La nueva dinámica de los partidos políticos. Marcelo Ramírez Ramírez

La nueva dinámica de los partidos políticos

En sentido lato, los partidos políticos tienen los más remotos orígenes, pues siempre que un grupo de personas se organiza para llevar al poder a uno de sus miembros, este grupo actúa en la línea de la más pura esencia política, en tanto ésta se define como lucha por el poder. Así, se habla del partido antimacedonio, al cual pertenecía Demóstenes, en la Grecia clásica; de güelfos y gibelinos en la Italia del Renacimiento, de federalistas y centralistas en el México de los primeros años de vida independiente. En todos estos ejemplos se trata, en realidad, de grupos o facciones, identificados por intereses y propósitos comunes, pero sin un programa, ni estructura, ni acciones debidamente concertadas y permanentes.

Por Marcelo Ramírez Ramírez (*)

En sentido estricto los partidos son instituciones de creación relativamente reciente. Su desarrollo expresa una necesidad de la actividad política, tal como se entiende y practica en las modernas sociedades industriales, fruto del capitalismo. En Inglaterra encontramos ya formas partidarias desde comienzos del siglo XVI, pero el verdadero surgimiento de los partidos se da durante el siglo XIX en la propia Inglaterra, en Francia y en los Estados Unidos, país este último que cuenta con el sistema de partidos más antiguo del mundo, es decir, desde el año de 1828. Los partidos configuran una institución clave en la lucha democrática por el poder, que será imitada por los demás países con mayor o menor éxito. Aunque el contagio cultural es uno de los mecanismos mediante el cual los grupos humanos se apropian de soluciones inventadas por otros grupos, muy a menudo, como sucedió en este caso particular, la adopción de los partidos por países como México, que recién había obtenido su independencia, no siempre correspondió al grado de evolución de las demás instituciones sociales y políticas, ni al nivel de cultura y experiencia democrática del pueblo. En nuestro país, sólo un pequeño grupo de ilustrados aspiraba a crear la república federal, a semejanza del modelo que rápidamente se consolidaba en el vecino país del norte. En la práctica, los intereses representados por los partidos Liberal y Conservador fueron tan irreconciliables, que se hizo imposible cualquier acuerdo o lucha civilizada entre ambas facciones. El conflicto sólo podía culminar con la victoria letal de uno de los adversarios, lo que efectivamente aconteció con la Revolución de Ayutla en 1855, al conseguir los liberales la caída de la dictadura santanista.

La comprensión de que la modernidad política en México no puede ignorar la época prehispánica, ni tres siglos de dominio colonial, que nos dejaron una herencia de centralismo, patrimonialismo, corporativismo y la sacralización de la figura que encarna el poder, es fundamental para llevar a cabo una lectura correcta de las características más sobresalientes de nuestra vida política; características que impiden el desarrollo normal de las instituciones democráticas, tales como la centralización burocrática, la corrupción de los funcionarios públicos o el presidencialismo.

Apenas a unos cuantos años para que concluya el siglo XX, es cuando los partidos políticos pueden reclamarla función de verdaderos y únicos medios para alcanzar el poder; ello, sin embargo, con limitaciones que deben ser superadas con el fortalecimiento de una auténtica cultura democrática, que haga posible el funcionamiento efectivo de las reglas y las instituciones de la democracia representativa. Un avance indudable es la existencia del pluralismo de la sociedad mexicana que ya encarna, si no plenamente, sí en buena medida la idea de sociedad moderna. Hablar de los partidos y de la nueva dinámica que habrán de cumplir, es, por tanto, asumir la causa de la democracia, como la solución más positiva, dentro del horizonte mental de nuestra época, de los problemas nacionales. El resultado final de esta nueva dinámica partidista, será la formación de un verdadero sistema de partidos que permita la competencia civilizada, transparente y digna de crédito por el poder.

El debate sobre qué tiene prioridad, si la economía o la política, toca uno de los temas medulares para la suerte de la democracia. Desde una perspectiva imparcial, resulta evidente que la prioridad de la política corresponde a un proyecto comprometido con el desarrollo democrático. En efecto, si se concede la primacía a lo económico y se posponen las reformas políticas, por el temor (por otra parte muy comprensible), de crear situaciones de ingobernabilidad, estamos ante una actitud que puede definirse como típicamente tecnocrática. En el pasado, simplemente se alegaba la incapacidad del pueblo para gobernarse, como justificación del paternalismo autoritario. André Gorz explicó con lucidez el fenómeno de la dictadura stalinista, la cual legitimaron sus defensores dentro y fuera de la URSS, por la necesidad de una conducción enérgica del nuevo Estado socialista, acosado por enemigos demasiado poderosos. Pero al mismo tiempo, explica Gortz, Stalin utilizó esa necesidad histórica para profundizarla aún más, posponiendo indefinidamente soluciones compatibles con el humanismo socialista, cuyos principios habían proporcionado un sólido sustento ideológico a los bolcheviques en su lucha contra la opresión de los zares (1). Ahora bien, si con todos los riesgos que ello implica, se concede prioridad a lo político, planteando un proyecto global de desarrollo, fincado en la participación de la sociedad, entonces estamos ante un estilo democrático de gobierno. Raymond Aaron sostiene la tesis de que la solución democrática conlleva a la postre una mejor solución de la problemática económica y aduce el caso paradigmático de la economía altamente centralizada de la URSS, cuyos resultados fueron negativos. El punto de vista de Aaron parece estar avalado consistentemente por la experiencia de los principales regímenes constitucional-pluralistas a lo largo de nuestro siglo, los cuales obtuvieron mejores resultados económicos que los países del bloque socialista (2).

Ahora bien, los partidos políticos son los instrumentos reconocidos para dar cauce a los intereses de los diversos grupos que buscan el control del aparato estatal. Los tratadistas ofrecen las más variadas definiciones, de acuerdo con la perspectiva teórica adoptada en el análisis del fenómeno político. Para Hans Kelsen,... los partidos políticos son factores en la formación de la voluntad estatal que agrupan a los hombres que coinciden en la misma opinión, asegurándoles su participación en la marcha de los asuntos públicos... (3) Según Edmundo Burke, un partido es ...una reunión de hombres que aúnan sus esfuerzos para ponerlos al servicio del interés nacional, sobre la base de un principio al que todos se adhieren... (4) Alfredo Povia expresa que un partido político es una agrupación permanente y organizada de ciudadanos que mediante la conquista legal del poder público se propone realizar en la dirección del Estado un determinado programa político social (5).

Para efectos de nuestra exposición, resulta valioso el punto de vista de Jean Charlot, pues considera a los partidos con una óptica integral. Para él, los partidos políticos se definen por las siguientes características:

  1. Una organización durable, es decir una organización cuya esperanza de vida política sea superior a la de sus dirigentes;
  2. Una organización local bien establecida y aparentemente durable, manteniendo relaciones regulares y variadas con el escalón nacional;
  3. La voluntad deliberada de los dirigentes nacionales y locales de la organización de turnar y ejercer el poder solo o con otros, y no simplemente de influir en el poder;
  4. El cuidado, finalmente de buscar un sostén popular a través de las elecciones o de cualquier otra manera.

En México existen diversos partidos que satisfacen estos requisitos en mayor o menor medida. Por ahora hay cuando menos dos con la capacidad real para contender por el poder y, eventualmente, llegar a ejercerlo a escala nacional. Nos referimos al PAN y al PRD. En los ámbitos municipal, regional y estatal, hay ya presidentes municipales, diputados y senadores de ambos partidos. El PAN tiene además en su poder tres gubernaturas. El PRI, actualmente en el poder, encara el reto de mantenerse en él y este tema será motivo de algunos comentarios más adelante. El PT buscará consolidarse en Ira próximos años y otros como el PPS, el PVE, el PARM, el PFCRN y el PDM, deberán intensificar su trabajo de proselitismo, para conservar sus espacios y, eventualmente, crecer en la preferencia del electorado mexicano.

Sobre el PRD habría que hacer un análisis cuidadoso de sus posibilidades y sus contradicciones internas. Nos limitaremos a unas cuantas observaciones de los que se presentan como los problemas fundamentales de este partido. La lucha por el liderazgo ha debilitado su imagen publica, al evidenciarse el protagonismo de algunas de sus principales figuras, protagonismo que muchos consideran excesivo. Pero tal vez el aspecto más delicado para que el PRD alcance su identidad, es la diversidad de procedencias de sus guías ideológicos, la cual se traduce en una mezcla perturbadora para los propios simpatizantes y para quienes tratan de entender el marco de referencia de las tesis y posiciones de este partido. Alguna vez apareció en la revista Nexos, una interesante y coherente propuesta ideológica de Adolfo Gilly, la cual no prosperó, sin duda por el inevitable tono radical y de orientación anarquista, característico de su autor. Desde entonces, no se conoce, que sepamos, otro intento sistemático en la misma dirección. En su nueva dinámica, el PRD está urgido de resolver el problema de su identidad, a fin de presentarse ante el electorado como una opción viable. Lo que podría llamarse el período de gracia del PRD ya pasó y en adelante, además de su fuerza contestataria, la sociedad espera una propuesta alternativa clara a la del partido en el poder. Al parecer, la dirigencia de Manuel López Obrador parece haber asumido este hecho con toda decisión. Si dicha línea vence las resistencias al interior del propio partido, el PRD estaría creándose su propio espacio político a partir de propuestas que puedan ser aceptadas o rechazadas en términos de su consistencia racional. El ser un partido de oposición con pocos años de experiencia, es un factor limitante reconocido en Veracruz por algunos miembros de su dirigencia, como puede verse en el documento autocrítico difundido por la Secretaría de Organización del PRD, con motivo de su Segundo Congreso Estatal. En una parte significativa de dicho documentos se lee: nuestro mayor déficit se localiza en la práctica política, que está lejos de una identidad democrática. No hemos sido capaces de procesar nuestras diferencias a través de métodos democráticos, con elevado debate de ideas y respeto. Nuestros pequeños espacios de convivencia fácilmente se enrarecen con intrigas, calumnias, descalificaciones (6). Tales juicios resultan reveladores y pueden aplicarse al PRD a escala nacional.

El PAN tiene tras de sí un largo historial que lo provee de experiencias invaluables como partido de oposición y cuenta con una doctrina político-social, inspirada en la filosofía perennis y, más concretamente en el humanismo cristiano, cuyo punto de referencia es la persona humana. La doctrina social de la Iglesia Católica con su énfasis en el papel social del capital, permea las propuestas panistas, por más que los militantes de este partido, sostengan que su doctrina es una aportación de los ideólogos del PAN. Basta revisar los nombres de estos ideólogos y su formación académica, para constatar de dónde proceden los principios y tesis del panismo. Debe decirse, por lo demás, de quienes fundaron y pusieron las bases doctrinarias de Acción Nacional, que jamás negaron su compromiso con el pensamiento tradicional. Así pues, en lo que se refiere al blanquiazul, lo decisivo no sería la coherencia de la doctrina, sino la congruencia de la práctica política con la premisa doctrinaria. No pocas veces se ha acusado a este partido de haber entrado a una etapa de pragmatismo en la cual han salido perdiendo los principios a cambio de la obtención de posiciones de poder. En el futuro inmediato y en los próximos años, será muy interesante observar la forma en que el PAN logra conciliar las exigencias de la doctrina con el ejercicio efectivo del poder. También veremos si es capaz de encauzar por el buen camino a los representantes populares que, en la práctica cotidiana, desvirtúan el uso del poder público, incurriendo en errores y vicios que han señalado con índice de fuego a sus adversarios políticos. El asunto reviste más importancia en 1a medida en que el PAN, preocupado por avanzar en la lucha electoral, entrega candidaturas a personas de una formación panista dudosa o francamente ajenas a este partido. De cualquier manera, las consideraciones anteriores nos llevan a meditar hasta qué punto la responsabilidad de la conducta política debe atribuirse a los partidos y hasta dónde compete a los agentes reales, concretos, del quehacer político, es decir, los individuos. ¿Cómo deslindar la condición humana de la influencia del clima partidista?

¿Por qué, sería la pregunta, es hasta ahora, en la última década del siglo, cuando la oposición del PRI se toma efectiva y se presenta la posibilidad real de crear un genuino Sistema de Partidos? La respuesta más simple sería que apenas en estos últimos años, como ya veíamos, el país ha iniciado su ingreso en la modernidad. Por otra parte la clase dirigente, no siempre propició las circunstancias adecuadas para el desarrollo democrático de nuestra sociedad. Cada sexenio ha estado marcado por la personalidad del presidente en turno y los intereses de los diversos grupos, sin duda, han pesado en el difícil camino que ha tenido que recorrer el Estado de Derecho en México. A menudo fue más fácil apoyarse en las estructuras tradicionales de poder, que enseñar a la gente a participar en la solución de los problemas. En diversas oportunidades se escucha el juicio de que los factores políticos que Porfirio Díaz puso a su servicio para gobernar, son los mismos que los regímenes revolucionarios vinieron utilizando hasta el período de López Portillo. Si tales recursos dieron tan buenos resultados, argumentan algunos priístas, ¿por qué cambiar? Los caciques regionales, los líderes vitalicios, la cooptación, el recurso de la fuerza y la intimidación para convencer alos reacios, son formas elementales de control político que, como todas las cosas, deben dar paso a formas más altas, correspondientes a nuevas etapas de nuestro desarrollo sociocultural. No concebir otros esquemas fuera de los tradicionales, es, sin duda, falta de imaginación política, provocada por un falso e interesado sentimiento de lealtad a una etapa que cumplió su ciclo. Aquí se nos presenta el eterno problema de la vida democrática: no podemos dejar las decisiones más importantes al pueblo, mientras no esté preparado para tomarlas y no podrá estar preparado nunca, si no empieza a ejercer sus derechos políticos. La democracia, por tanto, se plantea en buena medida como un asunto de decisión: En un momento determinado de su historia, los pueblos deben decidirse a tomar en serio la responsabilidad de una vida común en la libertad. Por contrapartida, en las autoridades debe alentar la voluntad de respetar, encauzar y apoyar las inquietudes democráticas de los gobernados.

En el pasado el PRI cumplió una función necesaria en muchos sentidos. Destacar exclusivamente el lado negativo de la herencia priísta, puede entenderse desde la óptica de los intereses partidarios, pero no resulta válido cuando se trata de encontrar el sentido profundo de nuestro desarrollo político. Un hecho resulta innegable y es que mientras en otros países latinoamericanos la lucha por el poder los mantuvo en una crisis casi permanente, en México el control priísta favoreció una larga etapa de tranquilidad y desarrollo de la sociedad, que incluye la aparición y consolidación paulatina de una nueva conciencia de los derechos y responsabilidades de los ciudadanos, de los partidos y de los actores políticos en general.

El error más grave del PRI, sería pretender mantenerse como partido hegemónico en las nuevas circunstancias que este partido ayudó a crear y que debe reivindicar como uno de sus mejores logros. El nuevo escenario de la contienda política es una nación con mejores niveles de escolaridad, con numerosas ciudades medias y otras muchas que rebasan el millón de habitantes, sin contar un Distrito Federal que con los asentamientos conurbados del Valle de México, constituye un reto susceptible de afrontarse con éxito, sólo mediante el método de la participación democrática. Como se ha dicho en reiteradas ocasiones, el nuevo escenario de la lucha por el poder, está enmarcado por una sociedad más crítica, más informada e interesada en las ideas, las acciones y la actuación de sus gobernantes. El electorado nacional ha llegado a cobrar conciencia del valor del voto y en cada nueva elección, estará más decidido a hacer prevalecer sus preferencias.

En lo concerniente al gobierno y los partidos, el escenario político determina una reorientación fundamental de actitudes y conductas. De parte de aquél, las sucesivas reformas a la Ley Electoral han representado avances significativos y con la última se garantiza a cada partido los recursos materiales, el respeto y los instrumentos jurídicos adecuados piara cumplir con su trabajo en cada una de las fases del proceso electoral. Con todo, parece conveniente hacer una observación: la Ley Electoral establece las condiciones objetivas, ideales si se quiere, para la confrontación; no obstante, las actitudes, los valores y la conducta de los candidatos, militantes, representantes y dirigentes de los partidos es la mejor garantía para alcanzar elecciones transparentes, limpias y confiables. Podríamos llamar a la lucha efectiva entre los hombres y los partidos, el nivel existencial de la política, un nivel donde las mejores intenciones a menudo se extravían bajo el influjo y el peso de los intereses concretos y las pasiones de los contendedores. Los hábitos democráticos de una colectividad se forman en la congruencia entre el pensar y el hacer y debe reconocerse que esto en política es tarea difícil. Nuestra esperanza de alcanzar una vida democrática más plena, radica en darle cumplimiento a la regla de oro que invita a igualar la vida con el pensamiento.

La tolerancia, -subrayemos esta verdad de Perogrullo-, se hace un hábito siendo tolerantes; el diálogo se vuelve el método normal para llegar a consensos o definir al menos las respectivas posiciones, utilizándolo con convicción y no como un mero ardid para ganar tiempo; el respeto es auténtico, cuando se conceden al adversario los mismos derechos que reclamamos para nosotros; la credibilidad en fin, se consigue cuando aprendemos a cumplir nuestra palabra y nuestros compromisos, provocando idéntica respuesta en los demás.

Con todo esto nos estamos refiriendo ya a una nueva dinámica de los partidos políticos, como vía idónea hacia el papel que los partidos están llamados a desempeñar en la transición democrática. Los partidos son meros instrumentos al servicio de la política. Hacer más política y mejor política, según fórmula de Jesús Reyes Heroles, será más factible si los actores políticos y en primerísimo lugar los partidos, asumen los valores, los deberes y las tareas de la competencia democrática en el plano ideológico, doctrinario y, lo que es más importante, en el nivel existencial a que hemos aludido.

La redefinición de la relación entre los partidos políticos y la sociedad, así como entre los partidos políticos y el Estado, es hoy por hoy una de las tareas más urgentes. En esta redefinición, el PRI tiene el deber de hacer su parte y hacerla sin autoconcesiones, que únicamente pueden perjudicarlo en las futuras contiendas. Por ser el partido mayoritario, el PRI tiene la mayor responsabilidad, pues su transformación, puede representar uno de los pilares más firmes en que se sustenten los cambios democráticos del país.

Un partido lucha por el poder para llevar a sus hombres a los cargos de gobierno y, desde el gobierno, imponer un determinado rumbo al país, imponer determinadas políticas, un proyecto de nación. De esto no puede culparse al PRI y tampoco se le puede pedir que renuncie al objetivo de hacer prevalecer su programa de gobierno, aprobado por el electorado al votar por esa opción política. Sería ilusorio y carente de sentido, imaginar a un partido triunfador sin un conjunto de propuestas y de temas para ser llevados a la agenda nacional. Me detengo en estas consideraciones, para evitar equívocos y deslindar con toda nitidez lo que es legítimo de lo que puede no serlo o incluso resulta una propuesta falaz. En este contexto, es perentorio que el PRI renuncie a beneficiarse, a la sombra del poder, con apoyos y recursos públicos, no sólo no establecidos en la ley, sino expresamente prohibidos por ella. El PRI necesita ser, cada vez más un interlocutor positivo de la sociedad; procesar las demandas sociales y transformarlas en programas viables de gobierno, que hagan prevalecer el imperio de la ley, impulsen el desarrollo económico, promuevan la educación y la investigación, propicien el equilibrio de las regiones y combatan con eficacia la desigualdad y la pobreza de millones de mexicanos.

En cuanto a ser interlocutores de la sociedad, otro tanto podría decirse del PAN, el PRD y los otros partidos, a fin de que estén en aptitud de dar a conocer al electorado la filosofía social, el contenido de sus propuestas y las políticas y programas mediante los cuales darían cumplimiento a sus promesas de campaña. Como arma política, la crítica al gobierno y al partido mayoritario tiene su justificación, pero si la oposición piensa a su vez en llegar a ser mayoría, debe probarla capacidad de ofrecer su propio proyecto político alternativo que, respecto al PAN, puede ser claro, pero no lo es aún respecto al PRD. Más allá del discurso contestatorio, si el PRD logra condensar un conjunto de propuestas para un electorado potencial que espera señales más claras de este partido, estará en situación de ocupar su lugar dentro del sistema partidista que empieza a tomar perfiles más nítidos de México. Así, utilizando una terminología convencional, tendríamos por ahora al PAN, situado hacia la derecha del espectro político; al PRI situado como un partido de centro amplio, según lo quería Luis Donaldo Colosio; al PRD, como un partido de centro izquierda, aunque con un compromiso expreso con las reglas de la democracia. Y en fin, los demás partidos podrán ocupar su espacio político y participar en la dinámica democrática bajo la cual puedan crecer, cooperando con ello a darle fortaleza a la Nación.

Notas

  1. Gorz, André. Historia y Enajenación, México, Fondo de Cultura Económica.
  2. Aaron, Raymond. Dieciocho Lecciones sobre la Sociedad Industrial, Barcelona Seix Barral, S.A., 1965.
  3. Partidos Políticos. Pasado y Presente, Comisión Estatal Electoral del Estado de Veracruz-Llave.
  4. Ídem, p. 7.
  5. Charlot, Jean. Los Partidos Políticos (Traducción de Monserrat Baras, Jesús Rodes), Barcelona, España, A. Redondo Editor, 1971.
  6. PRD, Documento Crítica Interna al PRD, 1996.

* Este ensayo forma parte del libro Modernidad y Política, publicado por la Universidad de Xalapa, cuyo autor, el Maestro Marcelo Ramírez, es Secretario Académico de dicha institución educativa.