La política se ocupa de la sociedad: Carlos Rodríguez Moreno
Hacer política es ocuparse de las necesidades de una sociedad
El conflicto entre ética y política tiene muchas vertientes. En México -nos dice Carlos Rodríguez Moreno- el proceso histórico es determinante para separar estos dos conceptos fundamentales. Es decir, los principios establecidos por la revolución se fueron disolviendo hasta conducir a la clase política por otras vertientes ajenas a su propia actividad, perdiendo sus controles y relajando la conducta de sus protagonistas. Para el diputado Rodríguez Moreno la situación actual se torna aún más crítica, pues no sólo los políticos han olvidado el carácter ético de su quehacer, sino que la propia sociedad ha caído en practicas de corrupción que deterioran la vida institucional...
Entrevista de Gina Domínguez a Carlos Rodríguez Moreno
Licenciado, un tema importante y básico en la actualidad, vinculado al de política, es el de ética, pues el ciudadano común y corriente ya exige otro tipo de comportamiento por parte de los políticos, sin importar a que partido pertenezcan. Además, siendo usted un político con experiencia que ha vivido -en el terreno de esa materia- muchas cosas en Veracruz y a nivel nacional, ¿cómo ve usted la relación entre ética y política?
Yo creo que cualquier tipo de profesión, y a final de cuenta la política es eso, una profesión, debe llevársele circunstancialmente por el camino de la ética o de regirse por el mundo de la ética, porque si no implica una actividad desordenada -que entre otras cosas- conduce a la corrupción y al desarrollo de fenómenos que distorsionan la propia actividad política. En nuestro país, debido a la historia que sustenta nuestro pasado a partir de la revolución y que continúa hasta nuestros días, vivimos en un régimen con características muy especiales, porque los primeros pesos y contrapesos que se dieron durante la etapa posrevolucionaria fueron en realidad entre grupos o facciones que finalmente encontraron -dentro de un sólo partido- el cauce o el camino para poderse equilibrar o equiparar, pero con el correr del tiempo estos contrapesos -al entrar en una etapa absolutamente institucional- empezaron a perder su fuerza, empezaron a perder de alguna manera sus controles más eficiente y lo que ocurre más tarde es un relajamiento en la conducta personal de los políticos. Cuando un político no entiende que en toda otra profesión hay un deber ser, es decir, no sólo hay que ser, sino que debe haber un deber ser, una forma de comportarse que esté en el justo medio que llamaba Aristóteles, en el justo medio aristotélico. Si no encontramos nosotros esa visión por parte del político, bueno, vamos a encontrar exactamente lo mismo que cuando buscamos a un médico, y el médico no tiene un comportamiento ético, qué encontramos al final de ello, que aún cuando exista una capacidad técnica importante hay una distorsión en su quehacer o en la función profesional que desempeña. Y si lo traslada usted a un abogado, es exactamente lo mismo, por eso retomo la frase que le dije en un principio: la política, como cualquier otra función, tiene que estar precedida por la ética -porque de lo contrario- termina por distorsionarse.
La práctica política en México se desarrolló en este siglo de una manera diferente, pero hoy debemos reconocerla como una profesión, porque la política deben hacerla los políticos, pues se trata de una noble profesión que contiene los más caros valores ciudadanos, es decir, el hacer política es a final de cuentas ocuparse de las necesidades de una sociedad cualquiera y de las necesidades ciudadanas en particular, para atender la noble tarea de gobernar y administrar a un pueblo, a una nación, a un estado o a un municipio. Eso es hacer política, pues ahí confluyen muchas acciones, que tienen que estar sustentadas por un comportamiento ético -porque de lo contrario- se distorsionan; como hemos tenido ejemplos, no sólo en México, sino en el mundo entero.
¿Es posible, licenciado, construir una ética del poder, o la estamos construyendo, o la deberíamos construir?
Bueno, siempre quedará en el campo de lo ideal crear una ética del poder. ¿Por qué?, porque si la pretendemos entender como un catálogo general de normas que regulen la conducta de quienes están en el poder o lo ejercen, la verdad es que nos vamos a encontrar con serias dificultades, lo que puede ser bueno en México no necesariamente lo será en Irán. Por ejemplo, en el comportamiento de un sueco pueden haber actitudes que a un ciudadano de Bolivia le parezcan apropiadas o correctas, baste señalar -por ejemplo- que los códigos de ética islámicos son diametralmente opuestos en muchísimos casos a los códigos de ética occidentales; así, para decirlo de una manera muy genérica. De esta suerte la ética del poder, como la ética personal, son elementos difíciles de atrapar conceptualmente, son muy difíciles de traducir a cánones específicos. Sin embargo, sí hay valores universales en los que -pienso- se puede apoyar la ética del poder y en los que debería apoyarse la ética del poder. Cuáles valores universales, por ejemplo, podríamos tomar nosotros como paradigmas, como elementos torales de una conducta de esta naturaleza. Obviamente se trata de perseguir el bien de la sociedad, no distraer el bien o los bienes que han sido confiados al político, al hombre de poder, al administrador público. En fin, hay un sinnúmero de elementos que pueden conformar este código de conducta, atender con responsabilidad y con la suficiente atingencia la responsabilidad que nos es confiada, etcétera, etcétera. Pero establecer un catálogo específico resulta francamente difícil, por lo que le digo, culturalmente varía de una sociedad a otra la concepción y la imagen de lo que se espera de un político. Acaso no, en este mismo país se esperaba -del presidente de la república- una actitud. Y hoy, como usted bien lo sabe, se espera del ejecutivo otra actitud dentro del quehacer ético, o dentro de esta serie de conductas que deben estar precedidas por la ética.
La política a la mexicana, tal y como se ha dado durante muchos años en el país, logró hacer de la corrupción un sinónimo de política. Sin embargo, mediante el ejercicio de una política plural las cosas han ido cambiando, pero aún así la relación política-corrupción subsiste. ¿Cómo modificar esa imagen?
Yo le diría algo antes de entrar el tema específico de la "política", como usted lo señala, entrecomillado, a la mexicana. El concepto del político como un hombre de ética laxa, por decir lo menos, es un concepto prácticamente universal, aunque en algunos países se acentúa más, como es el caso del nuestro, sobre todo por las cosas del pasado reciente. Pero en general creo que las encuestas, que al respecto se han hecho en muy diversos países, incluido Estados Unidos, arrojan resultados sorprendentes en relación a la imagen que tienen los ciudadanos de sus políticos. No tienen de ellos una idea de hombres y mujeres poco éticos dados a la confabulación, a veces por cuestiones de dinero, pero a veces por otras cuestiones que son igualmente actos de corrupción. Bien, en este escenario, el caso de México es un caso que va ligado también con las limitantes de lo que fue o que entendimos nosotros como nuestro concepto de democracia, hasta un pasado muy reciente. Yo creo que más allá de satisfacer el modelo mexicano tenemos que estudiarlo con profundidad y con seriedad, porque finalmente a este país le permitió desarrollarse durante muchas décadas, con mecanismos que le resultaron eficientes y eficaces, fundamentalmente eficaz. Pero las limitantes de nuestro sistema democrático a medias o de democracia imperfecta o de seudodemocracia, como quiera que se le llame a eso, entraron en crisis. ¿Y qué es lo que ha ocurrido?, bueno, pues todo lo que entra en crisis llega un momento que resulta ya intolerable dentro de la sociedad, y/o se transforma o termina por erupcionar de una manera más grave. Al entrar México en esta etapa de perfeccionamiento democrático o transición -como le han querido llamar otros- los políticos están teniendo que dar la cara al electorado y ésta es, exactamente, la mejor garantía de que puede haber un procedimiento natural de depuración en el quehacer político. Es decir, ¿cuál era la característica del político tradicional en México al que usted se refiere? Un político irresponsable, no digo que no había hombres y mujeres responsables, no, digo un político irresponsable porque finalmente no rendía cuentas a nadie, si acaso ante el superior jerárquico o al amigo que lo llevó al poder, pero no frente al ciudadano, no frente a la ciudadanía que hoy cobra de dos maneras: primero con el voto, y, segundo, mediante una actitud mucho más participativa que antes; reclamando, exigiendo, y, desde luego, denunciando pública y privadamente los casos de corrupción. A veces esta actitud se exagera, pero más vale tener exceso de denuncias, que tener limitaciones en ellas. Por lo tanto, a mí parecer, el camino en este momento está perfectamente delimitado en estas áreas para propiciar, en el futuro, un proceso de depuración, diría yo natural dentro del ambiente de la política. Así vamos a observar, cómo cada día, tendrá que haber representantes populares, presidentes municipales, gobernadores, secretarios de estado -pasando por todas las demás esferas del poder- que serán cada vez más conscientes y más cuidadosos con su quehacer, porque hay una sociedad vigilante, porque los medios de comunicación independientes también señalan las desviaciones del poder y porque hay una ciudadanía dispuesta a ejercer su voto y otras acciones para castigar, en el mejor sentido de la palabra, a quienes traicionen la confianza popular.
Se dice que el poder corrompe o que el poder es absolutamente corrupto. Yo diría que estamos en el tránsito de modificar esta situación y pueden haber mecanismos legales o pueden mejorarse los mecanismos legales para establecer una especie de candados que limiten -precisamente- el ejercicio arbitrario del poder, que está vinculado -a veces- con la falta de una ética personal o del sistema, que es peor.
Primero que nada yo no creo que el poder corrompa, de esa frase tan traída y llevada, muchas veces me quedo con la segunda parte, es decir, el poder absoluto si es perfecto corruptor, porque, bueno, precisamente su calidad de absoluto permite ejercerlo sin limitación de ninguna especie, lo que provoca las desviaciones inherentes y naturales de una conducta incontrolada de quienes somos por naturaleza imperfectos, y, además, cargados de una serie de limitaciones de toda índole. Pero el poder perfecto no es, necesariamente, corruptor, el poder tiene realmente su ámbito de ejercicio y cuando este ejercicio está controlado por las leyes, por la sociedad, por los mecanismos que la propia ley establece en la práctica, no tiene que ser necesariamente corruptor. En cambio, efectivamente, el poder absoluto sí corrompe porque carece de frenos y evidentemente tiende a tornarse en caprichoso, y, finalmente, en dictatorial, o en absolutista. Creo que todos los hombres y las mujeres tenemos poder, es decir, no el poder necesariamente llevado a los extremos de un gobernador, de un presidente de la república o de la política. Todos tenemos poder, todos ejercemos el poder, el padre de familia en el seno del hogar, la madre de familia o el hombre que trabaja, que tiene a su cargo a uno o dos descendientes, en fin. Vemos en la vida diaria que el poder lo manejamos los seres humanos como una cuestión cotidiana y natural, porque hay diferentes estratos sociales; por ejemplo, en la misma redacción donde usted trabaja se encuentran diferentes ámbitos y cuotas de poder que cada quien tiene, el secreto de esto es no dejar el poder incontrolado ni absoluto, porque ese sí es un poder corruptor y evidentemente abusivo en mayor o menor grado.
Que estamos en tránsito hacia el proceso de romper con este esquema, a mí no me cabe la menor duda. Mire, el simple hecho que los ciudadanos de este país tengan hoy en día -como es innegable- la facultad y la facilidad de votar por quien quieran de una manera real, porque -aparte de que tienen la libertad y el ejercicio garantizado- tienen posibilidades electorales concretas como lo hemos vivido en el pasado reciente, para no ir más lejos. Esto sólo permite a la sociedad mexicana una oxigenación más allá del resultado material de la elección, que para ese efecto es realmente irrelevante, es decir, aquí lo importante es la capacidad de la sociedad mexicana para expresarse en las urnas como uno de los elementos consustanciales de la democracia. Desde luego, la democracia no se agota con el voto, diría yo que comienza con el voto nada más, pero indudablemente que el voto es el pilar fundamental del ejercicio democrático; y, en este sentido, cuando la sociedad mexicana empieza a tener este rendimiento, estos frutos específicos, indudablemente que estamos abriendo un camino, estamos rompiendo con un círculo vicioso en donde el poder absoluto se ve limitado.
Hay que confiar, que este cambio, puede estar garantizado mediante modificaciones legales.
Absolutamente. Mire, es más, el que piense que una sociedad puede cambiar de un día para otro, no solamente peca de ingenuo, sino además a lo mejor es algo peor, es un intolerante y un dictatorial. El hecho de que en la sociedad mexicana se den diversas manifestaciones de corrupción, demuestra que no solo ocurre en el ámbito político, porque sabemos que sucede en todos los estamentos de la sociedad. Una sociedad no es corrupta en un sector y en otro no lo es, o no tiene manifestaciones de corrupción, esto es síntoma de todo lo que ha ocurrido con nuestra sociedad. Y no quisiera irme muy lejos, pero no olvidemos que dentro de nuestras raíces tenemos una profunda vena de corrupción, el sistema español de prebendas, de apoyos, de simulaciones, de justicia y todo lo demás; que penetra, también, en nosotros y, sobre todo, penetra en una época cuando el imperio español está en franca decadencia. En fin, hay muchísimas razones históricas, como la conquista, que no es un dechado de virtudes; la colonia tampoco lo es, y, bueno, el nacimiento de nuestro país a la independencia se ve -durante todo el siglo pasado- amenazado por la lucha de intereses de unas facciones y otras en las que nuestro país se debate en una serie de sangrantes contradicciones. En este escenario, la corrupción no es un fenómeno que se arraigue en México a partir de hace treinta años, eso es mentira. Los mexicanos haríamos muy mal en no entender el fenómeno, como parte de un proceso que nos permita avanzar hacia un cambio, precisamente porque son etapas en las que el país se vio envuelto en regímenes dictatoriales, como por ejemplo, el periodo de Porfirio Díaz, lo explica muy bien. Hoy está de moda satanizar a Porfirio Díaz, y aunque tuvo cosas buenas, también tuvo cosas terribles, y, entre esas cosas terribles, está -que para perpetuarse en el poder- hay que corromper y hay que lograr alianzas con los demás, que sólo se construyen a base de prebendas ilegales y a base de actos de violencia. Entonces, ¿cómo se puede perfeccionar un sistema?, ¿cómo se puede depurar un sistema?, bueno, se va a depurar en la medida en que ésta sociedad -como lo he dicho antes- se oxigene políticamente, y sea capaz, entre otros muchos aspectos, no sólo de participar en política a través del voto, que de suyo es importante porque en ella reprueba, castiga, da votos de confianza, exige a los partidos que presenten a sus mejores hombres y mujeres en las contiendas, etcétera. No sólo este camino, sino el que yo le decía a usted, el de la participación de la sociedad en muy distintos niveles, exigiendo, reclamando y sobre todo llamando a cuentas a quien haya traicionado la confianza de esa sociedad.
Finalmente licenciado, desde su particular punto de vista ¿cómo debe ser el político de ahora en adelante? o ¿cómo reclama la sociedad que sea la persona que ejerce la política como actividad profesional?
A lo mejor me voy aparecer un poco fingente, pero yo creo que debe ser un hombre y una mujer auténticos, nada más. Auténtico porque creo que debemos ver en el político al sujeto o a la persona que se compromete con las causas de la sociedad, que entiende que va a un puesto o a un organismo de gobierno a servir y no a servirse, que entiende que su responsabilidad y su tarea son eso, responsabilidades, que es mandatario de la sociedad, es decir, que va a servir lo que la sociedad le ha mandado, no a mandar a la sociedad. Cuando en el político haya autenticidad, nos daremos cuenta que estamos ante la presencia de quien realmente es un servidor público auténtico. Por eso yo hablo de la autenticidad. Por ejemplo: ¿qué ocurre con muchos políticos en éste y en otros países? Pues que son verdaderos simuladores, simulan una capacidad que no tienen, simulan unas dotes administrativas de las que carecen, simulan muchas veces una honestidad que no está dentro de su modo de conducirse. Si el político -insisto- es auténtico, es decir, es un hombre que entiende que es un hombre que va a servir a la sociedad, es un hombre que entiende que está administrando bienes ajenos, es un hombre -en el sentido genérico- que tiene una gran responsabilidad. Entonces estamos en una presencia de una persona que está capacitada y que va a recibir el premio social. Mire, la gente no se chupa el dedo, lejos de lo que muchos creen, que el pueblo es ignorante, bueno, cabe aplicar algunas reglas ahí, o habría que hacer algunas acotaciones, pero en general la gente sí sabe percibir quién está sirviendo con lealtad, quién está sirviendo con seriedad, quiénes están trabajando a favor de ellos, y, como dijo por ahí un expresidente de los Estados Unidos o un personaje (perdóneme, pero no alcanzo a recordar bien ahorita, pero la frase vale); No se puede engañar a tantos tanto tiempo, o no se puede engañar a todos tanto tiempo o durante todo el tiempo, se puede engañar a algunos cuantos durante mucho tiempo o se puede engañar a todos durante un corto tiempo, pero a todos durante todo el tiempo no se les puede engañar. Así es que, a mí me parece que la autenticidad en el político es una pieza clave, porque si es un político se espera de él eso que le he dicho, como del médico se espera, como del abogado se espera, como del periodista se espera, es decir, hay siempre atrás de una profesión o de un ejercicio profese esperan de su conducta, elementos éticos, y si esos elementos éticos se dan, indudablemente que habrá cumplido cabalmente con la responsabilidad, más allá del éxito económico, del éxito social; más allá de cualquier relación que en la vida terminan por ser circunstanciales y, además, que son elementos de muy poca estabilidad.
SEGMENTOS:
La política como opio del pueblo
Por Fernando Savater
Creo que fue Valéry quien dijo que la política es el arte de impedir que la gente se dedique a los problemas que realmente le preocupan. Esto no es una sencilla boutade, sino una descripción en profundidad. Sorprende y aterra constatar en todo momento cómo el discurso estereotipado de la política, que no es sino el lenguaje de la administración del poder -ya se sitúe tal administración en un nostálgico pasado que hay que recuperar, en un presente que hay que defender con uñas y dientes o en un radiante futuro a conquistar-, bloquea cualquier enfoque radicalmente crítico del enfrentamiento contra el poder mismo y contra la sumisión a la necesidad y la muerte que impone a la vida cotidiana. El juego político aparece ante el fascinado espectador como sumamente variado y adaptable a las nuevas circunstancias, pero en realidad se mueve dentro de unos rígidos esquemas absolutamente cerrados, pura autorreproducción de lo mismo que sólo acepta novedades para reiterarse en conjunto mejor, tal como las grandes empresas automovilísticas cambian cada año el picaporte de las portezuelas o los ceniceros de los coches con el fin de vender como último modelo una mercancía vieja y quizá incluso secretamente degradada. Fenómeno interesante que viene a corroborar lo dicho es la creciente dificultad con que se tropieza al intentar diferenciar entre si los grupos o sistemas políticos. Como el lenguaje propagandístico esta ya sumamente codificado y admite pocas variaciones eficaces para el éxito electoral -al estudio y clarificación de los problemas ya se ha renunciado casi de antemano-, todos los políticos se ven constreñidos a manipular poco más de una docena de términos-fetiche (justicia, democracia, ley, progreso, orden, bienestar, libertad...), lo que acaba en una desconcertante identidad entre los dogmas y proyectos de los partidos más dispares: dado que cada cual, al mezclar sus fichas verbales, está no sólo pendiente de promocionar su ideario sino de desestribar al del vecino, las combinaciones de los lemas se entrecruzan y superponen como el juego del Scrable, resultado que si tú me pones (riqueza) yo te pongo (justicia) y a partir de tu (bienestar} yo te escribiré mi (libertad)... Nadie renuncia a ningún grito de guerra y, en el guirigay, todos suenan a lo mismo. Se dan todos los días, con aparente naturalidad, autoritarismos sin otro objetivo explícito que la defensa de la libertad, democracias que en nombre de la ley y el orden excluyen de los cargos públicos a buena parte de los ciudadanos y regímenes que por morde la más estricta justicia practican un colonialismo descarado. Naturalmente, los suplementos apoliticismos que proponen grandes objetivos nacionales más allá de las disensiones de la (partitocracia) también esgrimen los más consabidos verbalismos de la quincallería política, con el redoblado frenesí de pretender que en su caso no son frutos del pathos ideológico, sino puras y nudas cuestiones de hecho. ¿Y qué diremos de la zarabanda de las siglas, de las divisiones y subdivisiones de conjunto tanto más empeñados en diferenciarse unos de otros cuanto que son incapaces de inventar nada medianamente distinto de lo que hay? Cada grupo enfatiza su dudosa identidad con calificativos garantizadores de pureza de origen, Auténtico, Histórico, Ortodoxo, Radical, Verdadero... tal como la propaganda comercial se ve ya obligada a pregonar el café-café o el (éste sí que lava más blanco): en el reino de la pura indiferenciación y de la proliferación de lo idéntico, la diferencia es la mercancía más prestigiosa y también la más falsificada, porque hace tiempo que desapareció del mercado.
La mirada más desprejuiciada que se pasee por el mapa-mundi no descubre auténticos enfrenamientos ideológicos ni disensiones relevantes entre apuestas concepciones de lo más valioso, sino viejas querellas nacionales y pugnas entre distintas oligarquías por conservar el poderío económico y el control social. Los brotes que parecen apuntara algo diferente son de inmediato desprestigiados teóricamente por todos los estatismos de izquierda y derecha, hasta ser aniquilados por la fuerza bruta. El hecho de que haya países más habitables que otros parece depender más de azares individuales que de leyes políticas de ningún tipo: bajo ciertos dictadores ineficaces o corruptos se goza de más autonomía que en algunas democracias ordenancistas y hay casos en que los trabajadores pueden encontrar más ventajas inmediatas en verse despojadas de la plusvalía por sus patronos liberales que por una burocracia estatal. Las desconcertantes sutilezas de los asuntos exteriores de China Popular muestran bien a la claras la pluralidad de niveles que deben acatar los revolucionarios que no renuncian a hacer política. A fin de cuentas, éste es el verdadero problema: la irreductible oposición entre lo político y lo revolucionario. Es tan falso creer que lo uno lleva a lo otra como suponer que el mejor camino para alcanzar la plenitud amorosa pasa por la castidad. La revolución aspira precisamente a dedicarse a esos problemas que realmente preocupan a la gente y de los que distrae la política, según el dictamen de Valéry. El principal de esos problemas, algo así como la matriz abstracta en la que todos los temas circunstanciales se dan, es la existencia misma del poder como oligarquía jerárquica que controla a una masa sometida a la ley del trabajo, es decir, a la producción dividida y asalariada de mercancías. Esto no describe ningún sistema político determinado, sino la entidad llamada Estado moderno. La política es el arte de mantener y barnizar el Estado, mientras que la tarea de la revolución es suprimirlo. La forma de incidir el Estado en la vida cotidiana es a través de la necesidad y la muerte: éstos son los rostros del poder que nos acosan en cada instante de nuestro juego creativo y pasional como carencia, ansiedad, abandono, represión, sometimiento, frialdad, desamor, soledad... y, por supuesto, miseria y explotación. La política pacta con la necesidad y la muerte, mientras que ta revolución se promete abolirías. En resumen, la política mantiene la escisión entre los especialistas en controlar y los obligados a padecer control, entre profesionales de la libertad y la justicia y quienes gozarán de éstas por participación espectacular en el relumbrar teórico y administrativo de los primeros. Los políticos no pueden arrogarse derecho alguno por delegación democrática, ya que tal delegación, cuando se da, parte de una interiorización por el súbdito de la separación entre la libertad o la autonomía y su resignada imagen, separación que es el secreto del poder y cuya revocación es la primordial tarea revolucionaria.
El lenguaje político, bruñido y polarizado por las exigencias de su aspiración al dominio, tiene tajantemente claro quiénes son los nuestros y quién es el enemigo: sobre cada tema, cuenta con segura y tranquilizadora doctrina. No gusta de las medias tintas, ni de la ambigüedad antipoliciaca de lo real: es totalitario siempre, por vocación. La decisión revolucionaria toma su bien allá donde lo encuentra, nunca descarta nada y confía en la aparente ineficacia de lo simpoder: sospecha que todo lo que hay ansia desmentirse y colabora en la medida de sus fuerzas en ahondar la lanzada de esta contradicción en el flanco de lo real. De algún modo, todos somos más o menos políticos, pues en el Estado no se puede ser otra cosa: pero en la medida en que hagamos activa nuestra desconfianza de la política, podemos llegar a conocer momentos revolucionarios.
Tomado del libro Para la Anarquía. Barcelona, Tusquets Editor. (Serie los Libertarios 8, dirigida por Ignacio Vidal y Pedro Costa Musté, Volumen 16). 1997.


















