Industria cañera, dulce agrodesastre. Antonio Romero Lajud
Desde la época colonial, el azúcar ha sido uno de los productos de exportación más importantes del país, pero la industria cañera enfrenta hoy, en su crisis más grave, las consecuencias del abandono y del desorden internos, así como una desventajosa competencia con edulcorantes de importación como la alta fructosa.
Industria cañera, dulce agrodesastre
Antonio Romero Lajud *
Punto de encuentro de una gran maraña de mentiras. Lugar que fuera capital de un imperio orgulloso, el campo cañero de hoy busca desesperadamente redescubrirse como parte del ansiado desarrollo, pero muy frecuentemente se pierde en el hastío de una marcha de muy limitada y amarga realidad.
La agroindustria azucarera fundada por Hernán Cortés -quien entre 1525 y 1526 propagó la siembra de la caña de azúcar cuya semilla trajo de Cuba y construyó el primer trapiche de madera en un lugar hoy conocido como Paso del Ingenio, en Santiago Tuxtla, Veracruz- cuenta en la actualidad con dos millones de dependientes económicos, sesenta mil puestos de trabajo cada año, 130 mil familias involucradas y un peso específico de 350 billones de pesos. Hoy está en la más grave crisis de su historia, sin que haya a la vista una solución cercana.
Las condiciones actuales de la actividad cañera -por hablar de los últimos cuarenta años- han estado pasando por graves desajustes financieros que han hecho quebrar o declararlos en virtual quiebra a los siguientes ingenios: Navolato y Rosales en Sinaloa; Parisina en Jalisco; Puruarán en Michoacán; Santo Domingo y Juchitán en Oaxaca; Hermenegildo Galeana en Tabasco; San Pedro Naranjal, San Francisco Naranjal, El Higo, Mahuixtlán y Pánuco en Veracruz; El Mante, en Tamaulipas y Zacatepec en Morelos.
Entre las causas más importantes de este dulce agrodesastre están: la caña de azúcar se siembra donde se quiere, en donde se pueda, en donde el capricho indica, menos en donde se debe, tan es así que nadie sabe la verdadera extensión de las zonas de abastecimiento de materia prima de los ingenios.
La caña de azúcar tiene que sembrarse en lugares compactos que entre otras cosas permitan el uso eficiente de maquinaria agrícola, así como disminuir al máximo el pago de fletes por acarreo, ya que los técnicos establecen que por acarreo de caña entre los cambios de cultivo y el ingenio que exceda los l0, máximo 15 kilómetros, resulta total y absolutamente incosteable para los productores que pagan los fletes y en perjuicio de los cada vez más reducidos ingresos de éstos, ello no obstante, desde hace años se imponen acarreos hasta de 150 kilómetros.
Que al campo cañero se le haya mantenido por años en el más completo de los abandonos. En efecto, las actividades productivas en éste son ajenas por entero a los principios científicos, técnicos y económicos que le deberían ser propios.
La investigación agrícola se ha abandonado de manera total.
La distribución de fertilizantes en los campos cañeros se hace "a ojo", entregándoles a los productores fórmulas químicas de elementos mayores, olvidándose la utilización de los menores no siempre asimilables por la tierra o por la planta; además, la repartición de los fertilizantes, a veces adulterados, se hace a destiempo.
El combate a las plagas y enfermedades de la gramínea es parcial, no hay un seguimiento en la eficiencia del producto (herbicidas, venenos para roedores), tan es así que el promedio nacional de producción de 80 toneladas de caña por hectárea durante sus primeros tres cortes, ya no es más que de 50 toneladas por hectárea.
La mala administración financiera de los ingenios y su nula inversión hacia los mismos, ello aunado a una maquinaria obsoleta.
Las prácticas nefastas de muchos superintendentes de campo, jefes de zona, inspectores, contratistas, cabos de corte y otros.
Y la apertura indiscriminada de fronteras que decidió el Gobierno de la República, luego del desabasto de azúcar que se presentó en el país en 1990. Apertura que trajo como consecuencia la importación, entre ese año y 1991, de 2 millones 540 mil toneladas por encima de la producción nacional, entonces de 3 millones 600 mil toneladas y a un precio más bajo que el interno, lo cual derivó en el desquiciamiento de productores e industriales azucareros que se quedaron con su producto -degradable, por cierto- en sus bodegas.
Ahora bien, a partir de la firma del Tratado de Libre Comercio que empezó a surtir efectos desde el 1 de enero de 1994, nos encontramos con la nueva sustitución del azúcar, la llamada alta fructosa, que en muchos casos como en la elaboración de los refrescos hace a un lado al endulzante tradicional que se había tenido como materia prima en estas aguas gaseosas, siendo el comentario generalizado entre industriales y cañeros que muy pronto en la mayoría de los productos que necesitan del azúcar, este nuevo virus se encargará de acabar a esta gran industria forjada en épocas de la Colonia.
Por último, cabe hacer la pregunta a las autoridades federales encabezadas por la SECOFI ¿seguirán permitiendo la importación en grandes cantidades de este derivado del maíz? ¿Y si autorizaran las fábricas que se piensan poner, una en el estado de Jalisco y otra en el norte del país, para la fabricación de la alta fructuosa?
* Licenciado en derecho por la Universidad Veracruzana con maestría en análisis político.


















