Saltó México del texto académico a la vivencia. Jaime Ríos Otero

Saltó México del texto académico a la vivencia

Por Jaime Ríos Otero (*)

La emoción hasta las lágrimas de Raquel Torres, me sensibilizó sobre el suceso. México seguía conmocionado. Por primera vez se realizaban elecciones limpias e inobjetables. Se respiraba frescura, se sentía alivio, contento, reconciliación con la República.

Visitante repentino y tardío a la empresaria de las Churrerías, cenaba esa noche después de dilatar más de un mes con promesas. Acumulados los compromisos por el nuevo periódico, el mensaje transmitido a través de Mundito Parra, me decidió a dejar la Redacción para disfrutar el inigualable festejo que es departir con ella.

-Lo merecíamos, nos lo habían regateado, espetó recriminosa.

En efecto, coincidí, se lo habían robado desde hace muchos años.

Cuauhtémoc fue el primero. En la misma proporción gigantesca en que encarnó la esperanza del nuevo México, fue convertido en el enemigo publico número uno del orden, detractor de las instituciones, amenaza para la Patria misma. Era un criminal secundado por hordas macilentas de desadaptados, a los que había que exterminar. Quien siquiera se expresara bien de él carecía de destino en el entramado político-social del país.

Son para mí inolvidables aquellas escenas de las marchas de 1988 en torno del palacio estatal. Desde la parte alta del parque Juárez, observé sorprendido a "todo mundo" participando. Arturo Benjamín Pérez y Fito Soler caminaban en el tropel entusiasta de esos pioneros.

"Nosotros" no podíamos.

La pretensión de que éramos imparciales era nuestro único ariete para tranquilizar el ímpetu interior.

Las charlas y el intercambio con la gente nos revelaba el pulso del México que pretendía alumbrarse. Había entusiasmo por Cárdenas. Gente del mismo comité estatal del PRI, sus esposas e hijos, sus familiares y amigos, darían muchos votos implícitos al General. Don Lázaro y su petróleo eran determinantes en el subconsciente social.

Desde entonces, hace casi 10 años, ya era demasiado tiempo para la dictadura perfecta de Vargas Llosa. El Ejército reveló brutalmente que aún no era tiempo. A cartucho cortado de las metralletas, los diputados fueron impedidos de abrir los paquetes electorales en los sótanos del Palacio Legislativo de San Lázaro. Miguel de la Madrid, Manuel Bartlett, Diego Fernández de Cevallos, Miguel Montes, igualados en sus intereses priístas, atajaron a la democracia.

En realidad, sólo la conocíamos en los textos y en los testimonios de otros países, pero nunca la habíamos vivido.

Como nació, legitimado por el ansia popular, el Frente Cardenista declinó demasiado pronto su estrella. Hizo eclosión el Partido de la Revolución Democrática, que finalmente conjugó a muchos de los mejores cerebros y talentos del país.

Usurpador, igual que Victoriano Huerta, Carlos Salinas de Gortari pudo legitimarse en el ejercicio del poder. Brillante y audaz, no quiso modificar su propio concepto del país que ya se había planteado. ¿Acaso tenía él, a quien el velo de la sospecha persiguió como a nadie, algún compromiso con el pueblo? ¿Le debía él algo a las masas? Cumplió los compromisos consigo mismo y pretendió la benignidad de la Historia. El repudio y el exilio no son aún remedio redentor.

La situación tremenda de la economía, los asesinatos políticos que pendían como amenaza de nuevos e incontrolables desórdenes, la aparición de desterrados ejércitos de pobres en las montañas, y, creo con sinceridad, que una buena voluntad personal del Presidente Ernesto Zedillo, hicieron conjugar todo para el cambio. Las presiones sociales no admitían nuevas y dolosas dilaciones.

Intelectuales fueron puestos al frente de noveles órganos electorales representativos de la ciudadanía. Educados en las teorías finas de la democracia, no se les cooptó y pudieron trabajar bien. El ejemplo federal cundió hacia los estamentos de las Entidades, y los gobernadores no quisieron desentonar con la pauta presidencial de impulso a la limpieza. ¿Estaría su fuero interno convencido de darle el poder al pueblo?

Las campañas para diputados y senadores han significado poco en el interés popular. Paradójicamente, las últimas habrán de significar el antes y el después para México.

Iniciadas las campañas, un vigoroso empuje opositor se hizo presente en el ambiente. La radio, la televisión y los periódicos concedieron mayores espacios. Se estilaron los debates, las ruedas semanales de prensa, el acercamiento y contacto directo, vía medios, con el público. Spots televisivos atractivos, sugerentes, divertidos, indicaban la presencia de la mercadotecnia en los partidos.

Veracruz aplicó puntualmente tradicionales esquemas de conquista de votantes. Amalgamados PRI y gobierno, los programas proselitistas a favor de aquél. La inercia, sin embargo, era avalancha. Pero no suficiente. Los distritos siguieron vistiendo la camiseta tricolor. Hasta ahora no se ha desmentido que el estado jarocho prosiga siendo la reserva electoral del PRI.

Guillermo, Domingo Alberto y César, tres formaciones, tres estilos de vivir la pasión política, tres líderes de los partidos mayoritarios. Extraordinariamente cauteloso y astuto el maestro, conocido y reconocido en todos los rincones del Estado, defensor a ultranza de su partido y censor de los otros, soportó con estoicismo todos los vendavales, y aun se dio tiempo de lanzar desafíos.

Con una formación diversa de aquellos antiguos formatos de anarquía y golpeteo, Domingo Alberto adelgazó y sorprendió por la mesura de su discurso. Inteligente y preparado, con tablas en el uso del lenguaje, de pronto se le vio como convocante a la civilidad y al respeto entre contendientes. Aplacó la desconfianza en los desordenes del perredismo.

Don César se replegó para permitir el lucimiento de sus candidatos. Ninguna presencia personal hizo en Xalapa, donde el joven Alejandro Cossío fue protagonista pasionario de la campaña.

Cada uno sintió saldo a favor. Y así fue.

Pero hay que repetir uno, tres y mil veces, lo que ya se ha dicho en todos los tonos: el ganador fue México. Eso nunca perderá vigencia.

No huelga insistirle a la ciudadanía que repita la dosis. Que acuda a las urnas, que elija libremente a las autoridades edilicias. Respeto, tolerancia y civilidad deben prevalecer en las organizaciones políticas, hoy más que nunca porque las designaciones para los ayuntamientos desatan las más enrojecidas pasiones. Que no se llegue al extremo de la violencia, pero sí que el fervor cívico alcance su corolario y más acabada expresión en la asistencia multitudinaria a las urnas.

Y ojalá que ninguna autoridad se eche encima el estigma vergonzante de tolerar y menos propiciar las sucias tácticas, fácilmente usuales, de los días de votaciones. Ahora, la Historia sí tendrá operarios que se lo cobrarán.

Ya tendremos tiempo de platicar Raquel y yo sobre los resultados de las municipales.

Quizá cuando vayamos a la apiterapia de Mendoza Cid, y luego a nadar, tal como se lo tengo prometido.

* Jaime Ríos Otero. Ha sido reportero y jefe de Redacción del Diario de Xalapa. Actualmente es director del periódico El Águila.


SEGMENTOS:

¿Cómo habla el poder legislativo en México? (*)

Teresa Carbó

Las democracias burguesas suelen exhibir al Parlamento, su concepción y su quehacer cotidiano como una prueba manifiesta de los contenidos liberarles e igualitarios que caracterizarían a dichos regímenes. El Parlamento se presenta, pues, como el espacio por excelencia de la representación popular, libre y soberana, constituida en poder del Estado, y dentro de ese espacio, los partidos políticos, en tanto voceros electos de las mayorías y de las minorías, encarnarían ese funcionamiento democrático y libre por medio de sus representantes y bloques.

Como lugar de hablar, el Parlamento reviste también características muy especiales. Se supone que está presidido por la libertad de expresión más irrestricta, y en ese sentido operan los fueros y la inmunidad de los legisladores con respecto a las expresiones vertidas en el ejercicio de sus funciones específicas. El debate parlamentario seria el encuentro convenido de adversarios leales a iguales, que se reúnen convocados por la palabra, y que se dedican a trabajar con ella dentro de ciertas tareas verbales que se consideran propias de la labor parlamentaria: el análisis, la reflexión, la crítica, el debate, la polémica y la resolución racional de los enfrentamientos por medio de la propuesta de las mejores y más justas soluciones. Todo ello en pos del beneficio colectivo como supremo objetivo y justificación. (1)

La hipótesis de este trabajo es que, para un caso político concreto (México), que se tal vez aplicable a otros en donde se cuente con una mayoría parlamentaria suficiente, la palabra parlamentaria es una palabra severamente amordazada. Sostendré que se trata de una palabra que se produce en una situación de habla en la que las restricciones que pesan sobre las minorías, y en general sobre el cuerpo parlamentario, son casi imposibles de superar sí no es precisamente por la vía de la violación de las normas estipuladas para la producción de dicha palabra. (2)

Dentro del Parlamento como espacio prototípico de las democracias, el reglamento está supuestamente concebido, y es invocado con frecuencia, como el necesario ordenamiento de las libertades, como el conjunto de normas que garantiza la igualdad de los participantes y la equidad en su acceso al uso de la palabra, dentro de un contexto en el que el tiempo disponible es siempre escaso con relación a la demanda de la que es objeto. En ese sentido, se supone también que el reglamento tiende a asegurar condiciones para la producción de decisiones sabias, en tanto tomadas por medio de un procedimiento jurídicamente correcto y políticamente correcto y políticamente igualitario.

Mi experiencia de trabajo con materiales parlamentarios mexicanos, así como el análisis global de su Reglamentos de Sesiones que a continuación presentaré, muestran más bien que dicho reglamento, interpretado y usado de un cierto modo por parte de las autoridades de sesión, sumado a un cierta colaboración y disciplina por parte de la mayoría parlamentaria, pueden llegar a constituir una maquinaria de funcionamiento casi perfecto, en virtud de la cual la oposición resulte sistemáticamente silenciada, y las criticas convertidas en componentes oportunos de un juego sólo ritual.

  1. Decía un diputado mexicano en 1964: "He de comenzar, señores diputados, por felicitarme de los términos en los que se viene desarrollando este debate, de la clara, de la evidente preocupación demostrada por quienes han intervenido en él hasta estos momentos, de buscar una solución acertada al que puede calificarse quizás como el problema número uno que confronta la nación mexicana: el problema de la educación nacional. Y creo que dentro de este cuadro es indispensable precisar del modo más exacto posible el pensamiento de quienes nos hemos inscrito en contra de esta proposición concreta" (Diario de los Debates, Cámara de Diputados, 27 de octubre de 1964, p. 31).
  2. En este trabajo no analizaré por razones de espacio, los materiales de archivo que prueban de manera empírica esta última afirmación (para ello, véase Carbó, 1984), solamente presentaré las condiciones generales y formales de esa aseveración, por medio de un análisis indicativo de algunos aspectos del Reglamento de Sesiones. Dicho reglamento fue promulgado en el año de 1934. Existe otra ley, mucho más reciente, para normar la instalación y funcionamiento del Congreso. Se trata de la ley Orgánica del Congreso General de los Estado Unidos Mexicanos, promulgada en 1979. Sin embargo, su carácter es otro: se destina básicamente a normar de nueva cuenta los procedimientos de constitución pluripartidista de la Cámara de Diputados, como resultado de la forma política que se lleva a cabo en el sistema político y electoral mexicano a partir del año de 1977. El Reglamento de Sesiones de 1934, por su parte, sigue vigente, y a él se refiere la Ley Orgánica de 1979 para todos los asuntos relacionados con la organización y desarrollo de las sesiones y de los debates, que es lo que aquí analizaremos.

* Este trabajo es una nueva versión de la ponencia presentada en el Coloquio Orwell y la cuestión del lenguaje, organizado por la revista Langage et Societé y el Grupo de Trabajo sobre Análisis de Discurso (ISA), Maison des Sciences de l'Homme, París, noviembre de 1984.

Tomado de la Revista Mexicana de Sociología. México, Instituto de Investigaciones Sociales/UNAM. Año XLIX/Vol. XLIX/Núm.2. Abril-Junio de 1987.