Editorial

Ética y política

Desde el asesinato del general Álvaro Obregón, Presidente de la República reelecto en 1928, el sistema político mexicano surgido del movimiento armado de 1910 no había vuelto a ser sacudido por una crisis institucional de similares proporciones hasta ahora en que la descomposición gradual del régimen de partido único se agudizó en 1994, año que marcó no sólo la insurrección indígena de Chiapas y los crímenes políticos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu sino que concluyó también con la enésima crisis devaluatoria, conocida ya como el célebre error de diciembre, que vulneró más aún la endeble economía popular de por sí lastimada por el severo modelo de desarrollo neoliberal implantado desde la década anterior, y acrecentó la irritación que últimamente ha permeado en todos los estratos sociales.

La crisis que vive México es profunda y estructural, de ninguna manera coyuntural.

El agotamiento del sistema político ha demostrado de sobra que no puede dar más de sí frente a una moderna y dinámica sociedad que busca construir una nueva cultura política que a la par del perfeccionamiento de nuestras instituciones y procesos democráticos le garantice acceder también a mayores niveles de bienestar común, cuyo rezago hasta ahora ha sido determinado en buena medida por la corrupción de la que muy escasos gobernantes y burocracias han podido escapar.

Por eso, en este número, nuestra revista ha considerado conveniente debatir acerca de la Ética y la Política, pues, la mayoría de las veces, la preocupación prevaleciente por la transición democrática nos hace perder de vista que la misma política también se encuentra en transición.

A raíz de la antinomia autoritarismo-democracia, la atención se suele centrar en el tránsito democrático y en los obstáculos a dicha transición.

Como la democracia se acostumbra tomar como el punto de llegada, dando por sentado un destino fijo y unívoco, entonces resulta más que conveniente someter a revisión nuestra concepción de la política. Y revisar, por ejemplo, si los agentes privilegiados de una política democrática: los partidos políticos, están a la altura de los momentos de transición que vive y exige el México de nuestros días.

Es hora de analizar los cambios en la manera de hacer y de pensar la política, ya que no deja de ser desconcertante, en efecto, que precisamente en nuestro tiempo, lleno de cambios, parecería no haber otra opción que más de lo mismo.

Pero el desconcierto no es atenuante en política y, por el contrario, debe obligara una reflexión mucho más aguda. En el fondo, necesitamos una redefinición de la política; no en el sentido de una definición taxonómica sino de una comprensión más cabal de la(s) lógica(s) que condicionan la acción política en nuestra democracia.

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