Talabartería, artesanía veracruzana en expansión. Cuauhtémoc Villa Ortiz

Vinculada a la ganadería, y particularmente al jinete, la talabartería mexicana tiene merecida fama por su alta calidad y por su distinción característica. Sillas de montar, cinturones, fustes y chaparreras, entre otros artículos, salieron antaño de los talleres de muchas partes del país para lucimiento del charro. Hoy, es justamente en la costa central veracruzana donde el arte de la talabartería florece, y con tal empuje que ha significado una alternativa a las tradicionales actividades agropecuarias de la región.

Talabartería, artesanía veracruzana en expansión

Cuauhtémoc Villa Ortiz

El cuero de la res, el hilo de algodón, la pita, el pegamento se transforman en cinturones con hermosos acabados gracias a las diestras manos de artesanos que hacen de esta actividad, conocida como talabartería, su forma de manutención diaria en el pueblo de Emilio Carranza, municipio de Vega de Alatorre.

En un poblado donde las oportunidades de empleo son escasas, puesto que sus campos han dejado de ser productivos, su río ya está seco, el mar es accesible sólo a los pescadores y la industria del queso es muy modesta, la talabartería es la mejor opción de trabajo para familias enteras.

Esta artesanía viene practicándose en Carranza desde hace 75 años, gracias a don Antonio Hernández Orgeira, coatepecano, que es quien la lleva a esta tierra costera.

Al principio, cuentan los hermanos Enrique e Isaac Hernández Rodríguez, nadie conocía de este oficio, pues su padre llega a un naciente pueblo habitado por dos o tres familias dedicadas de lleno a la ganadería, por lo que don Antonio tuvo la oportunidad de ser el único que sabía hacer fustes y sillas de montar, cuyas guarniciones (cuero, vaqueta, correas) dan origen a la talabartería en Emilio Carranza, conocido como el pueblo de Santa Bárbara. Así es como don Antonio viene a hacerles la competencia a los fusteros de Teziutlán, Puebla.

El pueblo de Carranza fue creciendo, cada vez más gente se asentaba en sus pródigas y generosas tierras, ya sea para. dedicarse a la agricultura o a la ganadería, por lo que en la década de los Setenta gozaba de la fama de "ahí todos son ganaderos o agricultores, todos son ricos; para nada talabarteros", con la que siguió hasta principios de los Noventa, hasta que llegó la crisis económica del 94 que alcanzó a los más ricos, convirtiéndolos en barzonistas y también en talabarteros.

Pero continuando con esta artesanía, la talabartería creció en los años Setenta. Muchos niños y jóvenes que en el taller de Hernández Orgeira habían hecho sus primeros pininos, lograron instalar sus propios talleres, transmitiendo la enseñanza a una. nueva generación de jóvenes talabarteros. Cabe mencionar que todos estos chicos provenían de familias pobres, pues como se mencionó antes, la mayor parte de la gente de esta comunidad tenía dinero y se dedicaban a actividades pecuarias.

La talabartería nació como una artesanía destinada a los varones, por lo que ninguna mujer incursionó en ella. Fue hasta los Noventa cuando muchas jóvenes y señoras también se iniciaron en esta actividad, dada la forma en que el país entró en crisis económica y que se necesitó de su aportación económica en el hogar.

El rol que desempeñan las mujeres en la manufactura de cinturones es básicamente el abrir y bordar las tiras de cuero, por ser lo más fácil de realizar, debido a que la elaboración de un cinturón, que es con lo que se identifica a la talabartería aunque también abarca a las sillas de montar, bolsas, billeteras, etcétera, no es un proceso fácil: exige creatividad y fuerza física.

Dentro del proceso de elaboración de un cinturón se pueden contar varios pasos, empezando con el curtido de la piel, la cual se cortará en tiras que posteriormente serán los cinturones; en estas tiras se dibujarán figuras de diversos animales, flores u objetos al gusto de los clientes. Cuando ya están listas (abiertas) serán trabajadas al grado de lograr que dicha tira no se doble para lo cual le pegan una manta y papel detrás; realizado esto se entrega al artesano que se encargará de bordarlo con hilo de pita o de algodón. Una vez bordada, la tira se entrega al talabartero, quien se encargará de macetearlo (golpear con un objeto de madera hasta que quede liso) para poder pegarle el forro (de piel de vaca) y resanar lo que queda detrás del cinturón, para que no se le salgan los hilos, y al estar bien pegado pasará a la máquina de coser. Ya cosido, el talabartero le recorta y alisa los bordes (algunos los pintan), y después de ello el cinturón estará listo para su comercialización.

La realización de un cinturón, como se puede ver, necesita del trabajo de varias personas, siendo fundamental el bordador, y es éste el, que actualmente en Emilio Carranza ha disminuido dada la creciente emigración hacia los Estados Unidos, puesto que los jóvenes artesanos ya no ganan lo suficiente para sobrevivir bordando dichas tiras que les son pagadas a una cantidad irrisoria (60 pesos), comparada con el tiempo que ocupan para terminar una sola de éstas, que es en promedio, hablando de una tira corta, de dos días. Así, ellos ganan 30 pesos diarios trabajando duro, dañando su vista y pulmones por todo el tiempo que ocupan de estar sentados, lo cual, repito, los lleva a ir tras el billete verde.

Esta emigración de los bordadores ha hecho que los talabarteros, los dueños de los talleres y en consecuencia de los medios de producción, se vayan a buscar o a enseñar a otros jóvenes de la región para suplir a aquellos que se han ido, por lo que la talabartería se ha extendido a El Vencedor, La Pagua, Colipa y Juchique de Ferrer, por un lado, y por el otro hacia Vega de Alatorre, El Diamante, El Laurel, Santa Ana, Santander, Palma Sola y otros lugares circunvecinos, donde familias enteras se dedican a bordar cinturones.

Con ello queda claro lo importante que es esta rama de la artesanía no sólo en Emilio Carranza, sino en toda la región, que la hace la más fuerte generadora de dinero además de lo que envían los emigrantes a sus familias, como lo asienta Antonio Barradas Saldaña, presidente de la asociación de Talabarteros de Emilio Carranza, Ver.