El lunes 7 de julio de 1997, una vez más despertamos siendo otros. Álvaro Brizuela Absalón

El lunes 7 de julio de 1997, una vez más despertamos siendo otros

(Recuerda enero de 1994 con el reclamo social chiapaneco).

Por Álvaro Brizuela Absalón (*)

Reflexionemos acerca de la apuesta a que jugaron: El Presidente de la República, los señores del gabinete; no sé cuántos banqueros y empresarios, a los que se sumaron los medios televisivos que con sus comentarios hicieron eco de esos apostadores; sobresalió Tevé Azteca y su rollo burdo Hechos de Peluche de TV-13.

Atendiendo los comentarios de unos y otros en los medios de comunicación, se tiene que considerar los votos de los ciudadanos que se abstuvieron, los votos que pueden advertirse como razonados pensando en el futuro, los votos "obligados" para la oficialidad; los otros votos resultados del chantaje -esos que describen la moral de quienes juegan con la pobreza y el hambre de muchos connacionales, a estos los conocemos porque reparten víveres a cambio de votos.

Considerando las tendencias en el número de votos emitidos y los de la abstención, esos señores de la apuesta habrán comprometido el reclamo del cambio de rumbo que demandamos los que formamos esas mayorías de electores de la sociedad nacional. La realidad del escritorio es diferente a esa otra que cotidianamente se describe en los pueblos del medio urbano y el rural. Realidad que parece no les interesa, realidad que compartimos desigualmente con los señores de la apuesta; realidad, me pregunto: ¿habrán comprometido ahora los señores de la apuesta?.

El lunes siete de julio, a pesar del agobio del trabajo intelectual por el compromiso que tengo, mi espíritu despertó reanimado, disfrutando el día del tiempo nuevo, disfrutando de la vida... del estar con la familia... mi espíritu se sonreía con el Mundo. Nuestra esperanza la pusimos en lo que acontecía en la Ciudad Madre desmadrada, la grande Ciudad de México, la Capital de nuestra República. Desde allá, ahora se retomará el tumbo de las voluntades y de la razón, hacia el puerto que una inmensa mayoría anhelamos llegar. Dejar atrás esa historia de un sistema político en descomposición, lugar, del que el símboloicono fue Fidel Velázquez, de un sistema sociopolítico que escribió su epitafio con la muerte de ese líder virtual.

Ahora se puede fincar-diseñar el nuevo rumbo del paisaje social que todos queremos, diferente y ajeno a los intereses que representó hasta el 6 de julio de 1997 Roque Villanueva, un villano de alarido y sonrisa subdraculiana, de célebres gestos en su sainete camaral.

Qué dirá ahora Roque Villanueva frente a su espejo fracturado, a Cien Años de la fecha que Bram Stoker escribió su novela Drácula. Espejo, donde Roque quiso asumirse personaje subdraculiano, la blasfemia la pagó al ser sorprendido en un amanecer juliano por ese otro Sol, como nueva senda a recorrer, a menos que él prefiera continuar en su oscura cámara-caja, diferente a la caja de aquél otro muñeco de ventrílocuo que también se conoció como Don Roque.

Muchos vimos por TV el saludable acto de contrición del Presidente de la República, y escribo acto de contrición, porque al actuar como promotor electoral de un partido político -como uno de los elementos de la apuesta a la que jugó- él mismo se despojó de su investidura de Jefe de Estado, en una etapa de nuestra historia donde los hechos delictivos y de deterioro social, por sí solos, son el contrapeso de ese malabarismo oficial realizado previo al 6 de julio de 1997.

Muchos sentimos júbilo porque con la práctica civil a través del voto se inscribió un futuro diferente: el del proyecto de país que estamos buscando. Sentimos júbilo, porque a pesar de todo -y de lo que pasó en Campeche-, nuestra esperanza no se vio frustrada por las viejas prácticas electorales.

Cuánto más por venir. Ahora hay más responsabilidad, y ahora debemos ser consecuentes y compartir esa responsabilidad para caminar en esta transición social.

¿Renacerá otro Zedillo? ¿Renacerá otro conductor de país? Supongo que no hay de otra. Las gesticulaciones camarales, esperamos que den paso a la sensatez, a la civilidad entre muchos servicios públicos, y a razonar la aprobación o no en las cámaras lo que beneficie al pueblo y no a los partidos, mucho menos a los intereses de grupos minoritarios.

Dejar de imitar modelos económicos inadecuados a nuestro proceso y alentar los valores de una práctica moral que devuelva la credibilidad entre nosotros para quienes nos gobiernan, servidores, que por elección popular ocupan cargos públicos para analizar y resolver problemas que atañen a todos los que habitamos esta República.

El Gobierno de la República debe replantear su proyecto económico, debe de replantear sus acciones para su ejercicio administrativo, no solo el del poder -el de recuperar el poder, que ahora preocupa al partido oficial-, sino el de proyecto de país, el que se debe dirigir al bienestar de los connacionales. A los programas de la organización de la producción agrícola, la protección de los bosques, la cierra y el agua; a la educación y la cultura pensada más para México, que supeditarla a ideologías mercantiles de ese tratado que se conoce como TLC; a lo que se engloba como pequeña y mediana industria; en particular racionar la extracción del petróleo pensando más en la economía interna y en las generaciones que vienen detrás de nosotros.

Una política, si no es mucho pedir, donde cesen los hostigamientos a los que reclaman sus derechos, donde todos podamos trabajar sin exclusiones únicamente por tener diferencias ideológicas.

* Antropólogo Álvaro Brizuela Absalón, investigador del Museo de Antropología de la Universidad Veracruzana, ha dedicado buena parte de su tiempo al estudio del origen y desarrollo de la antropología en Veracruz, al mismo tiempo ha penetrado en el análisis de los grupos étnicos del Estado.


SEGMENTOS:

Marginalismo, sociedad plural y política

Pablo González Casanova

El marginalismo social y cultural tiene relaciones obvias con el marginalismo político; influye y es influido por el marginalismo político. Para entender la estructura política de México es necesario comprender que muchos habitantes son marginales a la política, no tienen política, son objetivos políticos, por parte de la política de los que si la tienen. No son sujetos políticos ni en la información, ni en la conciencia, ni en la organización, ni en la acción.

Vamos a tomar dos indicadores de este problema: la información y la votación, dejando para más tarde el análisis de! marginalismo respecto de la afiliación en partidos y sindicatos.

1. Las tres principales ciudades de México, que en 1964 tienen aproximadamente el 19% de la población, poseen el 57% del tiraje de periódicos; a la ciudad de México, que tiene el 15% de la población, le corresponde el 48% del tiraje; o para decirlo en otra forma de 4,200,000 ejemplares que tiran los periódicos en el país 2,400,000 corresponden a la ciudad de México, a Guadalajara y a Monterrey. Nada más en la ciudad de México se tiran 2 millones de ejemplares. Al respecto del país, con el 81% de la población, corresponde el 43% del tiraje (Cuadro XXXIV). Y si bien es cierto que los grandes periódicos de la capital circulan en el interior de la República, su circulación en provincia es, por término medio, una cuarta parte del tiraje total, que es la más alta proporción de periódicos de mayor circulación en el interior: Excélsior y Ultimas Noticias, Novedades, El Universal, La Prensa, El Sol (edición matutina y vespertina) y El Heraldo (Cuadro XXXV).

Como es natural la circulación se limita fundamentalmente a la población urbana, con lo que el 50% de la población, o más, carece de ta información periodística que es básica para estar enterado, para tener el tipo de información -nacional e internacional- que es característica de la política del siglo XX. Y aunque algunos piensen, como Lerdo de Tejada, que entre la prensa que tenemos y el pueblo lo mejor es el desierto, la verdad es que el aislamiento, la falta de comunicación y la ausencia de los males de una modera enajenación, sólo dan pábulo a un tipo de enajenación y de ignorancia política propio de la sociedad cerrada, tradicional, o aldeana, e incluso arcaica, y plantean el problema de la lucha por e| conocimiento político a un nivel mucho mas bajo y rudimentario.

El problema del marginalismo en la información periodística es todavía más serio de lo que puede deducirse por las cifras anteriores. Si considerarnos que cada periódico va por lo menos a una familia -como es costumbre calcular en los medios periodísticos- vemos que de los 8 millones de familias que hay en México en 1964, sólo 4.2 millones tienen periódicos mientras que 3.8 millones no lo tienen; o sea, el 52.5% si tienen y el 47.5 no tienen periódico. Naturalmente estas proporciones varían de una entidad a otra porque mientras en el Distrito Federal -altamente urbanizado- hay un promedio de 5 periódicos por cada tres familias, en Campeche, Hidalgo, Oaxaca y Zacatecas, por ejemplo, más del 90% de las familias no tienen periódico (Cuadro XXXVI) y (XXXVII).

2. La abstención de votar es un fenómeno universal y característico de todo régimen democrático. Siempre se da el caso de ciudadanos que no votan, por desinterés, por enfermedad, o como una forma de protesta. La proporción de la población que vota respecto de la población nacional es sin embargo inferior en México a la proporción de votantes de otros países más avanzados. En 1917 vota en México el 5% de la población, mientras en Estadas Unidos de Norteamérica, en las elecciones presidenciales que se celebran un año antes vota el 18%; en 1920, respectivamente en México y los Estados Unidos, votan el 8 y el 25%; en 1924 y 1928 en México vota el 11% y en Estados Unidos en esos mismos años el 25 y el 31% en 1929, 34 y 40 vota en México el 13% y en Estados Unidos (elecciones de 1932, 1936 y 1940) vota respectivamente el 32, 36 y 38%; en 1946, 52 y 58 vota en México el 10, 13 y 23% respectivamente y en Estados Unidos (en 1948, 52 y 56), el 33, 40 y 37%. En las elecciones presidenciales ocurridas en México en 1958 la proporción de votos se eleva considerablemente en virtud de que es acordado el derecho de voto a la mujer (Cuadro XXXVIII).

Los datos anteriores dan una idea muy burda del marginalismo en la votación. Un cálculo más cercano a la realidad y que permite eliminar la desviación que provocan los grupos de menores de edad es aquel que toma como punto de referencia a la población de 20 o más años. De acuerdo con la Constitución, desde el punto de vista de la edad, se tiene derecho a votar cuando se han cumplido 18 años y se es casado, o 21 años independientemente del estado civil. Tomando como base de comprobación la población masculina de 20 o más años -que es la que registran los censos- se aproxima uno con bastante exactitud a la población que teniendo derecho a votar no vota, que es marginal al acto definitivo de la lucha democrática. Con esta base -y las limitaciones que supone- advertimos que el marginalismo ha ido disminuyendo a lo largo del periodo revolucionario: en las elecciones de 1917 aproximadamente el 75% de los ciudadanos se quedan sin votar, en las del 1920 el 65%, en las de 1924 el 56%, en las de 1928 el 57%, en las de 1929 el 47%, en las de 1933 el 44%, en las de 1940 el 42%, en las de 46 el 58%, en las de 52 el 42%. En las elecciones de 1958 y 1964 el punto de referencia debe cambiar por el ingreso de la mujer a la ciudadanía. Así, si se toma como base de comparación el total de hombres y mujeres, pensando que el no haber tenido derecho a votar las mujeres no era en realidad sino la consagración legal del marginalismo político de una gran parte de la población -aproximadamente la mitad de la población es de mujeres-, nos encontramos como es natural con que los puntos de partida fueron mucho más bajos. En efecto, con este punto de vista el marginalismo político comprende el 88% (1917), el 83% (1920), el 79% (1924), el 80% (1928), el 75% (1929), el 74% (1934), el 72% (1949), el 79% (1946), el 72% 1952, el 51% (1958), el 46% (1964), (Cuadro XXXIX).

Pero si se es optimista, al ver que mientras en 1917 de cada 10 ciudadanos no votaban 7, y que en 1964 ya sólo dejaban de votar 5, y si el optimismo aumenta cuando se piensa que no teniendo voto las mujeres sino hasta 1958, de los ciudadanos potenciales -hombres y mujeres- sólo votaba uno de cada diez en 1917 mientras que en 1964 votaron 5 de cada 10, si estos datos son optimistas, hay otros elementos que reducen el optimismo, y que cualquier espíritu crítico aducirá de inmediato, como los que se refieren al respeto del voto, a la información y conciencia política con que se vota, etc. Sin considerar estos elementos, los números absolutos de la votación nos revelan que si bien la proporción de marginales tiene una obvia tendencia a disminuir -tendencia que se fuerza al acordar el derecho de voto a la mujer-, el total de ciudadanos que no votan se mantiene aproximadamente en dos millones desde las elecciones de 1917, para subir respectivamente a 3 y dos millones y medio en las elecciones de 1946 y 1952, pero considerando no sólo la población masculina sino la total, esto es, hombres y mujeres de 20 años o más que no votan, el número de marginales aumenta de 6 millones en 1917 a 9 millones en 1946 y 1952 para descender, con el voto de la mujer, a poco más de siete y medio millones en 1958 y ocho millones en la últimas elecciones presidenciales de 1964.

Por su parte la clase gobernante no puede ocultarse que la democratización es la base y el requisito indispensable del desarrollo, que las posibilidades de la democracia han aumentado en la medida en que ha aumentado el ingreso per cápita, la urbanización, la alfabetización; que subsisten obstáculos serios y de primera importancia como la sociedad plural y que el objetivo número uno debe ser la integración nacional; que la condición profascista de las regiones que han perdido status amerita planes especiales de desarrollo para esas regiones; que las regiones con cultura tradicionalista, con población marginal considerable, sin derechos políticos, sin libertad política, sin organizaciones políticas funcionales, son los veneros de la violencia, y exigen para que ésta no surja esfuerzos especiales para la democratización y la representación -política- de los marginales y los indígenas y tareas legislativas, políticas y económicas que aseguren el ingreso de esa población a la vida cívica, la admisión e integración de los estratos marginales a una "ciudadanía económica y política plena"; que es necesario acentuar la unidad de nuestra cultura política secular y mantener el principio constitucional de que los alineamientos políticos no deben estar ligados a los religiosos; que es necesario redistribuir el ingreso y mantener y organizar a la vez las presiones populares y la disciplina nacional, que es necesario a la vez democratizar y mantener el partido predominante, e intensificar el juego democrático de los demás partidos, lo cual obliga a la democratización interna del partido como meta prioritaria, y a respetar y estimular a los partidos de oposición revisando de inmediato la ley electoral; que la democratización del partido debe estar ligada a la democratización sindical y a la reforma de muchas de las leyes e instituciones laborales, entre otras tareas; que un desarrollo económico constante es el seguro mínimo de la paz pública, y que para lograr estas metas la personalidad del presidente, el carácter técnico del plan, y la democratización del partido son requisitos ineludibles, en un país en que el presidente tiene una extraordinaria concentración del poder, en un momento en que ya no se puede ni desconfiar de los planes técnicos ni hacer demagogia con ellos, y en una etapa en que se necesita canalizar la presión popular, unificando el país, para la continuidad y aceleración de su desarrolla y, dejar que hablen y se organicen las voces disidentes para el juego democrático y la solución pacífica de los conflictos.

Con las nuevas metas que representan un evidente avance al consagrarse el derecho de voto de la mujer, y tomando como referencia el total de ciudadanos hombres y mujeres, los no votantes son más de siete millones y medio y la marginalidad absoluta sólo baja con respecto a las elecciones de 1946 y 52 en que los no votantes hombres y mujeres habían alcanzado nueve millones y nueve millones cuatrocientos mil respectivamente. Y es aquí, como en la marginalidad social y cultural, el desarrollo de México y de sus instituciones, no obstante la magnitud y velocidad que alcanza, y que logra disminuir en números relativos la marginalidad política, no ha podido superar la explotación demográfica de la población socialmente marginal, con lo que hoy tenemos -paradójicamente y a pesar del progreso relativo- más ciudadanos sin voto, y en la medida en que el voto sea representativo de la política más ciudadanos sin política.

La interpretación demagógica -apologética o crítica- que se puede hacer, según se tomen unos u otros datos, es evidente. Pero si se analiza con cuidado su significación se advierte que son compatibles estas dos afirmaciones:

1. El país se ha desarrollado cultural y políticamente, se ha integrado como nación y su cultura social y política se ha vuelto relativamente más homogénea de lo que fue en el pasado. La proporción y la cantidad de ciudadanos que votan pasa del 12% en 1917 al 54% en 1964, de 812,900 en 1917 a 9,400,000 en 1964; pero

2. La población nacional ha crecido con tanta velocidad que hoy el número absoluto de marginales -sociales, culturales y políticos- es mayor que en el pasado.

La verdad es que es posible colocarse en la perspectiva que se quiera, pero si la primera nos indica que hemos resuelto problemas, la segunda nos indica la magnitud de los problemas que debemos resolver entre los que se encuentran: el hecho de que casi cuatro millones de familias no tienen la información política del México moderno; de que más del 50% del total viven al margen de la información político nacional directa, y posee sólo una información local o verbal, coincidente en gran medida con la falta de una conciencia nacional, actualizada, al día, operante: el hecho de que en las últimas elecciones presidenciales no votaron aproximadamente 8 millones de ciudadanos que deberían haber votado, cantidad que aumentó considerablemente en las elecciones de diputados y en las de otros puestos representativos, y que deja al margen del sufragio a una parte considerable de la ciudadanía: al 50% aproximadamente. Estos hechos son indudables. No se prestan a la menor interpretación demagógica. Nos indican la existencia de una estructura social, en que es marginal a la política democrática por lo menos el 50% de la población.

Los datos y proporciones anteriores pueden ser sometidos a una crítica más rigurosa. Los indicadores que hemos tomado son el número de periódicos que deberían informar y de votos, que tras sí deberían representar el sufragio efectivo; las estadísticas que hemos manejado son las que proporcionan los propios organismos, periódicos y archivos oficiales. ¿Qué hay de cierto en todo ello? ¿Cuántas verdades ocultan sobre información serena y racional, sobre la ausencia de una discusión cívica en que se escucharan los más distintos y opuestos criterios de la ciudadanía, de sus líderes e intelectuales, para que el ciudadano los analice, los critique y pondere? No es necesario sin embargo llegar a estos terrenos para darse cuenta que en México, estructuralmente, una gran parte del pueblo está al margen del ingreso, de la cultura, de la información, del poder. Con las estadísticas proporcionadas por los propias periódicos, con los propios datos oficiales, se percibe la existencia de un marginalismo político que afecta al conjunto de la sociedad nacional. El hecho requiere una actitud especial, una cuidadosa reflexión, y nuestra preocupación no debe consistir en buscar al culpable -gobierno o prensa- sino simplemente en reconocer y descubrir la estructura en que vivimos, en desenvolverla, en esclarecerla ante la conciencia nacional como la realidad en que opera y operará cualquier proyecto de vida democrática y como un limite, como una barrara resistente a los medios de participación democrática, límite con el que es necesario contar y que es necesario rebasar si queremos que aumente la vida democrática del país. No se puede olvidar que existe un México social y políticamente marginal al hablar en serio de democracia, o de estabilidad política o de progreso nacional o de desarrollo económico.

Tomado del libro La democracia en México. México, Editorial Era (Serie popular 4). 1971.