¿Ética política o ética ciudadana? Francisco Montfort Guillén
Instituciones electorales: ¿ética política o ética ciudadana?
Por Francisco Monfort Guillén
Se dice, y es verdad, que la libertad de hablar o de escribir puede sernos arrebatada por un poder exterior pero no la libertad de pensar. I. Kant
El desarrollo de las sociedades consiste en el tránsito permanente hacia planos superiores de acción histórica. Esta implica un mayor y mejor nivel de intervención de las sociedades sobre ellas mismas. En otros términos: el proceso civilizatorio -contradictorio, inconsistente, con caídas y retrocesos- es un movimiento en espiral que tiene como esencia la creación de condiciones para ejercer un autodominio más eficaz y eficiente, que coloca a las sociedades en situaciones de un funcionamiento más complejo.
Un ejemplo claro de este proceso puede constatarse en nuestra sociedad. Después de un largo y doloroso periodo de colonización, sus procesos de independencia, y de constitución como nación, estuvieron comandadas por caudillos y militares. Estos dejaron de ejercer su dominio, gradas a una de las soluciones más singulares y óptimas en la historia política de las naciones. Después de la cruenta Revolución Mexicana de inicios de este siglo, la constitución del sistema político en torno de un partido indiscutido y dominante, conjuró más un siglo de dominio de los guerreros y dio paso a la hegemonía de las instituciones.
Desde 1929, el nuevo plano de acción histórica fue acumulando, y fortaleciendo relaciones de complementariedad / solidaridad / exclusión / contradicción que permitieron la aparición de nuevas cualidades, en cantidad suficiente para promover el tránsito hacia otro plano superior de complejidad o de acción histórica, determinada ésta por la lucha electoral, simiente de un accionar cualitativamente distinto de nuestras instituciones. 1997 puede ser considerado como el año fundamental de esta nueva etapa, aunque su inicio y su consolidación carecen de limites precisos. El inicio, aunque por muchos establecidos en el Movimiento Estudiantil de 1968, tiene otros antecedentes. Respecto a la evolución y consolidación de este nuevo plano de acción histórica, poco puede decirse con certeza.
Lo que si puede afirmarse es que en el momento actual son pocos los fenómenos que se presentan con la nitidez necesaria para ser evaluados y juzgados con objetividad. Sin embargo, con el correr de los días van apareciendo con mayor fuerza algunos rasgos sociales que marcarán las bases de esta época. Uno de ellos es el papel que jugarán las instituciones. De ahí la preocupación para esclarecer el contexto y las cualidades en que se desenvuelve el Estado mexicano.
Junto a rezagos milenarios e inequidades sociales crecientes, aparecen en la sociedad mexicana (más nítidamente en sus grandes núcleos urbanos) influencias visibles de fenómenos mundiales. 1) La aceleración de los acontecimientos y los trastornos derivados en la velocidad de la producción de conocimientos, que evolucionan más rápidamente que las ideologías y la modernización de las instituciones. 2) La revolución cognitiva que está provocando una verdadera mutación social: la primacía de los que producen y saben hacer uso de los conocimientos. 3) La consolidación de sociedades metropolitanas, con su núcleo duro de comunidades mediáticas. 4) La importancia creciente de la información como principal medio de producción. 5) El dominio mundial del mercado, que ha conseguido en unas cuantas décadas privatizar al Estado nacional, conformado durante siglos. 6) La aparición de nuevas identidades, comandadas en muchos casos, por teleliderazgos que afianzan a la política con la prensa en la nuevas formas de relaciones sociales jerárquicas.
Junto a estos fenómenos, aparecen otras realidades políticas.
El Estado mexicano dejó de gravitar sobre el gobierno y un partido, para incorporar y empezar a funcionar sobre más institutos políticos, los medios de comunicación masivos y, por un tiempo del que es difícil de estimar su duración, en las instituciones encargadas de organizar y gerenciar los procesos electorales. Estas últimas constituyen la novedad de esta nueva etapa, si bien son los partidos políticos las instituciones responsables de la existencia del pluralismo que hoy vivimos.
Las instituciones electorales (como en su momento el Partido Nacional Revolucionario) juegan hoy el papel promotor y coyuntural de apoyo e impulso del tránsito de la sociedad mexicana hacia niveles de mayor autodominio de sus impulsos, de sus deseos, de sus pasiones y luchas políticas.
Y en los órganos electorales aparece una fisura, un actor, un funcionario de Estado que juega un papel central, y al tiempo, complementario, en la estructuración de las relaciones electorales democráticas.
De la relevancia de esta nueva categoría sociopolítica da cuenta el nivel de exigencias y deberes a que está sometido el comisionado o consejero electoral. La aparición súbita y la dinámica intensa de su actuación han impedido establecer una reflexión serena acerca de los compromisos políticos de su actuación. Es poco lo que se ha reflexionado acerca de sus relaciones con la política y con la ética. La líneas que siguen constituyen un primer intento por señalar las contradicciones a las que están sujetas las mujeres y los hombres que se desempeñan como consejeros o comisionados electorales. No se trata de ideas acabadas, ni siquiera desarrolladas rigurosa y cabalmente. Su propósito es llamar la atención sobre aspectos importantes que determinan sus comportamientos y que deben ser tratados, posteriormente, con el rigor de un verdadero ensayo científico.
De manera directa puede decirse que los consejeros o comisionados electorales están sometidos a una doble exigencia ética, cuyos elementos al parecer no sólo son contradictorios sino excluyentes. Su actuación está influida por la ética del deber interno, y la ética del deber externo, derivada del derecho. Ética de las virtudes enfrentada a la ética de las reglas en un mismo personaje quien, con su actuación, debe satisfacer ambas al mismo tiempo. Autonomía y heteronomía en constante tensión marcan la actividad y el comportamiento de estos nuevos funcionarios del Estado.
La relación entre las exigencias es propuesta por Norberto Bobbio en su Elogio de la Templanza. De manera clara expone el sentido excluyente que existe entre las virtudes fuertes y las débiles, las cuales ejemplifica a través de las virtudes del político y las virtudes del hombre común.
En una rápida fenomenología de las virtudes, señala como propias del político las siguientes:
Por un lado, existen virtudes, como el coraje, la firmeza, la valentía, la audacia, la prudencia, la generosidad, la liberalidad, la clemencia, que son típicas de los poderosos... esto es, de aquellos que tienen el oficio de gobernar, mandar, dirigir, y la responsabilidad de fundar y mantener los Estados, y que es cierto que tienen ocasión de manifestarse sobre todo en la vida política, y en aquella sublimación, o perversión... de la política que es la guerra. (Elogio de la Templanza y otros ensayos morales. Ed. Temas de hoy).
A esta descripción antepone las virtudes de aquellas personas que no detentan poder sobre nadie: las del ciudadano común y corriente, los pobres, los ofendidos, los humillados, virtudes que, en teoría, debieran portar o asumir los "representantes de la sociedad" en las instituciones electorales:
Por otro lado, existen virtudes, como la humildad, la modestia, la moderación, la vergüenza, el pudor, la castidad, la continencia, la sobriedad, la temperancia, la decencia, la inocencia, la ingenuidad, la simplicidad, y principalmente la mansedumbre, la dulzura y la templanza, que son propias del hombre privado...
Erasmo contra Maquiavelo. N. Bobbio destaca como la principal virtud del ciudadano a la templanza, y afirma:
Opuestas a la templanza, como yo la entiendo, son la arrogancia, la perversidad, la prepotencia, que son virtudes o vicios, según las diversas interpretaciones, del hombre político. La templanza no es una virtud política... es sin rodeos la otra cara de la política.
¿Cómo debe actuar el comisionado o consejero electoral? ¿Como encarnación del ciudadano común, orientado por la templanza (rechazo al ejercicio de la violencia, disposición hada los otros ejerciendo la tolerancia y el respeto de las ideas y el modo de vivir de los otros)? O ¿debe por el contrario actuar como los políticos, actores complementarios en los organismos electorales?. El problema no es de orden individual, sino de carácter social, pues involucra a una actividad política: ¿cómo cumplir con sus tareas y responsabilidades?. La salida, al parecer, no radica en desarrollar una cierta habilidad camaleónica para aparecer como político o como ciudadano, según la situación que enfrente o su interés particular. La cuestión central radica en buscar la compatibilidad entre ética y política en un plano superior, acorde con la evolución histórica y con las exigencias de la sociedad contemporánea (metropolitana) en que nos desarrollamos. Expuestos estos aspectos en la primera parte (aunque de manera bastante sucinta y un tanto reduccionista) describo a continuación una salida tentativa al problema planteado.
La situación demanda reconocer el carácter evolutivo de la ética, la influencia de la revolución cognitiva, la modificación de hábitos y creencias y sus necesidades ligadas a la sensibilidad. Para actuaren una sociedad pluralista y asumir los cambios que conlleva, es preciso evitar la "ética de máximas" y buscar una ética del mínimo común moral, basada en pautas comunicables y compatibles con aquellas que no le sean abiertamente contradictorias. Para nuestra sociedad en vías de formación, se puede establecer, como señala Norbert Bilbeny.
Un sustrato ético común... viable a través de principios ponderables que permitan, a diferencia de los principios cerrados, la compatibilidad de lo que para todos debe ser entendido y aceptado como bueno y correcto y lo que para cada uno sea su propia idea y realización de lo bueno. (La revolución de la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital. Anagrama)
Ahora bien, se requiere como sustento de esta ética a un sujeto activo, pensante, que haga uso adecuado de las normas externas, y que pueda asumir la orientación cognitiva de la ética propuesta:
1) Pensar por uno mismo.
2) Imaginarse en el lugar del otro a la hora de pensar.
3) Pensar de forma consecuente con uno mismo.
Si resulta pertinente la propuesta de que estamos en tránsito hacia una nueva etapa de acción histórica, y que por lo tanto, la exigencia central de la misma radica en un mayor autodominio; si llegó la hora de la democracia electoral y coyunturalmente las instituciones electorales están obligadas a ser los agentes coadyuvantes más importantes de la sociedad en este tránsito; si los comisionados o consejeros electorales están obligados a asumir y a hacer compatibles las éticas del político y del ciudadano, entonces podemos entender que los principios que rigen a los organismos electorales del país (certeza, legalidad, independencia, imparcialidad, equidad, objetividad) están comandados por el de la imparcialidad y, complementados por el carácter autónomo de la institución, entonces este conjunto de situaciones nos abre las vías para reflexionar en torno a la adopción de una ética del mínimo común moral para los comisionados y consejeros electorales, basada en los principios cognitivos de autonomía de la moralidad, de reciprocidad del pensamiento, de reflexividad del pensamiento:
Una voluntad ética autónoma no es sólo la que se "adapta" a una forma de conducta, sino ante todo la que adopta y hace precisamente de este hecho, tan dependiente del principio de reflexividad -pensar de acuerdo con uno mismo- el hecho que justifica antes que nada el obrar por adaptación a una ley o forma determinada de conducta. (N. Bilbeny).


















