Pie de Página. Julio César Martínez
Pie de Página
Entre ética y política: ilusiones de poder
Selección y notas: Julio César Martínez
Cuando reunimos en el papel los conceptos ética y política sentimos, a la vista, que se desplazan a los extremos de la vida humana, ya que uno pertenece al ámbito del comportamiento individual y el otro a la esfera de la conduela colectiva. Además, la ética, vinculada al bien y a la felicidad, se aleja de manera significativa del ejercicio del poder que abarca todos los escenarios de la sociedad. De pronto la ética se encuentra disminuida frente a la política, porque la política, no como doctrina o arte de gobernar, sino como una variante esencial del poder, se convierte en un requisito indispensable para dominar, mantener y ejercer el autoritarismo en el panorama de la vida comunitaria. Con el poder y la política nace el flagelo de la corrupción, que ha penetrado en todos los ámbitos de la vida social y gubernamental, que únicamente podrá resolverse a través de la implementación de una democracia no excluyente, donde se considere a la justicia y al pluralismo ideológico y religioso, como fundamentos éticos que resuelvan los problemas políticos contemporáneos.
Mientras la ética pretende, a través del bien supremo aristotélico o de la felicidad ruselliana, hacer un discurso posible para que la sociedad viva en armonía plena, la política maquiavélica -desprovista de ética- aprovecha la servidumbre voluntaria o el poder absoluto para imponer la voluntad del megalómano sobre la colectividad. Sin embargo, no debemos olvidar que el poder es un elemento constitutivo de las prácticas y de las organizaciones sociales, siendo múltiples y complejas sus manifestaciones en todos los niveles de interacción social. En México el fenómeno de la corrupción constituye un problema originado y desarrollado por el sistema político, pero sostenido en el contexto social por los políticos que conforman grupos de poder para acabar con todo proyecto democrático, perpetuando el autoritarismo como política excluyente. En este sentido, Pie de Página, se propone dar a conocer aquellos autores que kan tratado estos temas esenciales, y que nos descubrirán los caminos adyacentes para comprender este periodo de transición que vivimos, cuando todavía resulta difícil hablar de ética ciudadana, pues la práctica política nos demuestra lo contrario.
Moral, a Nicómaco
de Aristóteles.
México, Espasa-Calpe.
En este libro Aristóteles revela a sus lectores que el problema del El Bien Supremo constituye, en sí mismo, el fin último de todo ser. Ya no existe, para la realización del bien, algo posterior o colateral, pues lo considera como algo completo, definitivo y perfecto. Por tal razón debe ser buscado en su esencia, sin tener que vincularlo a otro fin, como por ejemplo la política o el poder o la guerra. Es decir, la felicidad que nos proporciona el bien supremo, no lo otorga ni la riqueza ni el poder político o militar. Aunque en más de una ocasión la historia de la humanidad nos enseña lo contrario, Aristóteles insiste que la búsqueda del hombre, la esencia última de sus actos tiene como fin alcanzar la felicidad. En este sentido argumenta que, según sean los diferentes géneros de actividades y artes, los bienes creados. Pone algunos ejemplos para diferenciar: el bien de la Medicina es la salud, el de la Arquitectura la casa, en su valor físico y espiritual; y toda estrategia nos conduce a la victoria. Sin embargo, Aristóteles analiza que el hombre como unidad debe dirigir, primero y antes que otra cosa suceda, sus actos hacia un fin común que es la "moral".
Para el autor de la ética nicomaquea entender y alcanzar la felicidad, como resultado de El Bien Supremo, no es cosa fácil, pues depende del estilo de vida de cada ser: "La masa y los más groseros creen que la felicidad es el placer, y por ello, se contentan con llevar una idea voluptuosa. Un hombre refinado y activo, prefiere en cambio los honores". Para realizar esta diferenciación el filósofo griego advierte que cada individuo tiene una función distinta en la sociedad, pero que la función propia del hombre debe ser la felicidad. Para concluir en este concepto se pregunta si tal vez la vida sea la función propia del hombre, pero, observa que la vida es propia y común a las plantas y animales, de ahí que busca comprender lo privativo del ser humano, porque la vida es un concepto genérico y es preciso buscar una especie, un cierto tipo de vida. Eso que es propio del hombre es cierta actividad propia del hombre que tiene razón y, en la práctica, esa vida activa y racional es la que conlleva a la felicidad.
La felicidad es el ejercicio de una vida activa que tiene como fin alcanzar la virtud o las virtudes, tales como la prudencia, la templanza, la justicia o la fortaleza espiritual; en cambio, el poder político o militar, que constituye en sí misma una estrategia, pertenece al mundo del placer y lo voluptuoso. Por eso considera que para procurarse felicidad, es preciso que "El bien humano sea una actividad del alma conforme a la virtud, y si las virtudes son varias conforme a la mejor y más perfecta, se tendré una vida perfecta". Para explicar cuál es la naturaleza de la virtud, Aristóteles recurre a la teoría del "justo medio" y según ello, la virtud se encuentra en el término medio entre dos tendencias opuestas: la valentía es el justo medio entre la cobardía y la temeridad, la sinceridad es el justo medio entre la arrogancia y el desprecio. Sin embargo, nos advierte que no todas las tendencias tienen un justo medio, porque las malas acciones carecen de éste. Aún así, el filósofo griego, distingue dos clases de virtudes: éticas e intelectuales. Las primeras son innatas, como la veracidad, la templanza, la mansedumbre o la magnificencia, entre otras. Las virtudes intelectuales son fruto de la educación, y se desarrollan en relación a la experiencia individual y comunitaria; operando, además, como parte de la sabiduría y la prudencia.
El Príncipe
de Nicolás Maquiavelo.
México, Espasa-Calpe, 1989.
Al igual que Thomas Hobbes, el teórico de la política moderna, Nicolás Maquiavelo, escribe sus principales obras -entre ellas El Príncipe- como producto de su vasta experiencia en las actividades políticas, que le dieron múltiples y profundos conocimientos acerca de la conducta de los gobernantes italianos, además que obtuvo -simultáneamente- una rigurosa formación histórica demostrada en sus varios libros publicados, tales como: Discursos sobre la primera década de Tito Livio; Histórica de Florencia; la Mandrágora; Discurso Moral y El arte de la guerra.
Cabe advertir que la obra que hizo célebre y polémico a Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, nació originalmente a manera de Tratado sobre el arte de gobernar. El autor de esta obra, escrita en l512 y l513, no alcanzó a conocer la publicación, puesto que fue editada cinco años después de su muerte. Sin embargo, se advierte que en ella puso todo su empeño para configurar una nueva virtud, ya que observaba la decadencia de Italia y sus costumbres, pues existía un abismo entre las prédicas religiosas y las prácticas mundanas. Por eso es que Maquiavelo parte de formarse un concepto del hombre, del hombre del Renacimiento, capaz de construir su propio destino y definir sus objetivos sin depender de los designios divinos. Es en este contexto donde nace El Príncipe, que a su vez le permite a Nicolás Maquiavelo proponer nuevas teorías y prácticas políticas, separando -en definitiva- la política de la ética. Es decir, por encima de lo bueno, lo justo y lo piadoso se encuentra la "razón de Estado"; de este modo queda desplazado el "deber ser", en favor de la lucha por el poder entre los hombres. El Príncipe, en consecuencia, continúa siendo la teoría funcional del Estado moderno y laico, que guía los pasos del realismo político moderno y nos separa de toda ética.
El Contrato Social
de Juan Jacobo Rousseau.
España, Ediciones Sarpe, 1983.
Aunque para muchos analistas esta obra representa la semilla ideológica de la Revolución Francesa, para otros es justamente lo contrario, pues consideran que la dinámica de los acontecimientos político-sociales, que originaron la lucha armada a favor de la Igualdad, la Libertad y la Fraternidad, es lo que realmente nutrió la visión humanista de los pensadores del Enciclopedismo del Siglo de la Luces. Aunque no podemos obviar la influencia que El Contrato Social tuvo en América, especialmente en México, donde fue -de algún modo- el germen de la independencia.
Este volumen está compuesto de cuatro libros. El Primero nos recuerda que el hombre es libre por naturaleza, sin embargo, señala que por doquier se encuentra encadenado. De esta manera, en la primera parte enfila sus esfuerzos para investigar las causas de este fenómeno, concluyendo por lo mismo que el derecho del más fuerte es un absurdo aunque se haya hecho de él un principio.
En el segundo libro, entre otros asuntos, analiza al soberano, entendiendo a éste como la persona jurídica activa que resulta de la unión de los ciudadanos -no se trata del rey, del príncipe o jefe político- más bien equivale a "pueblo soberano". En este sentido, es cuando interviene un elemento, el contrato social, por cuya causa el hombre pierde su libertad natural, pero gana la libertad civil y la propiedad de cuanto posee. Esto lo entendemos como un pacto social, que justifica el objeto de las leyes, pues la ley considera al ciudadano como cuerpo y a las acciones en abstracto. Según Rousseau todo sistema de legislación debe tener como principios fundamentales: la libertad y la igualdad. De ahí se desglosan los diferentes poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.
En el libro se explica cómo la colectividad o soberanía ejerce la ley en los casos particulares y examina las distintas formas de gobierno: democracia, aristocracia, monarquía y república. También trata de los gobiernos mixtos, de sus formas decadentes y de la descomposición del cuerpo político. Finalmente, en el libro cuarto analiza el funcionamiento del sistema y señala la fatalidad que produce la incongruencia entre el poder y la voluntad de todos. Por algo, la obra de Juan Jacobo Rousseau, fue la base filosófica de la declaración de los derechos humanos.
El Hombre Unidimensional
de Herbert Marcuse.
México, Joaquín Mortiz, 1980.
Este excelente libro, cuyo subtítulo Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, constituye en gran medida, una obra complementaria a Eros y civilización, publicada en 1953. El hombre unidimensional culmina un análisis amplio y profundo de la sociedad industrial.
Para el filósofo alemán, la civilización industrial avanzada ha limitado o reducido los derechos y libertades que florecieron en los orígenes de la sociedad industrial. Es decir, el desarrollo del pensamiento independiente se ha confrontado con la guerra fría, pues con el cierre del universo político y con las contradicciones imperialistas, es obvio el "cierre del universo del discurso", que no es otra cosa que el idioma dominado por elementos irracionales y autoritarios. La comunicación humana se reduce a una representación "unidimensional", donde sólo interesa la uniformidad, desplazando los contrastes producidos con la autonomía y crítica del discurso.
El lector debe preguntarse cuál es el universo donde se desarrolla la vida del "hombre unidimensional", Marcuse nos responde que ese universo es autoritario y fatalitario, es el Universo de la racionalidad tecnológica, de la lógica de la dominación: "el cerrado Universo operacional de la civilización industrial avanzada, con su aterradora armonía entre la libertad y la opresión, la productividad y la destrucción". Un mundo en donde todas las formas de oposición o de crítica parecen haberse adherido al sistema de opresión. Y en una sociedad, destinada a reproducir las formas mas aberrantes de opresión, es necesario replantearse una ética que modifique la relación entre los hombres.
La Conquista de la Felicidad
de Bertrand Russell.
México, Joaquín Mortiz, 1980.
Para Russell el hombre está condenado por las circunstancias sociales como personales a ser un desgraciado y, alcanzar la felicidad es una acción de esfuerzo individual. Precisamente, en este gran ensayo publicado en 1930, plantea el filósofo inglés las causas de la desgracia humana y los medios para vencerla, dice:
"La felicidad para mayor parte de hombres y mujeres debe ser una conquista más bien que un regalo de los dioses y en esta conquista deben desempeñar un papel muy importante, el esfuerzo interior y exterior".
Pero también, basándose en los conceptos de los moralistas clásicos, Russell argumenta las causas de la infelicidad contemporánea y sus víctimas. Señala a tres tipos de causantes: en primer lugar al pecador, que vive en conflicto consigo mismo; después menciona al narcisista, que concibe su felicidad en el hábito de admirarse y ser admirado; y por último ubica al megalómano que ve en la fuerza el medio de obtener la felicidad imponiendo su voluntad por medio del terror. En ninguno de los tres casos observamos al individuo satisfecho consigo mismo ni con su contexto social, predominando las causas psicológicas; señala el filósofo que otras fuentes de la desgracia es el aburrimiento y la excitación. Paso a paso, nos describe en su texto muchos elementos que contribuyen a la infelicidad, como la envidia, la promiscuidad sexual o las desviaciones sexuales marcadas por una educación inadecuada. Finalmente analiza la manía persecutoria y el miedo a la opinión pública, al que dirán, como causas de las desgracias humanas. Después contempla a la felicidad como una meta posible, cultivando el espíritu entusiasta, pues argumenta que el entusiasmo impulsa la energía vital. Así, cree que la familia puede ser fuente para proporcionarle al ser humano alternativas de felicidad, del mismo modo que el trabajo que se realiza con agrado y graduado. Insiste, en que la felicidad, es un esfuerzo personal. Aunque, a través de la familia, puede transmitirse ese ánimo.



















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