Conciencia y bestialización. Jaime Fisher

Ética y política: conciencia y bestialización

Por Jaime Fisher

La irremediable separación entre ética y política exige explicar el surgimiento y necesidad de ambas en fuentes separadas o, por lo menos, ubicar racionalmente la(s) causa(s) de tal separación. La dificultad lógica estriba en que ambas se refieren -y sólo pueden referirse- a la misma fuente: la libertad del ser humano, del hombre indivisible y único, del sujeto de la historia y, por tanto, del protagonista de la ética y la política.

Ante toda dificultad lógica la mente humana suele responder produciendo símbolos y mitos, y ante esta dificultad central el hombre responde a través de la Religión, el Derecho y la Democracia, elementos simbólicos, es decir culturales, que tendrían la función de dar sentido al sin sentido de la separación entre ética y política, que es el problema del ejercicio de la libertad.

La religión judeocristiana, explica el libre albedrío en la conciencia, misma que es producida (explicada) por el espíritu insuflado por dios. Consecuentemente el ejercicio del libre albedrío será sancionado por la divinidad, y la ética en esta perspectiva deviene en la moral cristiana, en el amor al prójimo obligado por aquélla sancionabilidad expresa. De ahí que, equívocamente y siguiendo tal enfoque, algunos cursos de "ética" incluso en la actualidad tengan por contenido el adoctrinamiento religioso.

Pero si el hombre es libre por ser consciente indudablemente cabe, por lo menos, otra explicación del origen de la conciencia. Así, una perspectiva laica, darwinista para más detalles, ubica el origen de ésta en un largo proceso de evolución de la vida en el planeta que cerebraliza de forma particular a un familiar de los homínidos: el homo sapiens. En virtud de que la conciencia no tiene una finalidad biológica específica desde el punto de vista de las necesidades de la evolución {la adaptación al medio y la supervivencia), tal fenómeno termina lógicamente por ser el sello distintivo entre hombres y bestias. De hecho el hombre se desbestializa en virtud de la conciencia en él producida.

Entonces la libertad basada en la conciencia fruto de la evolución no puede verse sancionada por ningún ser o poder terrenal o celestial, y la libertad desde la perspectiva ética laica es absoluta por ser consciente, es decir, responsable. Esta responsabilidad presupone al otro, o más exactamente, a los otros individuos. El hombre tiene una libertad esencialmente individual, pero como se hace hombre sólo en sociedad, su libertad en tanto valor irreductible debe ser también colectiva. Reconocer su libertad es reconocerse en la libertad de los demás. Su libertad implica una relación de respeto a la otredad igualmente libre, y como se es hombre sólo en sociedad sólo en la medida en que existe el otro y los otros existo yo. Esto implica la tolerancia y, desde luego, la responsabilidad, donde responder implica recurrir a la razón y ésta es posible sólo por la conciencia.

La ética como ejercicio de la libertad consciente implica entonces un respeto al otro, respeto que es exigible sólo por virtud de la conciencia, ese raro e inexplicable fenómeno en el que sin finalidad alguna -como la rosa- ha desembocado la evolución. El comportamiento ético, perseverar en su ser libre, no es sancionable sino por el propio individuo que se asume conscientemente como parte de una colectividad.

La desbestialización (humanización) evolutiva implícita en la cadena lógica consciencia-razón-libertad constitutiva de la ética es potenciada por la vida en sociedad, en la polis, es decir, por la política; al menos así debería ser. La política tendría en lo colectivo la misma finalidad que la ética en lo individual: permanecer en libertad como principio axiológico del hombre.

Pero en el terreno de la historia el tránsito de la conciencia, libertad y responsabilidad individual a la conciencia, libertad y responsabilidad social no es terso ni ayuno de complicaciones. Más aún, tal tránsito ha sido imposible, y de ahí la irremediable separación de ambas.

Aunque esto describe el problema (al menos eso creo) no da respuesta al porqué de tal separación ni a la imposibilidad de transitar desde la ética a la política. Quiero suponer que la conciencia, aunque es común a todos los seres humanos, no se desarrolla de la misma manera en todos ellos, y de ahí que, siguiendo a Orwell, algunos sean más iguales que otros. Por ello Aristóteles, al analizar el bien y el mal, afirmaba que es imposible conocer el bien y no practicarlo. Si esto es cierto, entonces quien no tiene un comportamiento responsable y respetuoso es porque ignora el bien tanto individual como colectivo.

Como la ignorancia es un acompañante inseparable del hombre, se hace necesario, para perseguir y alcanzar el bien común, obligar a los hombres -ignorantes del bien- a mantener un comportamiento responsable. Surge así la institución política más acabada: el Estado. Pero este instrumento atenta directamente contra la libertad del individuo toda vez que su finalidad es obligarlo a ser bueno con el fin de lograr el bien común. De esta manera, la libertad del individuo surgida de la conciencia y del conocimiento del bien, propio de la ética, se ve enfrentada fatalmente ante el ejercicio del poder del Estado, propio de la política. La libertad ética individual se enfrenta al poder político colectivo. El libre albedrío ético enfrenta a la obligación política. Esta contradicción que termina por separar la ética y política constituye quizá el principio trágico fundamental de la vida humana: la vida buena individual es necesariamente el ejercicio de la libertad, pero esa vida individual, buena por ser libre, no es posible sin considerar el entorno político pues el hombre es animal social. De ahí que la política a nivel colectivo tenga idealmente el mismo objetivo que la ética a nivel individual: la política, es decir la libertad social consciente y responsable, debería posibilitar a la ética, a la libertad individual consciente y responsable; pero no sólo no lo hace, sino que lo impide: he ahí la naturaleza trágica en la vida del hombre, y he ahí el irremediable divorcio entre Ética y política. No es coincidencia que los griegos hayan inventado la tragedia y la democracia que, en este orden de ideas, resultan ser dos construcciones simbólicas generadoras de sentido para el sin sentido.

Pero además la política no puede ser "corregida" desde la ética pues si todos los individuos fuesen conscientes, libres y responsables, la política sería innecesaria. Si todos los hombres fuesen conscientes y responsables las virtudes individuales se verían reflejadas en el bien común, en la virtud de la polis. Como esto no es así, la política existe precisamente como la forma en que la sociedad, tan precaria como inútilmente, intenta obligar a los individuos a ser responsables. Pero aún si tal intento tuviera finalmente éxito, tal comportamiento responsable estaría determinado más por el temor que por la libertad y, por tanto, no sería el resultado de la conciencia humana libremente ejercida, es decir, no sería un comportamiento ético.

Esto implica que el amor propio individualista -fruto directo de la conciencia, y no el temor a dios ni a la sanción jurídica, frutos de la cultura- es lo que sustenta el amor al (la responsabilidad ante el) prójimo, es decir, la opción ética de la libertad. Es la alegría terrenal spinoziana, lúdica y lúcida, y no el pedestre temor jurídico-político ni el celestial judeocristiano, el elemento que constituye el impulso vital consciente del comportamiento ético. En este sentido una vida buena no podría ser sino una vida bella y, por tanto, la ética implicaría la estética.

Pero esto es lo que dicen los filósofos y, como todo el mundo sabe, la filosofía no sirve para nada. Hablemos entonces del ejercicio del poder, que aunque no sirve para hacer todo lo que el poderoso quiere sí sirve, al menos, para impedir que el dominado haga todo lo que quiera.

Se ha sabido siempre, aunque se teoriza desde el renacimiento, que el ejercicio del poder no tiene contacto con los valores éticos. Por ello, intentando lo imposible, es decir, tratando de justificar la existencia del poder desde la necesidad de la libertad, y siguiendo un largo, sinuoso y no siempre claro camino que va de Solón a Hegel pasando por los romanos, Rousseau y Montesquieu, el hombre inventa el Derecho, esa patética deontología para permitir y obligar a los individuos a un comportamiento "ético" en la polis, es decir, a un ejercicio "ético" de la política.

Aún puestos en el restringido mundo del Derecho, la experiencia histórica niega por lo general, particularmente en países como éste, que se cumpla con los preceptos establecidos por la simple y limitada norma jurídica. Estamos hablando ya no sólo de una imposibilidad ética, sino de una limitación infranqueable incluso para el simple cumplimiento de la Ley.

Conforme la sociedad se masifica y complejiza su conducción, la razón de estado crece respecto al estado de Derecho, de tal manera que ya no sólo es imposible esperar un comportamiento ético de los gobernantes, sino que ni siquiera se puede razonablemente esperar su responsabilidad a.nte el propio marco jurídico establecido. No sólo no se cumple con el imperativo categórico kantiano sino que se desecha incluso el apego al Derecho hegeliano. En este sentido la no sancionabilidad, la libertad filosófica básica característica del comportamiento ético por ser éste libre, individual y consciente, se transforma en la pedestre impunidad ante la norma jurídica, en la carencia absoluta de conciencia y respeto frente al otro, en la cosificación del dominado, es decir, en su incorporación como instrumento de las decisiones del poder político. La sociedad contemporánea no sólo es incapaz de generar las condiciones básicas para una vida buena y bella, sino que es creciente mente antilibertaria y anticivilizatoria, es decir, bestializadora. La irresponsabilidad ética del gobernante como individuo va seguida de su impunidad jurídica como ciudadano.

¿Cómo remediar esto? El hombre, fatalmente consciente y terco en su naturaleza fabuladora, refuncionaliza la democracia, ese viejo trasto inventado por los griegos quienes, a imagen y semejanza de Ulises fecundo en ardides, eran duchos y prolíficos en eso de parir mitos.

Partiendo del ideal de libertad que las instituciones democráticas occidentales pretenden tener como valor universal, es evidente, o por lo menos claro, que sólo puede ser libre sometido a la Ley aquel individuo que participa en la discusión, elaboración y vigilancia en la aplicación de dicha Ley. Esto haría necesario que todos los ciudadanos fuesen a la vez legisladores; entonces, en la sociedad de masas, la democracia efectiva y la libertad sometida al Derecho dependen centralmente de lo que Castoriadis llama paideia democrática, es decir, del habilitamiento y habituamiento de todos los individuos y ciudadanos a los usos participativos idealmente característicos de la tal democracia; porque sin conductas democráticas al nivel de los individuos no puede haber democracia ni libertad ni justicia en el nivel de las instituciones y, desde luego, viceversa.

Para que las instituciones democráticas funcionen deben ser operadas por individuos democráticos, educados y habituados en el respeto a las normas establecidas por la comunidad de ciudadanos libres e iguales, legisladores autónomos y participativos. Pero incluso esto es imposible puesto que para que los hombres fuesen distintos sería necesario, ya que el hombre es un animal gregario, que la sociedad fuese distinta. Tal efecto autodemocratizador es un absurdo pues carece de punto de apoyo.

La pregunta nodal se orientaría entonces a establecer las coordenadas de tal punto. ¿Cuál es y dónde está el factor desencadenante o catalizador de la democratización que posibilite un ejercicio jurídicamente responsable de la política y que haga la vida, si no buena y bella, al menos mas civilizada, más racional y, por tanto, menos bestializada? Al parecer tal factor es inexistente pues la naturaleza humana es inseparable de la naturaleza social. Las sociedades no se pueden transformar a sí mismas en la misma medida en que los individuos no lo pueden hacer; al menos no lo pueden hacer premeditadamente y con determinada direccionalidad puesto que no hay nada que permita suponer o esperar que las transformaciones a nivel social e individual se den, no ya en el sentido de la ética, sino ni siquiera de la democracia.

Dado que el origen y naturaleza de tales cambios requeridos no puede ser establecidos con certeza, el hombre se encuentra deviniendo en la historia como sujeto de la fatalidad, misma a la que su conciencia racional le enfrenta. La búsqueda filosófica y política, es decir humana, de tales causas originarias -muy probablemente inexistentes- hace necesario sólo el buen talante, pues es clara la risibilidad del intento, sobre todo si se toma en cuenta que la búsqueda se realiza a partir del cerebro humano tal y como éste evolucionó hacia la producción de conciencia.

Más risible resulta aún el doctoral intento de justificar el ejercicio del poder a partir de las formas presuntamente democráticas que éste adopta. Los teóricos de la democracia y la rozagante fauna de transitólogos pululantes a últimas fechas así lo corroboran: son la inteligencia puesta al ser-vicio del poder y su justificación- legitimación.

Más terrenal y cercano: aunque el poder sea bestial, antilibertario, antiético, antiestético y antihumano no importa demasiado; un Consejo Electoral ciudadanizado por aquí y otro por allá, un congreso plural por ahí y otro por acullá, una universidad autónoma por allá y otra más acá, una reforma democrática por aquí y bla bla bla, contribuyen eficazmente a gobernar haciendo creer; método muy recomendado por el florentino aquél, no casual artífice de la formal separación de ética y política, y fundador del pensamiento político moderno.

¿Tiene sentido tener conciencia? ¿por qué el hombre evolucionó hacia la producción de conciencia si ésta es sólo origen de desazón y desamparo cósmico y no ayuda a la sobrevivencia del individuo y, menos aún, a su adaptabilidad sino más bien al contrario? Porque la inconsciencia permite una mejor adaptación al medio y, por tanto, una mayor posibilidad de sobrevivencia. La prueba de que la inconsciencia bestial e irresponsable es más eficiente está en el notable fracaso que en la búsqueda del bien común ha tenido la política, junto al notorio éxito de los políticos en la obtención de su beneficio individual.


SEGMENTOS:

De las cosas por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados.

Por Nicolás Maquiavelo

1.- Queda ahora por ver cuáles deben ser las formas de comportarse un príncipe con los súbditos y con los amigos. Y, como se que muchos han escrito sobre este tema, no temo, al escribir también yo sobre ello, ser tenido por presuntuoso, ya que partiré, especialmente al tratar esta materia, de lo dicho por ellos. Pero, siendo mi intención escribir una cosa útil para quien la comprende, me ha parecido más conveniente seguir la verdad real de la materia que los desvaríos de la imaginación en lo concerniente a ella. Muchos han imaginado Repúblicas y principados que nunca vieron ni existieron en realidad. Hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que el que deja el estudio de lo que se hace para estudiar lo que se debería hacer aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella: porque un hombre que en todas las cosas quiera nacer profesión de bueno, entre tantos que no lo son, no puede llegar más que al desastre. Por ello es necesario que un príncipe que quiere mantenerse aprenda a poder no ser bueno, y a servirse de ello o no servirse según las circunstancias.

2.- Dejando, pues, a un lado las cosas imaginarias acerca de un príncipe, y hablando de las que son verdades, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y en particular los príncipes por estar colocados a mayor altura, se distinguen con algunas de aquellas cualidades que les acarrean censuras o alabanzas. Y así, el uno es tenido por liberal, el otro por miserable (usando un término toscano, porque en nuestra lengua avaro es también el que desea enriquecerse mediante rapiñas, y llamamos miserable al que se abstiene demasiado de usarlo que posee); uno es considerado dadivoso y otro rapaz; uno cruel y otro compasivo; uno desleal y otro fiel; uno afeminado y pusilánime, y otro feroz y valeroso; uno humano, otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno sincero, otro astuto; uno duro, otro flexible; uno grave, otro ligero; uno religioso, otro incrédulo, etc.

3.- Y yo sé que todos confesarán que sería caso muy loable que en un príncipe se encontraran todas las cualidades mencionadas, las que son tenidas por buenas: pero, como no se puede tenerlas todas, ni observarlas a la perfección, porque la condición humana no lo consciente, es necesario que el príncipe sea tan prudente, que sepa evitar la infamia de los vicios que le harían perder el Estado, y preservarse, si le es posible, de los que no se lo harían perder; pero, si no puede, estará obligado a menos reservar abandonándose a ellos. Sin embargo, no tema incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente puede salvar el Estado; porque, si se pesa bien todo, se encontrará que algunas cosas que parecen virtudes, si las observa, serán su ruina, y que otras que parecen vicios, siguiéndolas, le proporcionarán su seguridad y su bienestar.

Tomado de El Príncipe, (traducción Ángeles Cardona). España, Editorial SARPE. 1983.