La difícil unidad en la diversidad. Mariano Báez Landa
La difícil unidad en la diversidad *
Mariano Báez Landa **
La única posibilidad de que las autonomías existan está en construirlas en la interacción con aquello de lo que se pretende ser autónomo. En el caso de las regiones indígenas de México, su autonomía se establecería frente a la sociedad nacional, y principalmente frente al sistema que la organiza.
El doctor en antropología social Mariano Báez Landa, hoy director del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social del Golfo (CIESAS-Golfo), afirma que la influencia de las comunidades y pueblos indígenas en la historia de México se ha planteado desde la disyuntiva de entenderlos como un contingente donde hay convergencias, divergencias y que tiene un papel activo en la historia; o como comunidades cerradas, intactas, que hoy intentan incorporarse, desde el punto de vista "clásico'; al desarrollo del país.
En el México de hoy se peca de mala fe y de incompetencia para superar la situación de aquellos asuntos que tienen que ver con la democracia, la autonomía y los pueblos indios. Hay una diferencia muy grande en los contextos que en otros países y regiones del mundo permitirían discutir, aportar y proponer soluciones a condiciones como las que actualmente privan en México.
La culpa no sólo es de un sistema gubernamental como el nuestro, debemos asumirla prácticamente todos, la sociedad en su conjunto. Los mexicanos tenemos poca tradición de debate, de discusión propositiva y de preocupación sobre los temas centrales del país.
Por ello, algunos puntos me parecen sumamente polémicos en cuanto a la posible instauración de un sistema democrático en México. Es decir, de este juego de mayorías y minorías y de disenso, porque el disenso es parte fundamental de un sistema democrático. No podemos pensar todos igual; si lo hiciéramos, la especie humana desaparecería.
El peso de la historia
Las comunidades y pueblos indios en la historia de México han sido enfocados desde la disyuntiva de verlos como un contingente donde hay convergencias, divergencias y que tiene un papel activo en la historia; o como comunidades cerradas, intactas, que hoy quieren ser diferentes e intentan incorporarse, desde el punto de vista "clásico", al desarrollo del país.
En descarga a la crítica que ha recibido Guillermo Bonfil Batalla en cuanto a su concepción de lo etnicista, quisiera mencionar que tanto en "México Profundo" como en buena parte de su obra, el papel activo de los indios representaría tradiciones diversas y del mejor cuño para que esta sociedad pueda avanzar hacia épocas y estadios de mayor convivencia y tolerancia, porque los pueblos indios siempre han estado presentes en las grandes gestas de la historia de México.
La propuesta de Bonfil Batalla al respecto merece ser estudiada para entender la integración de la autonomía y el desarrollo mismo del país: hay procesos donde los pueblos se insertan, pero no tienen el control de las cosas, lo cual no significa que no tengan participación activa; si bien no tienen el control ni la hegemonía, sí están participando y eso es importante porque hoy participan también.
A muchos mexicanos nos sorprendió la impronta de enero del 94. Sin embargo, quizá nos sorprendió porque nuestra visión era aquella del indio "épico", encapsulada en la comunidad, en la idea de que se incorporaban o desaparecían.
Esta visión habita, o habitó en su momento, en los dos grandes polos de la concepción sobre lo indígena: tanto en el relativismo cultural como en el marxismo mecanicista indio, porque ambas corrientes establecieron que los indios, al pertenecer a un modo de producción antiguo, no tienen nada que aportar a la actualidad y desaparecerán como los campesinos frente a esa teoría de la industrialización de nuestra sociedad.
Hoy por hoy, efectivamente no han desaparecido, y además contribuyen a abrir una perspectiva de desarrollo para nuestro país. ¿Lo han hecho solos? Es decir: ¿La impronta del zapatismo es una participación de la comunidad o de los pueblos indios solos?, ¿lo han hecho cuestionando la sociedad mexicana o lo hacen dentro de un torrente de manifestaciones donde la cuestión indígena se incorpora como movimiento, como unidad y como individuos? Me parece que sería más justo reconocer que los indígenas se han movilizado todo el tiempo, están vivos y participan.
Unidad y diversidad
Si se compara el discurso del subcomandante "Marcos" con el que Bonfil Batalla expone en "México Profundo", nos encontraremos con aquella divisa que muchos políticos mexicanos, independientemente de su afiliación partidaria e ideológica, han acuñado hoy para su discurso: "México vive una lucha en la unidad pero respetando la diversidad". Es decir: que logrará una unidad como estado-nación en la medida que respete e incorpore esta visión de diversidad, esta tolerancia a lo diverso y lo distinto para entrar al siglo XXI.
¡Ojo con eso! En La Paz, Bolivia, bajando casi un kilómetro prácticamente en caída libre del aeropuerto a la ciudad, puede verse una gran placa que dice: "Bolivia se construye en la unidad respetando la diversidad". Eso lo puso seguramente alguno de los políticos o de los gobernantes que estudiaron ciencias políticas, antropología o sociología en México, y aquí recibieron esa aportación. Y no me parece una incongruencia, sino parte del momento que vive hoy Latinoamérica, donde esta divisa política venga de donde venga- es un asunto que hay que discutirlo y valorarlo.
Porque se llega finalmente a concluir, desde mi punto de vista, que hay un itinerario recorrido no sólo por el movimiento indígena sino por la propia política latinoamericana, donde lo indio -o lo que significarían los indios- se estaría refundando una teoría de lo social, de la convivencia, de la tolerancia y del desarrollo.
La condición individual
El hecho de que el liberalismo reivindique la condición individual frente a los derechos colectivos de las comunidades, me parece que también debe ser leído desde otra perspectiva. La humanidad ya pasó por experiencias de organización social y política dónde en nombre de la colectividad, de un estado social o de un colectivismo estatista se anula y pulveriza la condición individual.
Por propia experiencia observo que la vida de las comunidades indias no está sustentada en la anulación de sus individuos, ni en la pulverización de los intereses individuales. Las comunidades indígenas funcionan exactamente igual, desde ese punto de vista, que nuestra sociedad. En estas comunidades podemos ver envidia, una violencia impresionante, solidaridad -de la buena-,lucha política y disenso. Y los tratamientos que en las comunidades indígenas se llevan a cabo de tales asuntos son diversos aunque no tienen un sello propio.
Lo que sí tienen es una interacción impresionante con la llamada "sociedad mayor", nacional, porque las comunidades indígenas no son islotes, están navegando en las aguas de la globalización y de la construcción de nuevos proyectos nacionales.
En las comunidades se bebe cerveza de varias marcas, incluso importada; se bebe Coca cola desde hace muchos lustros; se consumen refacciones y artículos industriales hechos en Taiwan, en Indonesia, en Tepito. Hay muchos casetes, muchos discos compactos, usan lentes Ray Ban, jeans, y sin embargo ésta sigue siendo una comunidad indígena, aunque se transforma todo el tiempo y está adaptándose, se intenta incorporar a este asunto de la democracia, de la política y de la economía.
Del mismo modo, también tendríamos que sentarle un precedente de discusión acerca de la autonomía: ¿Hacia dónde nos llevaría la autonomía en términos de que estuviéramos reconociendo un estado "idílico"?
El estado idílico de las comunidades es aquella vuelta a la naturaleza para lavarnos y quitarnos toda la maldad que la nueva sociedad y los nuevos tiempos nos habían heredado. Esto fue criticado enormemente por aquellos verdaderos etnicistas y etnopopulistas de la época, quines consideraban que era como la vuelta a la naturaleza de aquella propuesta rosseauniana del " buen salvaje".
La Línea por construir
Respecto a la autonomía, en el caso de Chiapas se aborda más esta discusión. Cuando diversas personalidades fueron convocadas para que actuaran como asesores del EZLN, y éstas llegaron a la selva, la actitud de los asesores fue observar y conocer la línea del EZLN para entrar a defender sus intereses y apoyarlos, mas resulta que el LZLN les. dice la línea es que no hay "línea".
Y bueno, hay estupor, hay mucho interés y una gran satisfacción porque por primera vez, en una gran cantidad de años, los intelectuales escuchan de un movimiento de la trascendencia del zapatismo de Chiapas que propone a la intelectualidad, a la inteligencia mexicana y latinoamericana, que no hay "línea" porque hay que hacerla juntos, un diálogo. Entonces, el primer diálogo de esta década que en materia de autonomía intentó crear puentes de reconocimiento entre comunidad indígena, movimiento indígena y sociedad civil sería el que se dio en aquel momento, el cual abonaría el otro, el que surgiría tiempo después, el de San Andrés Larraízar.
Tengo la impresión de que ese primer diálogo entre los asesores, la sociedad y el movimiento -en este caso el Frente Zapatista, la comandancia y los pueblos- quedó inconcluso. Las condiciones del momento, evidentemente políticas y de coyuntura, obligaron a que se pospusiera.
Ahí hay algo qué debe analizarse con mayor detenimiento: hay colegas nuestros que trabajan dentro y fuera del área de guerra y nos comentan que también hay una visión muy idílica de esta conexión entre dirigencia y comunidades zapatistas. Eso debe desmitificarse porque hay que entender que las comunidades indígenas zapatistas son las mismas que han estado presentes en la historia de México y están presentes hoy, en la vorágine que significa ser modernos o posmodernos.
¿Qué pasó con ese diálogo entre el movimiento zapatista y los asesores? ¿Por qué se pospuso?
¿Qué significa autonomía?
Algunas de las asignaturas pendientes de los diálogos de San Andrés presentan aspectos relacionados justamente con los escenarios que plantea la discusión de la autonomía. Por ejemplo: la propuesta autonómica no surge directamente del planteamiento de los zapatistas; más bien se presenta con la necesidad de encontrar una medida de demanda frente a un estado y a un gobierno que evidentemente tiene características centralistas, autoritarias, y cuasi antidemocráticas.
Si esto es cierto, entonces las posteriores referencias al asunto de la autonomía tienen que ver justamente con la curiosa interrelación entre los diálogos por la autonomía, los imaginarios de la autonomía que tendrían en cada comunidad, cada dirigente, cada intelectual y cada asesor; las identidades, estos procesos coyunturales que establecen en un momento dado los lazos colectivos entre puntos de vista y demandas, y las ideologías que se reflejan las posturas respecto de la autonomía.
En esa situación, el concepto de autonomía no es único. No creo que una comunidad, indígena o no, tenga la posibilidad de formular una idea predeterminada de autonomía; pues la única posibilidad de que las autonomías existan es que se construyan en la interacción con aquello de lo que se pretende ser autónomo.
Hace unos meses, cuando nosotros preguntamos a un grupo totonaco qué significaba la autonomía, contestaron: "Para nosotros autonomía es que nos respeten los derechos básicos que están en la Constitución y los derechos humanos; eso es la autonomía para nosotros". Es decir: esa es su idea, la cual parte de su imaginario y de sus deseos de lo que sería la autonomía.
Seguramente en la organización de la nación purépecha, el concepto y la idea de autonomía será más elaborada en sus dirigentes, aunque habría que ir a las comunidades. Y esto mismo ocurre en Oaxaca, donde hay intelectuales indígenas de gran prestigio en sus pueblos, muy enterados del asunto, que tienen versiones muy elaboradas acerca de la autonomía, pero si vamos a las comunidades a preguntar lo que es la autonomía y cómo la están ejerciendo, el asunto quizá sea un poco diferente. En Oaxaca se habla hoy de reformas constitucionales profundas que les permiten a los derechos indígenas estar al mismo nivel de las garantías individuales y los derechos humanos, como si deveras fuera algo diferente.
Entonces ahí está el problema del relativismo. Creo que es muy sano disentir, el no compartir al 100 por ciento la opinión sobre la autonomía, es una condición necesaria para avanzar. En el momento en que esta diversidad se uniforma es fascismo, es decir: donde una sola persona, un solo líder ejerce una sola acción en nombre de la nación, en nombre de una cultura, en nombre de una raza, las cosas se ponen feas.
Niveles de discusión
Finalmente, en cuanto a la democracia, una de las grandes contribuciones del debate sobre la autonomía consiste en la posibilidad de relacionarlo con los requerimientos del cambio político y social en un país como México.
Los niveles en que hoy se discute esta relación autonomía / democracia en el país son diversos: el primer nivel, que me parece el más evidente y documentado, sería aquel donde entra en relación el movimiento -incluyendo partidos políticos-,los intelectuales y los dirigentes del movimiento.
Ahí, por ejemplo, una discusión centrada entre COCOPA, CONA1 y el Gobierno Federal implicaría la supremacía del interés de la política y de los pueblos. Ese es un nivel que, si bien no digo que no exista y que no deba hacerse, está descartando la incorporación de la comunidad, el espíritu colectivista o comunalista, a la discusión sobre la autonomía. Porque abajo entonces, ¿qué se teje, qué se arma, cómo se negocia, cómo se logra esa transición democrática de la cual tanto se ha hablado?
El otro nivel ocurre justamente en el diálogo que origina este episodio de los últimos años, entre la organización particular del zapatismo y los intelectuales asesores, aquellos efectivamente preocupados por ahondar, aclarar, construir nuevos referentes; y no tanto por la prisa para negociar la coyuntura.
Y el tercero me parecería el del horizonte, o sea: el poder discutir y proyectar el escenario que nos llevaría justamente a incorporar las iniciativas, desde abajo -de pueblos, comunidades, sociedades, grupos-para la construcción de un nuevo estado, de una nueva nación.
Ante eso, pregunto: la discusión de la autonomía ¿está fuera o esta dentro de la construcción de un nuevo país? Creo que estaría dentro. El problema está en los matices, en las ideologías que sustenten esto, en las identidades y los imaginarios que cada uno de nosotros tiene al respecto. La clave estaría en que quienes decidan la cuestión pudieran incorporar sabiamente los pros y contras de este paso que daría nuestra sociedad.
* Glosa de la conferencia "Democracia y pueblos indios", impartida en CETRADE el 27 de marzo de 1998.
** Mariano Báez Landa es doctor en antropología social. Actualmente es director del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social del Golfo (CIESAS-Golfo).


















