Editorial
6 de julio: un voto por una nueva sociedad
La última vez que el régimen político de nuestro país se transformó de manera radical lo hizo en 1910 por la vía catastrófica: la revolución armada. Hoy, a punto de concluir el siglo mexicano que se inauguró con una gran revolución política y social, la situación es casi la opuesta: hay plena conciencia del fin de una época.
Sólo unos cuantos son los que aún no logran asimilar que México está viviendo la agonía de un largo ciclo histórico, que hace tiempo el régimen pos revolucionario ya dio de sí todo lo que podía dar y que lo prudente ahora no es resistirse al cambio sino encauzarlo de tal manera que no vuelva a desembocar en una nueva catástrofe, en una más de las que puntean nuestro accidentado proceso de evolución política.
De ahí la relevancia del proceso electoral federal que culminará con las votaciones del próximo 6 de julio.
Esta es, pues, la hora crucial para el futuro de nuestra Nación, la cual tiene hoy frente a sí la oportunidad invaluable de emprender el tránsito pacífico pero firme hacia su reconstrucción democrática o, de lo contrario, sucumbir a la demolición irresponsable de un caduco sistema de instituciones que se ha venido desmoronando precipitadamente ante el grave deterioro político, económico y social que no sólo atenta contra la soberanía nacional sino que erosiona la conciencia civilizada y ha lesionado los niveles mínimos de bienestar de la mayoría de los mexicanos.
Por tradición histórica y como proyecto político, la democracia en México tiene perfil liberal y contenido social. Fortalecer el perfil liberal de nuestra democracia conlleva al reto de observar y aplicar, con intransigencia, las normas renovadas y exigentes que hoy rigen los procesos de elección popular y representación política.
Es harto sabido que en México retrasamos durante décadas el placer de paladear procesos electorales impecables en su limpieza y equidad. Jorge Santos Azamar, consejero presidente del IFE en Veracruz, reconoce en un arranque de sensatez que precisamente "algunas prácticas del pasado ha costado mucho esfuerzo y muchos recursos ganar la confianza y credibilidad en los órganos electorales".
Empero hoy, sin llegar aún a tales niveles de perfectibilidad -y en eso coinciden el resto de los consejeros como José González Sierra; Margarita Acosta, Héctor Luis Galindo Delfín, Augusto Hernández Palacios e Irma Medel Barragán, los cuales fueron entrevistados también por Transición-, es innegable que el proceso electoral en puerta arriba en mucho mejores condiciones de legalidad, transparencia y equidad que, como bien apunta el maestro González Sierra, al menos están cultivando la posibilidad de que por primera vez "se integre un Congreso de la federación verdaderamente plural y en donde no está de antemano garantizada la hegemonía de ninguna de las fuerzas que están compitiendo, cosa que nunca había sucedido en nuestra historia política electoral".
Si durante décadas los mexicanos hemos reclamado elecciones limpias y justas, sería realmente imperdonable que hoy desaprovecháramos este paso inicial del largo proceso de construcción que todavía implica la auténtica democracia en México.



















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