este trabajo de Rubin como la enunciación/fundación de los estudios de género, el punto de partida para quien se pregunta por el asunto de la naturaleza y sitio de la opresión (locus) de la mujer. Cfr. Lamas, art. Cit.
- Cfr. Celia Amorós, "Rasgos patriarcales del discurso filosófico: Notas acerca del sexismo en filosofía", en Hacia una crítica de la razón patriarcal, Madrid, Anthroppos, 1985; y Carol Paterman, The sexual Contract, California, Stanford University Press, 1988.
- Cfr. Amorós, ibid., Pp. 22-3.
- Cfr. Lamas, art. Cit., Pp. 177-8.
- Aunque se ha señalado que existen distintas razones y sentidos en el uso de la categoría género, ello no invalida el poso hacia adelante que ésta implica en la reflexión e investigación de las mujeres sobre las mujeres y necesariamente sobre los varones. Cfr. Joan W. Scott, "El género: una categoría útil para el análisis histórico", en Amelang y Nash, op.cit. 23-56.
- Cfr. Lamas, art. Cit., Y Scott, art. Cit.
- Cfr. Lamas, art. Cit., P 185.
- Cfr. Florinda Riquer, "La identidad femenina en la frontera entre la conciencia y la interacción social", en Ma. Luisa Tarrés (comp.) La voluntad de ser. Mujeres en los noventa, México, El Colegio de México, 1993, pp.51-64.
- Cfr. Juan García Ponce, La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski, Barcelona, De. Anagrama, 1981.
Tomado de la revista Umbral XXL México, publicación de los Programas de Investigación y Posgrado de la Universidad Iberoamericana, Número 16, Otoño de 1994.
SEGMENTOS
¿Existe una subcultura política femenina?
Anna M. Fernández Poncela
Anteriormente hemos reflexionado en torno a la cultura y racionalidad política, sin embargo no abordamos de lleno un asunto que está en discusión: si existe realmente una subcultura política femenina; o en su defecto las mujeres están integradas perfecta y completamente a las características de la cultura política del país; o tal vez en el caso de la existencia de una tercera vía, son parte de la cultura general pero poseen rasgos diferenciados y específicos como género.
Si hay algunos sesgos o rasgos que diferencian a hombres y mujeres en relación a sus percepciones y actitudes ante la política se podría decir que estamos frente a otra cultura política, ya que tan políticos son los asuntos que interesan a los hombres, como aquellos que interesan a las mujeres. Siguiendo a la teoría general de sistemas, se podría tomar como sistema la cultura política mexicana y subsistema la cultura política de las mujeres mexicanas.
Las interrelaciones materiales e informativas constantes entre la segunda y la primera son fundamentales en cuanto a sus facultades para asimilar y preservar, como para contestar y alterar sus contenidos en diversos niveles y grados, así como las interrelaciones dentro del propio subsistema. Si la cultura política de México -sin desestimar la existencia de varias subculturas políticas en función de la etnia o la clase- es la cultura hegemónica, esto es, el sistema en su concepción holística y de modelo social, la cultura política de las mujeres es una subcultura, esto es, el subsistema, sin que signifique que ésta esté completamente subordinada a la primera ni tampoco que se presente como una subalternidad con propuesta alternativa, está sin duda considerablemente influida por la cultura hegemónica y posee también algunos rasgos diferentes a ella seguramente.
La cultura es un conjunto de relaciones materiales y espirituales de un grupo humano, un sistema interrelacionado de valores y creencias, estructuras socioeconómicas y políticas, y estructuras de personalidad. Y en el caso de entender por cultura un conjunto de representaciones simbólicas que se consideran legitimas, en un lugar y en un momento concreto, podríamos preguntarnos si las mujeres, en tanto que sector en principio carente de poder, y de derecho de emitir sus mensajes, han podido generar de alguna manera sus propias propuestas culturales. Esto es, las mujeres comparten los marcos de referencia de la cultura que las discrimina, carecen de una cultura autónoma, pero tampoco interiorizan completamente los significados de la cultura dominante. Por ello, al igual que otros sectores o grupos marginados, generan sus propias interpretaciones del mundo, y se configuran así como subculturas, a veces continuación de la propuesta dominante, y otras, creadoras de mensajes y conductas alternativas, que por el simple hecho de existir ya cuestionan hasta cierto punto la universalidad de la cultura dominante, si bien suelen ser fragmentadas y carentes de objetivos, como para constituirse como contrapoder (1).
Dentro de esta definición, es posible pensar que no sólo las mujeres comparten una subcultura, plural y abierta, pero con rasgos genéricos comunes consecuencia de su subordinación, sino que así como existe la definición de una cultura política para un contexto histórico-cultural dado, así también las mujeres pueden constituir una subcultura política determinada. Generalmente en las sociedades la cultura política no es homogénea y da lugar a la existencia a diversas subculturas. Se ha llegado a afirmar que existen dos grandes subculturas la de élite y la de masas en el seno de cada cultura nacional. Pero hay más, a su vez las subculturas de masas son heterogéneas, desde las personas más activas hasta las más desinteresadas, pasando por las diferencias derivadas de las regiones, los grupos étnicos o las clases sociales. Y a la hora de la participación, la ciudadanía tiene limites, formales o informales, que tienen que ver con la edad, el sexo, el estatus social, la educación y las relaciones familiares.
Si partimos de una definición de ciudadanía como un grupo de individuos racionales, libres e iguales ante la ley, los cuales constituyen el sujeto de la cosa pública y la legitimidad del poder (2); lo que parece claro es que la ciudadanía es un concepto y una práctica patriarcal y se ha construido a partir del modelo masculino de dominación, ya que las mujeres no han estado ni están integradas en igualdad de condiciones, hasta la fecha. El contrato sexual es una forma de sujeción, mientras que el contrato social representa libertad (3).
En la ciudadanía, se excluye a las mujeres, el modelo masculino, virtuoso y viril impera. Por lo tanto, las mujeres no pueden adecuarse al modelo liberal configurado a imagen y semejanza del hombre, y a pesar de sus conquistas jurídicas son ciudadanas de segunda categoría. También se ha animado que las mujeres ingresan a la política y a la esfera pública, muchas veces, como extensión de su rol doméstico, esto es, reflejando sus tareas familiares, por ejemplo, pero esta vez en el seno de una institución pública. Pero además, las mujeres parecen intervenir en política, en momentos de crisis históricas en sus respectivos países, en circunstancias de peligro, pero al pasar la emergencia, regresan a sus casas.
En todo caso centrándonos en los resultados de varias investigaciones sobre el tema se ha podido constatar cómo las mujeres comparten una serie de posicionamientos -percepciones, actitudes, opiniones y conductas políticas- desde el interés hasta el comportamiento y las preferencias electorales, que las distinguen en ocasiones de los hombres si bien no de manera radical, y otras posturas concretas en cuanto a su consideración de la participación de la mujer en la élite política que las diferencia, aquí sí, sustancialmente de sus homólogos masculinos. Hay pues algunos aspectos que pudieran perfilarse como los posibles constituyentes de una supuesta subcultura política de las mujeres, y están siempre y en todo momento, estrechamente relacionados con la experiencia, actitudes y readaptaciones de las mujeres. Y es que la participación e interés hacia la política, y el voto mismo, se relacionan con el registro de una serie de percepciones, opiniones y decisiones en las que se tienen en cuenta cuestiones tanto estructurales como coyunturales, objetivas como subjetivas. Por ejemplo, a la hora de discernir sobre las razones que condicionan las preferencias electorales, hay que ver la manera como dichas motivaciones se relacionan con los diversos factores sociodemográficos -sexo, edad, escolaridad, ingreso y ocupación- y político -culturales- actitudes y opiniones frente a la política (4). En este sentido se han realizado estudios y se ha tratado de definir por ejemplo, la cultura política de diversos sectores sociales, como obreros, indígenas o campesinos.
Entonces ¿por qué no hacerlo con las mujeres?, cuando además numéricamente son la mitad de la humanidad, de la ciudadanía, de los electores y los actores, o actrices sociales.
Se dice entre otras cosas, que las mujeres no parecen interesadas ni dispuestas a integrarse al mundo de la política. Pero quizás la pregunta se ha de invertir, no ha de preguntarse ¿por qué no interesa la política a las mujeres?, sino ¿por qué habría de interesar la política tal y como está planteada y funciona?, sería mucho más correcto y cercano a la realidad plantear esta interrogante. También habría que preguntarse no sólo ¿por qué no interesa la política a las mujeres? o ¿por qué razón habría de interesarlas?, sino ¿por qué no interesan las mujeres a la política, o por qué no interesaban hasta hace apenas unos años?, o si no es signo de inteligencia y raciocinio no votar, en un sistema donde hasta hace poco la creencia en el fraude era una institución y la pluralidad de los partidos políticos parecía tener un carácter simbólico, más que demostración de apatía y distanciamiento, por ejemplo.
Al referirse a la participación política -y su contraparte la apatía política- se hace en términos explicativos de una serie de variables.
Estas tienen que ver en primera instancia con el entorno social -educación, ocupación, ingresos, edad, raza, religión, sexo, movilidad y vivienda-, en segunda instancia con las variables psicológicas -léase la personalidad-, y en tercer lugar, el entorno político -partidos, campañas, debates e ideología-. Y es en este marco que el sexo es una variable social a la hora de explicar la participación o apatía como grupo o sector concreto, que puede o no coincidir con otros colectivos o con la sociedad en general, pero que también puede diferir por sus características de género.
Podría hablarse entonces de las mujeres, como una especie de subcultura subordinada -subsistema- y en relación a la cultura hegemónica dominante -sistema social-, desarrollan sus mecanismos de defensa y sus estrategias adaptativas a la medida de sus necesidades, pero según sus posibilidades, tanto para mantener como para mejorar su situación de discriminación, y en todo caso evitar empeorarla. Su aparente conformidad con el estado de las cosas no es una carencia de conciencia para sí. Las características que se infieren de lo que podemos denominar subcultura política de las mujeres: cierto desinterés (5), y distanciamiento de la política formal -que se contrarresta con el desarrollo de otras formas y enfoques de la política, como su participación activa masiva en los movimientos y organizaciones sociales-, su comportamiento electoral en ocasiones diferente en cuanto a motivos, influencias, simpatías y preferencias electorales, su opción política concreta en las urnas -votan por el PRI- (6), no es signo de negligencia, desconocimiento o desinterés, sino producto de una cultura política en la cual están insertas, el desarrollo de una posible subcultura política de género, y por último, de una opción racional colectiva. Porque algún beneficio deben de estar percibiendo -ya sea real o imaginario-, alguna compensación para mantener dichas percepciones y comportamiento, que no significa una enajenación política, sino una actitud congruente y lógica, desde su propia experiencia y punto de vista particular.
Notas:
- Juliano, Dolores. 1996. "Las que saben... elaboraciones feministas y subcultura de las mujeres". Política y cultura. No.6, UAM-Xochimilco, México.
- Peschard, Jacqueline. 1994. "La cultura política democrática". Cuadernos de Divulgación de la cultura Democrática, No. 2, IFE, México.
- Pateman, Carole. 1988. The Sexual Contract. Cambridge: Polity Press.
- Peschard Op cit.
- Fernández Poncela, Anna. "El interés de las mujeres por la política: una visión desde la opinión pública y las profesionales". Ponencia, XX International Congress Latin American Studies Association, Guadalajara, April, 16-19.
- Fernández Poncela, Anna. 1997. "Edad, sexo y política. Preferencias electorales". La Ventana, No. 5, Universidad de Guadalajara, México.


















