Educar a los padres, ¿por qué? María Luz Márquez Barradas
Imperativo de una educación de calidades contar con instrumentos coadyuvantes a lo que se imparte en el aula. Uno de estos instrumentos es la escuela para padres, exclusiva hasta hoy de la Educación Especial y algunas instituciones privadas, la cual revela una capacidad formativa esencial en la familia, pese al desdén con que es vista por la sociedad.
Educar a los padres, ¿por qué?
María Luz Márquez Barradas *
El mundo de los adultos, sin duda, está lleno de complejidades: hay guerras que duran años, el planeta cada día está más contaminado, el juego de la política absorbe tiempo y esfuerzo, los intereses económicos, las dudas, etcétera. Y pese a ello, el hombre sigue cumpliendo con tareas cotidianas de manera espontánea e improvisada, guiado más por su sentido común que por la reflexión y el análisis de sus propios actos y las consecuencias de los mismos.
El surgimiento de la educación informal vino a recuperar algunos temas de la vida cotidiana para su estudio y también como objeto de atención para acciones educativas. Sin duda, la sexualidad es el más socorrido de esos aspectos, ha generado grandes expectativas, en su nombre se han sostenido largas y profundas polémicas, y de igual forma continúa siendo un misterio para muchos. Por el contrario, la educación a padres, aunque también goza de una buena historia, no ha trascendido más allá de lo que significa la cobertura que le puede dar la educación popular, el interés de alguna ONG o grupos institucionales aislados.
La diferencia entre estos dos tratamientos parece sostenerse en la premisa de la ignorancia de los individuos. Sobre la sexualidad saben poco, casi nada, aunque sobre ser padres se sabe todo. Es inherente a los humanos, es como un don cuyo potencial desarrollo sólo requiere de la condición precisa.
De ahí que haya poca disposición entre los padres para asistir a eventos -que dicho sea de paso, es el problema principal para el éxito de estas iniciativas- cuya finalidad sea la de informarse, formarse o autocriticarse sobre su papel, con el argumento de que no cuentan con tiempo. Es evidente que educarse para educar, a su vez, a los hijos no es considerado como una importante inversión; es pérdida de tiempo, es reiterativo porque se habla de lo que se sabe porque sí.
Pero, ser padre/madre, a diferencia de ser maestro, no es un rol pleno de certezas; es más bien la ejemplificación de inseguridades. La cotidianidad expone a los adultos a la expresión de sus fallas, de sus carencias, de sus debilidades; todo ello encubierto en una actitud de sabiduría, de seguridades construidas por la experiencia, sostenida por el temor a ser descubierto y, por lo tanto, derrotado.
En el plano de lo individual, la construcción de ser padre/madre, se guía por la tradición, el ejemplo, la significación de la acción de los otros. No tiene, como tal vez se piense, un origen natural o espontáneo. Por el contrario, está sujeto a patrones de conducta, a normas, a estilos de vida, a la conformación de las culturas, a valoraciones sociales y desde luego morales; lo cual -es evidente- trasciende lo personal y lo ubica en el plano de lo social, lo colectivo, lo socializado.
Ser padre/madre sólo es posible en el contexto de un grupo social que valorice y le dé significado a cada uno de los actos relativos a ese papel.
Es aquí donde se ubica el punto de vista central a discutir y rescatar en la educación para padres, la cual se refiere a la ética que ha de guiar estas acciones, porque tradicionalmente las escuelas para padres son directivas, informativas, obedecen aun esquema autoritario y unilateral.
En una escuela para padres hay varios actores: los padres, los promotores o conferencistas, y los directivos. Estos últimos deciden qué, cómo y cuánto ha de decirse a los padres bajo la lógica de que todo lo que los padres hacen es erróneo. Esto quiere decir: no es que no sepan qué hacer, sino que lo que hacen está mal. Por su parte, promotores y conferencistas llevan sus conocimientos a los padres para ayudarlos a resolver sus problemas, aun cuando antes no se investigue cuáles son éstos.
Retomando la cuestión ética, el problema está en si la forma de ver la vida, si la jerarquía de valores, si los valores morales y los principios de quienes hacen escuela para padres se manifiestan en su trabajo. Entonces se está comprometiendo a los padres con un sistema de vida que no corresponde a su propia expectativa.
Pareciera que una forma de subsanar los inconvenientes antes bosquejados es la necesaria consideración de que los padres/ madres sí saben qué hacer. Así, el cuestionamiento ha de ir en el sentido de que existe la necesidad de que valoren las consecuencias de los actos, reconozcan y reflexionen sobre las motivaciones de sus acciones, actualicen sus principios y estilos de vida y se comprometan con un proyecto propio y único, sólo válido para su familia.
Por lo tanto, el perfil de los orientadores, promotores, etcétera, ha de cumplir con los grupos de padres a la reflexión y con esto generar en ellos nuevas actitudes hacia la vida, su parej a, sus valores, sus principios y su régimen familiar. El promotor ha de ser respetuoso y tolerante con las distintas posiciones acerca de la educación de los hijos, ingenioso en la realización positiva hacia todos los que intervienen en el proceso de los padres.
Antes se mencionaba que uno de los problemas operativos de escuelas para padres es la poca asistencia, uno más es que la misma está constituida principalmente por mujeres. Sería ocioso explicitar aquí las razones, pero lo que sí vale es establecer como necesario que el trabajo. con padres/madres ha de incorporar una visión de género, que impregne todas y cada una de las actividades, ya que si bien la educación de los hijos es responsabilidad de dos (cuando se trata de una pareja, claro está), cada uno juega un papel distinto de acuerdo a su rol y género.
Vale la pena hacer un último comentario: en esta época caracterizada por la presencia de las computadoras, cuyo éxito en las comunicaciones es innegable, pareciera un contrasentido que con ello la comunicación entre los integrantes de la familia se ha visto afectada, pero más aún lo están las relaciones afectivas. Por ello, un asunto importante a tratar en escuelas para padres es, justamente, la recuperación de los lazos afectivos, simbolizados por las muestras de contacto físico y convivencia cotidiana, sin intermediarios, de la familia, en cualquiera de sus expresiones.
* Psicóloga e investigadora del Instituto de Investigaciones Psicológicas de la Universidad Veracruzana.


















