Una oportunidad hacia la democracia. Román García Ortíz
El actual proceso electoral
Una oportunidad hacia la democracia
¿Sabrá el electorado aprovecharla?
Sin precedentes históricos, en los últimos 68 anos de la vida política del país, la elección de la LVII Legislatura federal adquiere capital importancia por ser considerada un paso trascendental en la apertura hacía la democracia.
Desde el nacimiento -en 1929- del viejo PNR por las consabidas instancias de Plutarco Elías Calles, atendiendo al modo de los tiempos en que al mundo surgían los partidos corporativistas, el ejercido del voto ciudadano directo y efectivo no ha tenido hasta hoy mejor oportunidad de manifestarse.
Por Román García Ortíz (*)
Mi ideal político es la democracia. El individuo debe ser respetado en tanto persona. Nadie deberá recibir un culto idolátrico: Albert Einstein.
Si bien el respeto al sufragio cobró vigencia constitucional como exigencia revolucionaria, con el paso de los años, en la práctica resultaba, además de un mero acto cívico, una ceremonia simbólica de participación social sin más resonancia que la aceptación tácita del predominio de un partido vencedor: el PRI.
El Estado mexicano, con su conformación representativa de poderes contempló en los regímenes recién emanados del movimiento armado de 1910, la elección directa y el consecuente triunfo por mayoría para acceder al Congreso de la Unión. Fue hasta 1963 cuando se da la posibilidad a las minorías a través de las diputaciones de partido por representación proporcional.
Luego, habrían de ampliarse las cuotas de participación por medio de las candidaturas plurinominales en circunscripciones geográficas electorales. Se abrirían también los espacios para nuevos partidos, unos prohijados por el propio sistema (PPS, PARM, PT, PVEM, PDM, PFC) y otros (PAN y PRD), como productos de las crisis del sistema político mexicano.
Lo anterior ocurría mientras tenía vigencia, en la economía del país, el llamado modelo de desarrollo estabilizador y las exigencias sociales se solían satisfacer en estiras y encoges concertados entre los factores de la producción y el arbitraje del Estado, personificado en la Presidencia de la República. En el caso de los obreros y con el paternalismo oficial que derivaba con inyecciones financieras impagables, en tratándose del sector campesino, a la vez que a la clase media mexicana se le alimentaban las ilusiones de vivir como burgueses mediante créditos bancarios para coche, casa y ropa que la mantenía cautiva, enajenada, despolitizada.
Ese modelo de la sociedad mexicana ofrecía consistencia en el terreno de la economía de ficción. En lo político, el poder de decisión de los votantes se neutralizaba ante la imposición de candidatos electorales, con el cada vez más sofisticado método del fraude electoral, la inducción del voto en organizaciones gremiales sectorializadas y, de plano, por medio de la anulación de resultados no favorables al PRI, degenerándose en acciones cotidianas causantes de la incredibilidad y el abstencionismo de un electorado mexicano que -a partir de la década de los 80- tendría que sufrir todavía los efectos desalentadores propinados por los colapsos económicos que hicieron conocer, a flor de piel, la verdadera situación económica del país.
Neoliberalismo y Corrupción
Al agudizarse las contradicciones sociales del país y resultar ineficaz el proyecto de gobierno sustentado en la mística de la Revolución Mexicana, con 40 millones de mexicanos en extrema pobreza y monopolizado el usufructo de la riqueza nacional en un 5 por ciento de la sociedad que representa al sector capitalista, México no vive días de vino y rosas.
Con las presiones ejercidas desde el exterior por el gran capital inversor y alineado a las disposiciones de la banca internacional que pugnan por el florecimiento del modelo capitalista neoliberal y propician los embates hacia la globalización de las economías de corte nacionalista, el estado mexicano ha reducido su capacidad de acción de políticas de impacto social que pudieran redituar beneficios para los grandes conglomerados.
El descubrimiento de vergonzantes conductas corruptivas en las más altas esferas políticas y las implicaciones en negocios turbios, narcotráfico y asesinatos, realizados por miembros conspicuos de la clase política, han dado pie a las más disímbolas conjeturas populares sobre el ejercicio perverso del poder. Lo que junto con tácticas de especulación financiera, fomentadas desde el exterior, desestabilizan la economía, acarrean el descrédito del sistema político mexicano, y sumen en la incertidumbre a millones de votantes.
¿Cuál es el cambio?
Las ofertas que exponen los partidos políticos deberán ser, desde el punto de vista teórico, el motor de promoción y convencimiento para la emisión del voto ciudadano, atendido a la franca indisposición de sufragantes inconformes con el estado de cosas que muestra el país, su sistema político y programa económico neoliberal.
Con el deterioro que ha sufrido la investidura presidencial a causa de evidentes desaciertos en los planes de gobierno de los últimos mandatarios del país -Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari-, en el presente proceso electoral cobra importancia el papel emergente, de contrapeso político-legislativo, que podría ejercer una nueva mayoría en el Congreso federal que debiera quedar integrado con la representación real de la sociedad mexicana.
He ahí el dilema y responsabilidad que, quiérase o no, pesa sobre el electorado en los momentos actuales.
Ciudadanizado, autonomizado el órgano ejecutivo electoral, el voto razonado podrá jugar un papel decisivo en la elección del Congreso, sin embargo, la notable falta de información -pese a la apertura de los medios de comunicación en su misión de informar-, de extensos y depauperados estratos populares en relación a la realidad nacional que exponen los partidos contendientes (uno de ellos el PAN), y sobre todo, la escasa connotación de los candidatos presentados y las dudas que florecen sobre las verdaderas intenciones que los anima a la consecución del cargo, ponen en virtual peligro la valiosa oportunidad de sufragar con la seguridad de que la decisión ciudadana sea la acertada para buscar un mejor destino al país.
Se debe aceptar como imperativo que el pueblo de México acuda a votar para que no pierda la oportunidad de hacerse escuchar y sentir.
Ante las perspectivas de apertura política y respeto a las libertades que oxigenarían a la nación, sólo queda abrigar la esperanza de que en este paso inicial dentro del largo camino de la democracia, la decisión ciudadana no sea inútil, o lo que podría resultar peor, equivocada.
* Román García Ortiz. Periodista veracruzano. Columnista de Glosario del Momento, editorialista y asesor de la Dirección de Diario de Xalapa.


















