Cultura en Transición. 1968 y el proceso de democratización en México. Ernesto G. Fernández Panes

Cultura en Transición

1968 y el proceso de democratización en México

Ernesto G. Fernández Panes *

La historia de la transición democrática en México tiene las marcas de 1958, 1968 y 1988. Los movimientos masivos que identifican en lo simbólico aquellas fechas, en especial el del 68, dieron origen a la nueva conformación del México de hoy, donde pese a las graves dificultades es posible construir una democracia plena y equitativa. Tal es la consideración como testigo del movimiento, de Ernesto Fernández Panes, quien acompaña la narración de lo que por esos años ocurrió en Xalapa con reflexiones acerca del cambio mexicano.

El contexto y el movimiento del 68 en México

En 1968 estudiaba el primer semestre en la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Un año antes, siendo estudiante del último año de bachillerato en la escuela de bachilleres Artículo Tercero Constitucional, había ocupado la presidencia de la Sociedad de Alumnos y, a la vez, dirigía la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), en su Sección del Estado de Veracruz.

Durante el año de 1967, la actividad del movimiento estudiantil a nivel nacional era intensa. Se tenían los antecedentes de las movilizaciones importantes en la Universidad Nicolaíta, las luchas democratizadoras al interior de la UNAM y el Politécnico Nacional. Se tenía muy viva la lucha contra la intervención del gobierno norteamericano en Vietnam, y la llama de la Revolución Cubana y su influencia en el pensamiento revolucionario de América Latina estaba latente.

Cientos de jóvenes participábamos en foros, conferencias, asambleas y movilizaciones de solidaridad, donde se discutía la democratización de las universidades, se manifestaba la oposición al autoritarismo y a las políticas represivas que se habían dado desde 1958 contra ferrocarrileros, maestros y -en años posteriores- contra los médicos.

Siendo presidente de la Sociedad de Alumnos "Heriberto Jara Corona", de la escuela Artículo Tercero, hicimos un homenaje a tan destacado Constituyente en el Teatro "Ignacio de la Llave". También, estudiantes y maestros, organizamos con el Comité Ejecutivo una serie de conferencias en las que participaron, entre otros, el economista José Luis Ceceña y el escritor Hermilo Abreu Gómez, autor de la famosa obra "Jacinto Canek". Recuerdo que durante esas conferencias la sala grande del teatro citado estaba completamente llena, tanto por bachilleres como por estudiantes universitarios, profesores y público en general.

Muchos jóvenes teníamos conciencia de la política de hostigamiento y represión contra movilizaciones obreras y campesinas y sabíamos de la existencia de los presos políticos a raíz del movimiento ferrocarrilero encabezado por Demetrio Vallejo y Valentín Campa. Estábamos enterados de la lucha entre las dos potencias: la URSS y Estados Unidos de Norteamérica.

Ser de izquierda en esos años tenía un significado revolucionario y a la vez democrático. En ese contexto, las universidades, a falta de partidos atractivos para la juventud, se convertían en centros de efervescencia, crítica y alternativa democrático-revolucionaria. Si bien el país no sufría una crisis económica y la producción crecía, había estabilidad monetaria, crecimiento del empleo y del PNB; en la situación política las cosas marchaban en el sentido del endurecimiento, tanto por las presiones internacionales como por las visiones oligárquico-conservadoras que veían en la ruptura generacional un peligro para quienes detentaban el poder y contra los beneficios que el "milagro mexicano" había traído a unos pocos.

Quienes de manera clandestina leíamos literatura marxista, revistas y periódicos nacionales con tendencias críticas, nos formábamos una idea clara de que en México el autoritarismo presidencial y las formas autoritarias de gobernar, la intolerancia del gobierno frente a la disidencia y la pluralidad incipiente, abrían las puertas a una crisis política de grandes dimensiones.

Por el año de 1967 el Ejército nos detuvo a cientos de estudiantes cerca de Valle de Santiago, entre Guanajuato y Michoacán, cuando realizábamos la "Marcha por la Ruta de la Libertad". Quienes militábamos en partidos y movimientos no reconocidos por la Ley Electoral de esos años éramos vistos como "enemigos de la patria", "extremistas" y partícipes de "una conjura internacional", es decir, como objetos de vigilancia permanente, hostigamiento y represión.

En esos años se decía: "Los estudiantes deben dedicarse a estudiar y no armar alboroto". Lo cierto es que quienes se manifestaban partidarios de formas autoritarias de gobernar, aquí, en Francia, Checoslovaquia, Alemania, España, Japón, Estados Unidos, la URSS y en países con regímenes militares y dictatoriales, encontraban de inmediato un calificativo para excluir de la vida político- electoral a quienes disentían y, de inmediato, inventaban conjuras. Si se presentaban movilizaciones en el socialismo real, se hablaba de "intervención" de Estados Unidos, la CIA, etcétera. Tal y como sucedió con la represión llevada a cabo por las fuerzas soviéticas y el Pacto de Varsovia contra los promotores de la Primavera de Praga; Primavera que despertó la solidaridad y el apoyo de quienes en ese tiempo pugnábamos por un socialismo democrático y antiautoritario. Si se presentaba en los países capitalistas, ya sea periféricos o centrales, se hablaba de "la conjura comunista".

La bipolandad, los fundamentalismos ideológicos y la radicalización de las posiciones encontradas, sin duda que abonaban el terreno para la confrontación, contra las soluciones dialogadas, pacíficas y sin violencia.

No debemos olvidar que para esos años, en Guerrero existían ya los movimientos guerrilleros encabezados por Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas. Y si a lo anterior agregamos la existencia de los discursos que buscan eliminar al adversario, todo ello creaba un terreno fértil para la cerrazón y la falta de diálogo.

En 1968, la exigencia del diálogo con el Ejecutivo se veía como un ataque a la investidura presidencial y como una provocación de fuerzas oscuras. Para las visiones autoritarias, si el presidente dialogaba y cedía, significaba, perder autoridad. Silos estudiantes y profesores, si miles de ciudadanos salían a las calles y exigían castigo para los culpables de la represión del 26 de julio de 1968 y de las posteriores, si demandaban la presentación de los desaparecidos, el enjuiciamiento de policías y militares, de los autores intelectuales de los encarcelamientos injustos, asesinatos en masa, etcétera; los hombres del poder y el presidente en turno respondían con más represión.

Desde 1964 se demanda libertades políticas y esto es un signo de la lucha por la democratización nacional. Es importante recordar que en 1964, cuando la campaña presidencial de Díaz Ordaz, también existió otra campaña de fuerzas opositoras agrupadas en el Frente Electoral del Pueblo que lanzó a Ramón Danzós Palomino como su candidato ala Presidencia de la República. Éste es un ejemplo de las demandas de libertades políticas y la legalización de nuevos partidos, de que existían corrientes en la izquierda mexicana -llamadas "reformistas" por los más radicales de esos años- que demandaban democratización de la Ley electoral y verdaderas elecciones. No era sólo la lucha por el cambio de sistema económico, sino que también se veía como una necesidad urgente el cambio de sistema político autoritario, despótico-presidencialista y con el predominio-de un solo partido. Se exigía, en suma, dar pasos hacia la pluralización. Frente a eso, el gobierno respondía con cerrazón y persecusión de hombres e ideas.

En medio del panorama descrito se fue fermentando la gran movilización democratizadora de 1968, la cual rebasó a partidos y organizaciones tradicionales y efectivamente, puso contra la pared al Estado represivo-autoritario de esos años.

Quienes ven el 68 mexicano como una imitación del Mayo francés se equivocan. Quienes ven en él los matices de conjura internacional y provocación entre operadores de las potencias y como artífices de estas movilizaciones, tampoco son certeros en sus análisis. La lucha por la democracia, expresada en el Consejo Nacional de Huelga y otras formas de organización que se dieron en diferentes partes del país, es algo fundamental en este gran movimiento estudiantil-popular; pues parte también de esa gran conyuntura mundial que abrió nuevas perspectivas a los movimientos juveniles autogestionarios, concejalistas; ala misma lucha por la democracia en los países periféricos y al replanteamiento de la democracia en los países centrales.

Aquí, en el estado de Veracruz, no es algo casual el surgimiento de un símil del Consejo Nacional de Huelga, incluso antes de que surgiera a nivel nacional, ya que en el movimiento de los primeros meses de 1968 y anterior al movimiento nacional, el de la Coalición de Maestros, organizada para exigir demandas de carácter económico, se tuvo un complemento solidario en el CHE (Consejo de Huelga Estudiantil, también en recuerdo del Ché) y después, a partir de agosto de 1968, se haya presentado la continuidad en lo que se denominó acertadamente Frente Pro libertades Democráticas, del que tanto maestros como estudiantes formamos parte, en igualdad de condiciones, con los mismos derechos y obligaciones, solidarizándonos con el movimiento nacional y planeando nuestras propias ideas, surgidas del diálogo y las asambleas.

1968 abre el ciclo de las grandes movilizaciones democráticas en México, que tendrán otra fuerte oleada, con otras características y a partir de una alianza política de partidos expresada en el Frente Democrático Nacional, veinte años después, en 1988, cuando también se presenta la perspectiva democratizadora a partir de la confrontación por la presidencia de la República entre tres candidatos. Era la señal evidente de la pluralidad que se abría paso y se manifestaría con mayor fuerza en los Noventa.

Tres fechas claves en la historia de México: 1958, 1968 y 1988, en conjunto, forman parte de un ciclo y de un tiempo largo que constituye la dolorosa transición democrática mexicana. Si bien en 1958 se expresan los prolegómenos, porque esa lucha tiene que ver con la democratización sindical y con el ejercicio del derecho de huelga, 1968 y 1988 expresan con mayor puntualidad las demandas democratizadoras y el cambio del régimen político. Más específicamente, en 1988, se demanda la conformación de un real sistema de partidos políticos y elecciones limpias y transparentes, así como nuevas reglas que garanticen el ejercicio pleno, equitativo y efectivo del sufragio universal, libre, directo y secreto.

En el fondo de las demandas de 1968 como la derogación de los artículos 145 y 145 Bis del Código Penal, que tipificaban la Disolución Social; libertad a los presos políticos de 1958, del mismo 68 y de otros movimientos democráticos; castigo a los culpables de las masacres y de la represión; desaparición del cuerpo de granaderos, respeto ala autonomía universitaria y otras, se encontraba esa fuerza renovadora inspirada en el espíritu democrático.

Habían hecho crisis las formas despóticas y autoritarias de gobernar, y el movimiento estudiantil-popular de 1968 profundizaba esa crisis. La imagen presidencial había caído en un gran descrédito ante millones de mexicanos y también ante el mundo. El 2 de Octubre de 1968 y después el 10 de Junio de 1971 se mostró el verdadero rostro del despotismo presidencial, así como las agudas pugnas y la crisis en el propio grupo gobernante.

La apertura democrática echeverrista, la amnistía a los presos políticos y, posteriormente, a diez años del movimiento del 68, es decir, en 1978-79 con la primera reforma política que legalizaba a nuevas fuerzas partidarias y abría la Cámara de Diputados a las corrientes perseguidas y acosadas en décadas anteriores, la transición democrática mexicana se empezaba a expresar en ley, aunque limitada. Algunos de los reclamos que habían costado vidas, sangre y mucho dolor a miles de ciudadanos mexicanos empezaban a fructificar. No se debe pasar por alto el hecho de que, a raíz de la masacre encabezada por los Halcones aquel Jueves de Corpus, un sector importante del movimiento juvenil se radicaliza y se convierte en guerrilla urbana, la que en 1973 es fuertemente golpeada por medio de esa guerra sucia que desencadenaron diversos aparatos del estado.

Hoy, a 30 años del movimiento de 1968 y en esta lenta transición a la democracia, aunque con logros importantes en la democratización, seguimos viviendo crisis financieras recurrentes, mayor concentración de la riqueza en unas pocas manos, proceso de descomposición en algunos sectores de la sociedad aunque fundamentalmente en el aparato judicial y policiaco, problemas de inseguridad pública, mecanismos informales de acumulación violenta de capital, movimientos guerrilleros tanto urbanos como rurales, inestabilidad económica y procesos perversos de acumulación económica y especulativa, desempleo y deterioro del poder adquisitivo del salario, crisis del sistema bancario e ineficiencia del mismo. Tales situaciones vuelven más complejo y difícil el proceso de democratización y consolidación de las nuevas instituciones democráticas.

Frente a esa problemática, las reglas democráticas y los procesos de participación ciudadana, amplia y solidaria, son piezas claves para evitar que la transición democrática mexicana entre en un proceso de involución política. El diálogo democrático y el establecimiento de compromisos entre las diferentes fuerzas y partidos, para la gobernabilidad y el desarrollo sustentable, es una tarea cotidiana y no sólo el acto para la firma de grandes documentos genéricos que no logren efectos positivos y movilizadores del consenso social.

Los efectos devastadores de la globalidad también traen aparejados procesos benéficos a la democratización local. Sin embargo, es necesario destacar que existen fuerzas que invocan la mano dura y las salidas no pluralizantes de la vida política. Teniendo en cuenta lo antes señalado es necesario reiterar que la democracia se consolida democratizando más, ampliando y profundizando los efectos positivos de la democratización en todos los ámbitos de la vida social. Frente a las tentaciones autoritarias y los discursos mesiánicos, así como a las presiones del capitalismo salvaje, los procesos democratizadores, a partir de la propia cultura y en interacción dinámica, innovadora y creativa con la globalidad, pueden contribuir a la construcción de soluciones viables a problemas estructurales de la economía y de la vida social del México del siglo XXI.

Algunas reflexiones sobre la teoría

Como es ampliamente conocido, O'Donell y Schmitter nos hablan de los procesos de liberación y de democratización como elementos diferenciados en la transición. En el proceso liberalizador las relaciones entre estado e individuos o grupos sociales, se hacen efectivos determinados derechos que protegen a individuos y grupos sociales frente a la actuación del estado o de los mismos individuos.

En este camino, previo a la democratización, existen diferentes modelos y tipologías de relaciones y reglas que articulan a la diversidad social y al estado con base en algunos derechos fundamentales. El segundo aspecto, es decir, el de la democratización, tiene como eje al ciudadano y la ciudadanía. La ciudadanía es la aptitud de participar en el gobierno del estado-nación, ya sea como representante o como votante. Aquí, en este nivel, también se presentan modelos y tipologías diversos, también se manifiestan procesos de hecho y de derecho, la formalidad y la informalidad de los procesos de cambio y tránsito. Los matices liberales y los que enfatizan los derechos sociales, los que dan más relevancia a las reglas que a los aspectos substanciales de la democracia, conforman la compleja realidad teórica que nos puede permitir hacer combinatoria y ensayo de imaginación e ingeniería política, sin olvidar los retos y la necesaria tarea formativa que se debe desarrollar en el ámbito de la teoría.

Para los fines que me propongo en esta reflexión, solo destaco que desde que las teorías de las transiciones y la revaloración de la democracia irrumpieron con fuerza y señalaron caminos, ayudaron también a encender focos rojos y airearon el pensamiento tanto de la ciencia política como de la práctica política. Hoy nos encontramos con un menú muy rico para interpretar y explicar los cambios políticos en lo macro, en lo global y en los países de democracia tradicional.

David Held, (1992:321) señala que la disputa sobre el significado contemporáneo de democracia ha producido una extraordinaria diversidad de modelos, tanto en los extremos en su definición tecnocrática como en los extremos en su definición de sociedad y política. Nuestras múltiples relaciones como individuos, ciudadanos; enunciadores y enunciatarios, actores políticos y expresiones de culturas diversas, existentes en marcos estatales y sociales, nos obligan a la construcción de alternativas a partir de la significación de lo conocido, de lo vivido y lo cultural histórico como largo tiempo, no sólo como coyuntura y como situados en el tiempo macro o en el micro tiempo de la individualidad, sino en el intenso fuego cruzado de la modernidad y -necesariamente- de la crisis y revaloración de la modernidad y de las democracias.

Aunque en el siglo XX la teoría de la democracia se ha centrado en los contextos organizativos-culturales de los procedimientos democráticos y en los efectos que esos procedimientos tienen en el funcionamiento del gobierno y sus formas de representación, no se debe olvidar que para alcanzar la concreción de reglas, fines y procesos democráticos en el contexto del estado-nación globalizado y localizado a la vez, se requiere del estudio y la interpretación creativa, así como de la creación participativa de la democracia para el tiempo vivido y el que deseamos vivir.

La institucionalización democrática

Si aceptamos que las instituciones son construcciones histórico-culturales expresadas en reglas de articulación y organización de interacciones entre individuos y grupos sociales; esa concreción institucional es la institucionalización del entramado de los procesos económico-político-culturales, es decir, significados comparativos y asumidos comunitariamente para poder ser institución. Este devenir institucional se conforma en procesos de tránsito, rupturas, composiciones y recomposiciones; existe en tiempos y espacios determinados y con señas de identificación propios y peculiares, aunque compartan elementos de procesos globales.

Entender -las peculiaridades y definir elementos comunes en las transiciones implica la investigación puntual y amplia de los fenómenos contemporáneos del cambio democrático y la dinámica interactiva entre teoría y realidad por explicar e interpretar.

El sentido de futuro y de cambio nos agobia, ante el impacto cotidiano por desentrañar, el curso de los acontecimientos y encontrar la lógica -olas lógicas- del cambio. En eso que llamamos transición de un estado no democrático hacia uno democrático no debemos descuidar que el asunto clave de ello no sólo consiste en definir reglas, sino en orientar el cambio, en dirigirlo y humanizarlo. En este contexto, los retos son grandes tanto para la construcción del cambio como para la orientación y definición del mismo.

El tiempo mexicano y los multiples tiempos

Carlos Fuentes (Reforma 30-6-98), destacando las peculiaridades del cambio democrático en México en comparación con otras transiciones, menciona que aquí la transición no tiene que ver con la restauración de un sistema democrático previo, tal como sucedió en el Cono Sur. Nuestra transición no es el derrumbe de un sistema autoritario como fue el caso de la URSS y tampoco se asemeja a la caída de la dictadura personal como España; aunque sí se trata de la crisis del sistema.. presidencial autoritario hacia formas plurales de participación política y hacia un modelo de gobierno y de relaciones entre sociedad y estado donde prevalezcan el derecho y las reglas democráticas de elección, representación y distribución del poder formal y real.

El tránsito se sitúa en la existencia de una incipiente democracia y en contextos peligrosos de aguda descomposición social, ya que los procesos informales y fuera de legalidad establecen reglas del más fuerte y conforman oligopolios informales que influyen en el curso del proceso. Aquí se encuentran tanto las redes más poderosas de la economía formal e informal como las redes del poder antiestatista que busca la creación de un mercado ligado a una supuesta mecánica libre y extremadamente individualista. Fuerzas centrífugas y centrípetas que alcanzan expresión institucionalizada en partidos, grupos de presión, ONGs, así como en guerrilla, bandas y corporaciones industriales, tanto legales como ilegales.

En este panorama, la incipiente democracia y la lenta y relativamente débil institucionalización de los procesos político-electorales con sentido democrático, no nos puede conducir a echar las campanas al vuelo, aunque tampoco a la subestimación de lo alcanzado, sino más bien a ser creativos en la conformación de los puentes y consensos sociales, culturales y políticos que profundicen la democratización y, a la vez, generen

Condiciones donde la polarización entre extrema pobreza y extrema riqueza no se agudicen y trabajen en contra del cambio democrático y sí en favor de la descomposición social generalizada y la aplicación de la mano dura.

Retomando la idea de Fuentes sobre los retos de la transición, resulta muy interesante el conjunto de cuestionamientos que hace: "¿Podemos ahora, con instituciones democráticas, alcanzar el orden de justicia y bienestar prometido por nuestras tradiciones revolucionarias? ¿Puede la política democrática darle a México lo que la política autoritaria, al cabo, no pudo o no supo darle: desarrollo económico con justicia distributiva y régimen de derecho? Estas son las bases para que mi país construya el puente indispensable entre la aldea global a la cual pertenece legítimamente, y la aldea local en la que reside fielmente".

Notas

  • Held, David. (1992) Modelos de Democracia. Edit. Patria, S.A. de C.V., México, D.F., 435 pp.
  • Fuentes, Carlos. "Reforma" 30 de junio de 1998.

* Ernesto Gerardo Fernández Panes es comisionado ciudadano ante el Consejo General de la Comisión Estatal Electoral.