Elecciones en México: Un intento de balance. V. Antonio Tejeda Moreno
Elecciones en México: un intento de balance
A Leticia: por su lucha incansable y su sed de justicia.
Si
Una nación entera se avergüenza
Es león que se agazapa
Para saltar.
Octavio Paz, Intermitencias del Oeste (3)
(México: Olimpiada de 1968)
Por Antonio V. Tejeda Moreno (*)
Como todo fenómeno social que reviste importancia, las elecciones del día 6 de julio de 1997 -este año azaroso y lleno de sorpresas-, resultan, por sus datos finales, un hecho histórico sobre el que vale la pena reflexionar. Existe en todo este proceso, todo un conjunto de capas estratificadas que conviene distinguir desde el principio para no equivocarse y, también, para poder ubicar a los actores, a los protagonistas. Antes que nada conviene precisar lo siguiente: todo proceso auténtico es uno tal que es realizado por seres pensantes, es decir, por personas y, como es conocido, la persona es el actor, el protagonista, quien realiza lo que, posteriormente, será el hecho, el factum sobre el que se reflexionará, más para dar una explicación, que una descripción. Insisto más: persona es una palabra de origen teatral, sus raíces son: per= a través de, y sonare= sonido. Hace referencia directa a los antiguos actores griegos quienes, al representar un drama, una obra de teatro, usaban unas enormes máscaras, mismas que exigían que hablara muy fuertemente, para que el sonido (la voz), pudiera ser escuchada por el público. Volveré, después, a la máscara.
El actor principal en este hecho histórico, insisto en ello, fue el pueblo mexicano, la ciudadanía, si se quiere. Y, paradójicamente, este actor no usó, en esta ocasión, ninguna máscara: acudió con el rostro libre, limpio de toda sospecha y simple y llanamente votó: realizó el sufragio -sin actuar-, para, posteriormente, esperar los resultados no sin inquietud y, quizás, angustia. Inquietud, porque todo proceso que entraña al presente -y al futuro- de los países nos logra conmover y, por otro lado, desesperar, hasta conocer el resultado de la votación, para el presente acto. Angustia, porque este existencial, del todo ontológico, adquiere, en México, un sesgo psicológico que no lo hace perder su status ontológico, existencial.
El segundo actor, este sí con máscara, fue el Gobierno de la República, desde el Primer Mandatario hasta el más modesto de los burócratas, pasando por el IFE, los representantes, etcétera.
El tercer actor, que representó varios papeles, fueron los candidatos y los partidos políticos.
Finalmente, los niños, que por vez primera en la historia de México votaron, si bien, gracias a una campaña de la UNICEF. Estos actores tampoco usaron máscara, sino sólo su rostro, dulce y siempre acompañado por la sonrisa que la ingenuidad y la inocencia en su estado de máxima pureza, acompañan a los seres libres de pecado y de corazón puro. Y estos seres cuyo estado ontológico es la espera, la inocencia y la pureza son, por definición, los niños y las niñas, quienes, repito, iban gozosos a depositar sus votos: votos de la esperanza, del futuro en el presente, de la alegría en estado naciente.
Ahora bien, ¿por qué el Gobierno de la República usó mascara?, ¿qué clase de máscara fue ésta? Vayamos por partes. El Gobierno de la República usó máscaras para ocultar su angustia y su terrible miedo: ser vencido, derrotado en unas elecciones mayoritariamente limpias. Usó máscaras, para ocultar la aprobación del Fondo Monetario Internacional para que estas elecciones fueran limpias: el Fondo Monetario Internacional, no el Gobierno, pues a éste no le conviene que los comicios sean limpios, transparentes, verticales. El Gobierno ha usado virus en sus computadoras, ha realizado arreglos con otros partidos, ha asesinado inclusive, y, cándidamente, con esa candidez que nos recuerda al Cándido de Voltaire, ha ignorado todo o, si se quiere, no ha resuelto nada: los crímenes del Cardenal Posadas, Arzobispo de Guadalajara; el del magistrado Polo Uscanga, el de Luis Donaldo Colosio que, a pesar de "ser el bueno", resultó asesinado por miembros de su propio partido. La comunidad europea, que desea tratos comerciales con el Gobierno, puso, también, su grano de arena para la limpieza de estas elecciones. Y sobre todo y ante todo: el Neoliberalismo, doctrina economicista que diluye al hombre, lo niega, niega, también la Historia: ese devenir del hombre que nos marca, nos une o nos separa, pero que es nuestra esencia, nuestro ser-colectivo, está, para la doctrina economicista de marras, terminada, no por acabamiento, por haber llegado a lo que el P. Teilhard de Chardin llamó "Punto Omega", sino porque el hombre ya ha terminado, acabado, según el Neoliberalismo.
Francis Fukuyama, en su terrible libro El fin de la historia y el último hombre, no hace más que sostener tesis como las antes citadas, sólo que con otra máscara: la de la "racionalidad". La voz "Cultura" parece haber muerto: el Neoliberalismo y sus ideólogos (en el sentido marxiano -no marxista- de la palabra) han decretado, así mismo, la muerte de la cultura y han dado a luz el de "racionalidad". No sólo la Cultura y la Historia "han muerto". También la Ética, en nombre de la "Metaética", la Ontología, en nombre de la Economía, la Antropología Filosófica y la cultural, en nombre de las narraciones vulgares, la Sexología y un cierto tipo de Bioética: aquella que permite y aún recomienda el aborto y "el amor libre". Tales son las "ciencias" que el neoliberalismo promueve, alienta, alimenta y hace fructiferar. Tal o, mejor: tales fueron las máscaras que el Sistema Político mexicano usó, tales máscaras disfrazadas de ciencias son empleadas desde la época miserable y abyecta del salinismo, cruzan y maculan nuestro tiempo, y amenazan con seguir, con continuar su obra desvastadora.
No son casualidades: la caída del sistema educativo mexicano, la aparición de "nuevos fenómenos sociales", tales como: madres solteras, empleo de drogas como forma de vida y de diversión, narcopolíticos, narcomilitares, destrucción de las formas de vigilancia del Estado, aparición de nuevos juguetes "eróticos", entre otras muchas formas de "racionalidad" y, también, de Cultura. Otras más: la amenaza de la desaparición del libro, expresión y forma máxima de las culturas occidental y oriental, predilección por las computadoras, las máquinas de cálculo electrónicas que sólo logran, entre otras cosas, que el escolar no entienda en qué consisten las operaciones aritméticas fundamentales; el ataque franco a la religión como forma espiritual de conocimiento, la aparición de sectas protestantes que sólo son formas de penetración del imperialismo norteamericano y sajón. Podría multiplicar los ejemplos, pero baste con las máscaras que nuestros gobiernos usan y de las que abusan.
Hay quienes, desde lejos, participaron en las elecciones con gran éxito, honor y honestidad: los hombres que usan máscaras o "pasamontañas": el Subcomandante Marcos y hombres tan valiosos y honestos, cultos e inteligentes como los comandantes Tacho y David: seres -en-el-tiempo que saben, que conocen qué es el Tiempo y los tiempos de recuérdese cómo se burló el Comandante Tacho de los representantes de! gobierno, durante las sesiones para lograr la paz, cuando éstos tenían -y siguen teniendo- una concepción vulgar del Tiempo fechable, del tiempo vulgar, como dice Heidegger en Ser y Tiempo: Obra que desconocen los señores Bernal y Del Valle, ahora con curul el primero, y que conoce el Comandante Tacho, sin que aquellos lo supieran, ni siquiera sin que se percataran. Parece prudente sostener que estas máscaras, los famosos "pasamontañas", son tan puras como las de los niños: etéreas y diáfanas, como las sonrisas infantiles: "...Los conocerán por sus obras..."
El pueblo acudió a las urnas y votó: cumplió con su obligación y, a la par, ejerció su derecho. Su máscara fue, también, diáfana y etérea.
Los candidatos usaron máscaras: teatrales unas, auténticas y reales: personales, otras. Veamos por qué. El ingeniero Cárdenas mostró su rostro franco y cordial, sincero e inteligente; el licenciado Del Mazo usó la máscara ficticia que su partido le puso/impuso y él la aceptó sin chistar, ni siquiera decir algo. Culto e inteligente, pero carente de formas y principios políticos, el licenciado Castillo Peraza mostró, tal vez sin darse cuenta, los intereses de la burguesía que desea, a toda costa, continuar con su peculiar axiología: el poder, la comodidad y las satisfacciones orgánicas son sus valores más representativos. No original: la única explicación es la que dio Salinas de Gortari: los unió a sí, para que "cacharan votos" y una Procuraduría que pronto perdieron. Es éste el resultado de no ver y no oír a las gentes, al pueblo, a los políticos, a los pobres, al otro, a los otros: se pierde la palabra y se pierde, también, el oído: no se es ya hombre, sino remedo de hombre, como dijera Don Miguel De Unamuno en una ocasión similar a la que trato de explicarme y de explicar. Carlos Salinas de Gortari, remedo de hombre sin ego-trascendental, reducido, por eso, al mero sí-mismo, se quedo sólo, se quedo sólo en esta triste condición ontológica: el sí-mismo sin tú, sin uno-trascendental, sin el otro, sin los otros...
De suerte tal que las votaciones tuvieron máscaras, tuvieron rostro, tuvieron alteridad, sí, pero también solipsismo. ¿Quién ganó? No sólo el ingeniero Cárdenas, sino que el pueblo con rostro, con otro, con tú. Ganó México. No dejemos perder esta victoria.
El pueblo de México estaba "agazapado/Para saltar". Lo salvó su voluntad, su sed de justicia, su anhelo de Democracia, también: su necesidad de Democracia. No todo lo que hay en el universo es fruto del azar y la necesidad. Pero la necesidad de verdad, justicia y democracia ayudó mucho. Estamos listos para el 2000.
* Dr. Antonio Tejeda Moreno, filósofo y poeta, ensayista acucioso, prolijo investigador genetista en la Universidad Veracruzana. Ha publicado recientemente: Seis filósofos y la historia universal, en la colección Textos Universitarios, en la Editorial de la U. V.


















