La insoportable levedad del compromiso. José Luis Cerdán Díaz

Elecciones y discursos

La insoportable levedad del compromiso

José Luis Cerdán Díaz *

La política electoral de las campañas en la contienda electoral veracruzana, aparece ante el electorado con uno de los signos más contradictorios de la globalización: el pragmatismo, con cuyas reglas se pretende posicionar las candidaturas. Lo que implica tal pragmatismo es la unanimidad en causas y promesas enarboladas por cada candidato, y de ello deriva tanto la ausencia de compromisos en cuanto a los intereses del elector como la indiferencia de partidos y candidatos en su mayoría- a las circunstancias sociales que vive cada sector votante.

Los procesos sociales y políticos, particularmente los asociados con la idea de la transición, requieren ser analizados a través de referentes, pues en las diversas coyunturas identificables nunca se puede precisar con exactitud el rumbo, el ritmo, la pertinencia y a veces ni siquiera la certidumbre de la dinámica en proceso.

Las señales suelen ser contradictorias. Peor aún, algunas pasan inadvertidas o se interpretan mediante lecturas inmediatas, teñidas de pasión o falta de elementos para poner la suficiente distancia analítica y garantizar, con ello, un punto de vista objetivo, si tal cosa es posible.

Veracruz atraviesa precisamente por una coyuntura crítica difícil de describir ahora mismo. Pueden observarse los antecedentes y los datos que se acumulan día con día, todo lo cual permite un acercamiento a la realidad política estatal, pero nadie puede establecer un escenario seguro para el 2 de agosto próximo, sobre todo por la forma en que se han comportado los votantes veracruzanos en las últimas elecciones federales y locales de 1997.

Es la democracia, se dice. Es la incertidumbre, la impredicibilidad inherentes a toda democracia que se respete.

Parece cierto, pero no es suficiente como explicación, porque si de algo empezamos a estar seguros hace unos cuantos años es de que los partidos políticos empiezan a ser rebasados por organizaciones civiles no partidistas. No pocas veces han alertado acerca de esto que consideran un riesgo para la gobernabilidad e incluso para la estabilidad social.

Por ello mismo preocupa que los principales partidos en la contienda electoral veracruzana presenten rostros y discursos que se difuminan, se tornan borrosos, no se reflejan ni se reconocen en su propia propaganda. Sus principios básicos, algunos realmente históricos, sufren el reacomodo pragmático a través de las nuevas técnicas del llamado marketing político, tan en boga en México.

Los ciudadanos percibimos personajes, ideas, conceptos, propuestas y, muy lejos, a veces indistinguibles, partidos más o menos estructurados. Los votos serán, en consecuencia, más en función de los personajes y menos para los partidos en esencia, lo cual hace tan inestables la composición política, las corrientes y las simpatías de los ciudadanos y, por lo mismo, tan incierto el resultado en cada elección.

Esta reflexión apresurada prefigura ciertamente un contexto de partidos cada vez más débiles, cada vez menos identificados con segmentos fijos de población. A cambio, supone una dinámica político /ideológica inusual hasta hace poco, por lo que hace a los constantes reacomodos en las preferencias electorales.

¿Esto es bueno o malo para nosotros? Lo dicho: la coyuntura que vivimos es ilegible en blanco y negro. La respuesta, en todo caso, la dará el tiempo. Pero ahora, lo único imperdonable sería que esta circunstancia de partidos light y candidatos ad hoc, inhibiera la voluntad ciudadana de votar.

Como quiera que sea, la disputa se está planteando en los términos de la mercadotecnia al uso, básicamente centrada en construcciones discursivas generalizadoras, poco comprometedoras en lo específico y, .sobre todo, elusivas de asuntos polarizadores.

Esto último se manifiesta en la lógica política de la inclusión, pero se explica en los criterios publicitarios que suponen la difuminación de las fronteras sociales, políticas, ideológicas e incluso morales. Todo publicista sabe que el mensaje asociado a su producto no debe (amenos que así se lo proponga por alguna razón especial) excluir a nadie, que no debe confrontar posiciones divergentes y menos incluirse en el terreno de las disputas enconadas.

A semejanza de esos procedimientos técnicos y recogidos de la idea central de una inconformidad generalizada con la situación que se vive actualmente, los discursos propagandísticos en las presentes campañas hacen énfasis en recursos retóricos (el cambio es el más importante) pero -salvo momentos que quizá puedan identificarse como deslices personales o partidistas- no comprometen ideas o proyectos que puedan suscitar polémica o controversia. En general, los candidatos no "toman partido" frente a asuntos neurálgicos que suponen una irremediable inclinación hacia uno de los polos en conflicto. Prefieren navegar en las tranquilas aguas de la indefinición, las generalizaciones, los llamados a la concordia, las promesas de "estudio", las soluciones supuestamente salomónicas y, en última instancia, la evasión.

Salvo casos contados, en los que puede observare congruencia entre principios partidistas y discursos de campaña (aquí es destacable el caso de Arturo Herviz, abanderado del PRD, que es el único candidato emanado propiamente de la estructura de su partido) la mayoría de los pronunciamientos se mueven en el espacio de las convicciones personales o los conceptos prearmados desde el diseño mercadológico de las campañas. Responden, por ello mismo, a la necesidad de brindar, por igual a tirios y a troyanos, la seguridad (o cuando menos la esperanza) de que sus posiciones, sus intereses y sus expectativas se verán representadas en el hipotético próximo gobierno que encabezará quien tiene el turno en el habla, sin importar que, en ese ofrecimiento, se dé la razón a todos o se asuman compromisos contradictorios sin rubor alguno.

Asistimos a un espectáculo montado sobre la base de operaciones discursivas que traducen el conflicto en arrellanadas formas de consenso aparente: todos proponen el cambio, todos quieren el desarrollo, ninguno muestra un compromiso específico en relación con el rumbo, los costos inherentes e ineludibles de sus propuestas, los -sectores que entrarán de lleno y los que deberán posponer o cancelar sus intereses, legítimos o no.

Esto da sustento al bajo perfil de las campañas, cuya principal características es la ausencia de debates a fondo, de confrontaciones serias que devienen natural y explicablemente en planteamientos excluyentes, porque ningún proyecto político contemporáneo puede aplicarse, sobre la base de una sociedad desigual, pretendiendo la unanimidad de los beneficios prometidos. Lo que en la práctica se verifica es un modelo rosita y simplón de la utopía: todos caben, no hay problema.

Debe considerarse, sin embargo, que las grandes corrientes ideológicas que polarizaron y definieron al mundo entero hasta hace relativamente poco tiempo, dejaron su lugar a las propuestas neutralizadoras que ahora configuran el espacio ideológico de la llamada globalización. No constituye este fenómeno lo que en su momento se denominó "el fin de las ideologías" sino más bien es reflejo de la nueva composición de fuerzas políticas y, sobre todo, la aparición de nuevos sujetos históricos que rebasan, con mucho, las antiguas clasificaciones a partir del concepto de clase. Pero los postulados partidistas asumen esta realidad todavía en función de plataformas políticas y propuestas fundadas en principios básicos, en cuerpos axiológicos estructurados y en visiones globales de un país, una sociedad y un ser humano determinado. En general, compromisos histórico/morales que -insisto- no aparecen reflejados en los discursos de las campañas que tienen ahora lugar en Veracruz.

El asunto no es nuevo, pero cada vez resulta más acentuado y esto ratifica la perspectiva del lora profile que se advierte en los discursos electorales.

Por supuesto, no debe descartarse que, en las próximas semanas, las campañas ingresen al terreno de los compromisos aventurados y, de esa forma, se revisen los conceptos centrales que las han animado hasta ahora. Pero lo que no veremos será la vuelta a la congruencia con los principios partidistas (otra vez: quizá con la excepción de la campaña perredista) pues no aparecen en el panorama preelectoral condiciones para que talcosa ocurra.

Estaremos en temporada de definiciones, pero en éstas no se podrá encontrar la recurrencia a valores que, durante años, definieron los espacios políticos /ideológicos en disputa. Después de todo, la postmodernidad a la mexicana implica eso: ante el riesgo de convertirse en estatuas de sal por voltear al pasado, las apuestas electorales consideran preferible no comprometerse con nada en concreto. No vaya a ser la de malas y resulte una obligación gubernamental.

* José Luis Cerdán Díaz es licenciado en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por la Universidad Veracruzana, con maestría en Sociología por la UNAM. Actualmente es secretario académico y maestro de tiempo completo de la Facultad de Ciencias y Técnicas de Comunicación de la UV.