El sistema político y los movimientos sociales regionales desde una perspectiva sistemática. José Alfredo Zavaleta Betancourt
El sistema político y los movimientos sociales regionales desde una perspectiva sistemática
"Quien desee cambiar radicalmente en corto tiempo al sistema... tiene que empezar desde el exterior" (Luhmann, 1986:91)
En la teoría sociológica contemporánea existen algunas sugerencias rivales para tematizar la reproducción de los sistemas políticos (Easton, 1965; Luhmann, 1987); sin embargo, una observación sociológica cuyo propósito sea una descripción externa de éstos constituiría una irritación de ellos y al mismo tiempo una condición de la autopoiesis de otros sistemas como el científico y el social (Luhmann, 1993).
Precisamente, un análisis sistemático realista y hasta escéptico del sistema político regional puede ayudarnos a entender por qué sus programas electorales y sus políticas públicas no se modifican con incursiones en su entorno interno, y por qué los movimientos sociales irritan pero no transforman radicalmente las funciones y estructuras de aquel.
Por José Alfredo Zavaleta Betancourt (*)
El peligro generado por los movimientos sociales que irritaron el sistema político regional (Amezcua, 1994)[1] en la última década, prácticamente ha desaparecido. En cuanto entornos del sistema, su dispersión y contingencia creciente los redujo a simples ruidos que en algún momento tematizaron demandas para la agenda sistémica (Cobb y Eler, 1974). Si otrora intentaron distorsionar e incluso destruir al sistema político, en la actualidad constituyen simples estridencias para éste que redujo la complejidad de aquellos mediante un cierre operacional ejecutado a través de la operación corrupta del código del sistema, la democracia (Luhmann, 1987) y a partir del diseño e implementación de políticas electorales y administrativas.
En efecto, a pesar de que los movimientos sociales recientes inducidos por los partidos opositores y las comunidades eclesiásticas no se multiplicaron según la lógica de la participación incremental y que el futuro para ellos está lleno de incertidumbre, han obligado al sistema político regional a modificar sus funciones y estructuras. Al margen de sus modalidades de protesta que no produjeron una sociedad civil ejemplar ni virtuosa, cuya estructuración por ahora es cada vez más improbable (Luhmann, 1993), lograron filtrar a la agenda sistemática del gobierno un conjunto de demandas sociales que actualmente constituyen los ejes de una política de reforma electoral y estatal, a través de las cuales el sistema reduce la complejidad de este entorno.
En tales circunstancias, las observaciones descriptivas de este acoplamiento estructural del sistema político y los movimientos sociales regionales, que insisten por un lado en la participación y descontento civil creciente y, por el otro, en la necesidad de una sociedad civil óptima, son incompetentes puesto que constituyen observaciones simples (Luhmann, 1991b) de la autopoiesis de los movimientos sociales al margen de la autoclausura del sistema político (Luhmann, 1986), por esos persisten en ellas algunos siseos conceptuales tales como hablar de la participación política creciente o, bien, sobrecargar semánticamente al concepto de sociedad civil al cual ligan pretensiones improbables.[2]
Pero si el sistema político regional ha aceptado algunas demandas civiles ha sido porque su medio de comunicación, el poder, era inflacionario y su complejidad menor que la de los movimientos sociales que constituyeron su entorno; sin embargo, la operación corrupta de las élites políticas del código democrático (Luhmann, 1987) multiplicó algunas patologías institucionales tales como el soborno y el fraude que continúan irritando al sistema político desde su entorno interno, mientras el externo continuaba evolucionando dispersamente, con estrategias de sobrevivencia, contra las intenciones de la oposición y hasta de algunos intelectuales que describen los nuevos obstáculos a la cultura política democrática desde una perspectiva normativa.[3]
En el primer caso, la privatización y la desregulación regional lejos de sujetarse a licitaciones limpias fue operada por élites políticas nacionales y estatales corruptas. Por medio del uso discrecional de la inteligencia, la información estatal y la comunicación restringida a sus redes (Adler, 1994) y nudos (Gil y Schmidt, 1994) incluyeron a opositores del sistema de partidos y de los movimientos sociales, a quienes beneficiaron diferencialmente; pero además excluyeron drásticamente a los líderes radicales. De esa manera se reprodujo el sistema inversamente a la despolitización civil.
En el segundo caso, se reprodujo el gobierno como ámbito de la toma de decisiones, seleccionando demandas que incluyen la vigilancia de las contraélites y la estructuración de una agenda excluyente que eligió las alternativas de la reforma electoral y la reforma estatal, programas de los cuales controlan su implementación y captan las causas y los temas (Luhmann, 1991) de los movimientos sociales, deshaciéndose de la radicalidad del plebiscito y el referendo; sin embargo, esta autopoiesis del sistema político regional determinó una diferenciación funcional interna de sus estructuras, del sistema de partidos y de la administración pública.
Para el sistema de partidos, implementaron una reforma electoral que reproduce el sistema desde un consejo ciudadano mediante la creación limitada de electores y una conformación estable del congreso local (Zolo, 1979); pero autopoiéticamente no permite desde la última década, las coaliciones ni las candidaturas independientes, los partidos regionales ni el juicio político a sus gobernantes; asimismo, para la administración pública, las élites y las contraélites en un consejo consultivo, separaron las discusiones para tematizar demandas formales no sistemáticas; excluyeron a las contraélites radicales, parte de las cuales se anularon porque no consideraron pausible consensar decisiones racionales ni dentro de la reforma ni dentro de la consulta para la reforma estatal.
A diferencia quienes como observadores externos y críticos participaron en estos procesos sistémicos en los consejos ciudadanos y consultivos,[4] el cierre operativo del sistema político regional que redujo la complejidad de su entorno es observado por las contraélites radicales como una codificación de demandas útiles para el sistema que complejizan la improbabilidad del consenso y como un riesgo para los movimientos sociales. Desde esta perspectiva, esas incursiones en la dinámica del sistema y en el entorno interno puede describirse ya como una lección para el escepticismo político (Molina, 1994).
No obstante, lejos de concluir que los movimientos sociales son solo ruidos irritantes del sistema político regional (Luhmann, 1991) o que han sido derrotados en toda regla (Zermeño, 1993) quizá haya que reflexionar cómo es posible que el sistema político permita contracorriente de sus autodescripciones, nuestras observaciones, las de la prensa opositora y la de las contraélites cooperativas, pero también si no sería posible dejar de complacernos con descripciones optimistas que hablen de la participación creciente o bien de la debilidad de una sociedad civil comparada con una agenda universal óptima.
En todo caso, si los movimientos sociales y la sociedad civil regional son mediaciones entre los sistemas sociales (Serrano, 1993) esas comunicaciones dispersas con sus demandas mínimas o máximas tienden a la diferenciación funcional y, su coordinación partidaria o civil es altamente improbable. De esto se derivan dos empresas estratégicas: una, renunciar a las observaciones simples e incompetentes sobre la incrementabilidad cuantitativa de los movimientos sociales fundada en el impresionismo periodístico o sobre las virtudes no liberadas de la sociedad civil; y, dos: cambiar a una estrategia que fortalezca a los ciudadanos y a las contraélites, en el supuesto de que practiquen otra cultura política.
Al respecto, una estrategia distinta que busque modificar los programas del sistema político y no sólo el acceso benéfico a su entorno interno, tiene que estructurar grupos que obliguen y contrapesen a las élites políticas, incluidos los consultores y consejeros, incorporar a la agenda sistemática y no solo formal, demandas sociales para que sean diseñadas políticas públicas en las cuales se participe en su diseño, pero sobre todo en su implementación; asimismo, tiene que asumir la diferenciación funcional de la sociedad y estructurar movimientos de protesta viables que no sean maniobrados ni por los partidos ni por el gobierno. (Althusser, 1976; Foucault, 1984; Rorty, 1994; Guattari, 1985).
En efecto, si de la observación comparada de sistemas políticos se trata, las lecciones que el postestructuralismo y el pensamiento postmetafísico han obtenido de la autodestrucción del socialismo y la socialdemocracia europea, han sido, por un lado, la necesidad de que los partidos se estructuren transversalmente sin un programa unitario (Guattari, 1985) y que se queden fuera del Estado movilizando a las masas (Althusser, 1976); por otro, que las revoluciones son peligrosas y en el fondo constituyen un sueño bárbaro (Foucault, 1984), por lo cual las reformas eficaces y locales son más viables y las campañas sin aparatos centralizados ni permanentes, más útiles. (Rorty, 1994).
Notas:
- Me refiero al espectro de movimientos sociales tradicionales y modernos que se han desarrollado regionalmente a través de demandas sociales diversas: tierras, lotes, seguridad pública, peligros nucleares, etc.
- Es interesante observar la paradoja de estas descripciones donde el pasado y el futuro son por separado los ejes básicos del análisis.
- Es el caso de quienes constatan empíricamente que el sistema de partidos evoluciona sin democratizarse, pero no renuncian a un modelo cerrado de ésta.
- El caso de los miembros de Alianza Cívica y algunos intelectuales con voluntad gubernamental.
Bibliografía:
- Adler, L. (1995) Redes sociales, culturales y poder: ensayos de antropología latinoamericana, Porrúa-Flacso, México.
- Althusser, L. (1976) Discutir el Estado, Folios, México.
- Amezcua, H. (1994) "Veracruz" en La República mexicana: modernización y democracia de Aguascalientes a Zacatecas. Vol. III, UNAM, México.
- Cobb, R., y Eider (1974) Participation in American Politics. The dynamic of agenda Building, University Press, Baltimore.
- Gil Jorge y Schmidt (1994) "Las redes del poder en México". Revista Este País No. 44, México.
- Guattari, F. (1985) "El socialismo en Francia". Revista de la UNAM, México.
- Easton, D. (1965) Esquema para el análisis político, Amorrortu, Argentina.
- Foucault, Michel (1984) "¿Qué es la ilustración?". Revista Sociológica 7-8, UAM, México.
- Habermas, Jürgen (1987) Teoría de la acción comunicativa, Taurus, España.
- Luhmann, N. (1969) "Complejidad y democracia" en Cupolo, Marco. Sistemas. Sistemas políticos: términos conceptuales del debate italiano, UAM, México.
- Luhmann, N.(1986) "La observación sociológica del Derecho" en Crítica Jurídica, UAP-UNAM, México.
- Luhmann, N. (1987) "El futuro de la democracia" en Teoría política en el estado de Bienestar, Alianza, España.
- Luhmann, N. (1991a) Sociología del riesgo, UIA-UG, México.
- Luhmann, N. (1991b) "El ocaso de la sociología crítica", en Revista Sociológica No. 20, UAM, México.
- Luhmann, N. (1993) Teoría de la sociedad, UIA-UG, México.
- Molina y Vedia S. (1994) Escepticismo político, UNAM, México.
- Rorty, R. (1994) "La pasión de lo infinito", en revista Etcétera No. 26, México.
- Zermeño, S. (1993) "La derrota de la sociedad", en Revista Mexicana de Sociología, UNAM, México.
- Zolo, Danilo (1979) "Complejidad, poder y democracia" en Cupolo, Marco. Sistemas políticos: términos conceptuales del debate italiano.
* Catedrático de la Facultad de Sociología y Profesor de Postgrado de la U. V.; actualmente es candidato al Doctorado en Sociología por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


















