Grupos políticos y democracia en el SME. Joel Reyes Hernández
La democratización de las organizaciones sindicales se plantea hoy como una alternativa a las prácticas del corporativismo oficial; no obstante, las formas de participación activa de los trabajadores al interior de los sindicatos, oficiales o no, tiene larga tradición en México; prueba de ello es la experiencia de los electricistas, quienes lograron construir un modelo de participación democrática interna que no excluye a la oposición organizada a través de grupos políticos.
Grupos políticos y democracia en el Sindicato Mexicano de Electricistas
Joel Reyes Hernández *
La existencia de grupos políticos en las organizaciones sindicales no representa novedad alguna. De hecho puede afirmarse que no existe organización social que escape a dicho fenómeno, lo mismo partidos, organizaciones patronales que una asociación ciudadana cualquiera. Por supuesto, existen diferencias entre un grupo y otro. Las distinciones tienen que ver con la orientación ideológica, el proyecto político, etcétera. Sin embargo, todos ellos tienen un propósito común: obtener el poder, el control sobre la organización. Cada grupo reconoce que sólo desde el poder es posible llevar adelante sus objetivos y metas de orden político.
De ahí la intensidad que registra cada fracción en la lucha política al competir por el poder. Aquí todo vale y se justifica con tal de lograr los fines que se persiguen. Instalados en el poder, si no existen mecanismos internos que regulen su participación ni el control por parte de la base trabajadora, los grupos se resisten a abandonarlo recurriendo a estratagemas para perpetuarse.
Es bastante común constatar cómo algunos grupos se transforman en camarillas: la de Fidel Velázquez es bastante conocida en nuestro medio. Hace tiempo, Robert Michels señalaba que el liderazgo y la democracia son incompatibles entre sí. Que el liderazgo cae inevitablemente en la oligarquía. Que aún teniendo un origen democrático las organizaciones y sus líderes, estos últimos terminan sucumbiendo a la corrupción inherente del poder.
Michels argumentaba las razones que explican la tendencia a la oligarquía: en primer término, la base trabajadora, por su incompetencia y apatía, ni pueden ni quieren participar activamente en el proceso político, sino que prefieren ser conducidos; en segundo lugar, dada la complejidad creciente de las organizaciones, cada vez se hace más difícil tomar en cuenta las opiniones de todos los miembros; por último, la tendencia a la oligarquía resulta de la naturaleza misma de los líderes, del papel que éstos han de desempeñar. Debido a su superioridad sobre las masas en cuanto a instrucción y cultura, los líderes forman una élite bien definida. Además los ingresos y privilegios que acompañan al papel del líder separan aún más a éste de las bases.
Dichos señalamientos terminarían por colocar la formación de grupos al interior de las organizaciones en un escenario pesimista, donde los trabajadores estarían condenados a vivir bajo el sometimiento de élites dedicadas a salvaguardar sus intereses personales y, de ninguna manera, aquellos otros de tipo colectivo. Incluso la misma historia del movimiento obrero sindical vendría a ofrecer un sinnúmero de ejemplos que ratificarían dichas tesis. ¿Quién no tiene noticia de alguna organización partidaria, sindical o de otro tipo, donde la oposición ha recibido la represión y expulsión como respuesta a su osadía de intentar oponerse al poder oficial? Por supuesto, dichas medidas se justifican casi siempre en nombre de la estabilidad y la unidad interna.
Entonces, la idea común que prevalece señala que formar parte de la oposición organizada representa un riesgo para aquellos que lo intentan ya que pueden llegar a perder todo, incluso la vida misma. Decir oposición en nuestro país -por lo menos mientras la democracia no sea una realidad que incluya la relación entre dirigentes y dirigidos; donde además la oposición cuente con la libertad y un clima de tolerancia para agruparse y competir por el poder- es hablar de grupos excluidos de la lucha por la representación.
Se supone que esta situación tendería a cambiar considerando los efectos político-culturales que genera el proceso de transición a la democracia que experimenta nuestro país, mismo que abriría nuevas perspectivas a la participación ciudadana y de democratización interna de las organizaciones sociales. Si bien pueden registrarse cambios significativos en ese sentido, la realidad es que el cambio de hábitos y actitudes entre la población es desigual y demasiado lento en algunos casos, como son los sindicatos donde se continúa llevando a la práctica formas tradicionales de control corporativo; aunque en el caso específico del voto obrero en favor del partido oficial, cada vez registra una mayor independencia en manos del trabajador, al manejarlo en su papel de ciudadano.
La cultura autoritaria no es fácil de erradicar en un contexto donde ésta aparece de muchas maneras, invadiendo los distintos poros de la sociedad. Para salirle al paso es necesario que su alternativa, una cultura democrática, arraigue como práctica cotidiana entre las nuevas generaciones al tiempo que las corrientes políticas identificadas con la misma se propongan llevar adelante una lucha permanente, intensa, para lograr introducir cambios en esa dirección al interior de sus organizaciones.
En este propósito, la experiencia sindical del Sindicato Mexicano de Electricista (SME) resulta significativa y digna de considerar por las fuerzas democráticas, ya que dicha organización logró construir a través del tiempo un modelo de participación democrática que, con todas las dificultades habidas en el proceso de llevarlo a la práctica, pudo establecer una relación particular entre dirigentes y dirigidos que no excluye a la oposición organizada a través de grupos políticos. Veamos algunos detalles del asunto.
En primer término, el SME es un sindicato que nace en 1914, bajo la coyuntura histórica del movimiento revolucionario de 1910. Producto de la influencia anarcosindicalista, desde su nacimiento reclama su autonomía e independencia frente al Estado, la patronal y las organizaciones partidarias. En sus primeras etapas, considerando el número de trabajadores, se practicaba una democracia directa, esto es, había un trato cara a cara entre trabajadores y dirigentes. Posteriormente se pasa a otra de tipo representativa a través del nombramiento de representantes departamentales que forman parte de la llamada Comisión de Trabajo.
En ambas experiencias, el papel asignado a la asamblea para la toma de decisiones es primordial. La élite de poder está conformada por varias fracciones organizadas en grupos políticos, mismos que tienen el reconocimiento oficial a través de los estatutos de la organización. Este hecho es de gran trascendencia para llevar a la organización por los senderos de la participación activa de las bases y de los mismos dirigentes que aspiran al poder de la representación. Esto es así porque al existir la libertad de asociación, la lucha por el poder entre las distintas fracciones tiene que darse de manera organizada y dirigida a buscar el voto de los trabajadores, fuente del reconocimiento legítimo.
De esa manera no existe un poder asegurado, sino uno que tiene que vivir de manera constante la prueba de las urnas (cada año se celebran elecciones). En este contexto, la oposición constituye una pieza clave para balancear los excesos posibles de poder. Por una parte, al aparecer como oposición en la lucha electoral, la base trabajadora goza de información privilegiada emitida a través de la denuncia política sobre posibles irregularidades cometidas por la parte oficial, misma que le permite reflexionar sobre su futuro voto.
Mas el asunto no se detiene en los procesos electorales, ya que los grupos políticos tienen como derecho la posibilidad de intervenir en la línea político-sindical que esté llevando adelante la representación oficial, e incluso hacer críticas fundamentadas en contra de la conducta de algún dirigente que a su parecer perjudica a la organización con su proceder. Otro derecho es el poder revisar los documentos de la tesorería, situación que los puede llevar a la celebración de una asamblea especial.
Dado el espacio concedido aquí, no podemos extendernos en aquellos detalles que pondrían de relevancia estos y otros puntos sobre la experiencia democrática del SME. Sólo concluiríamos que durante décadas dicha organización ha representado el orgullo del movimiento obrero nacional por la presencia combativa que ha tenido a través de la historia; ahora mismo enfrenta su mayor reto con motivo de la privatización de la industria eléctrica; las movilizaciones v el apoyo general de distintos sectores de la sociedad hablan por sí mismos de la calidad moral de que goza dicho sindicato.
* Profesor de la Facultad de Sociología de la UV, candidato a doctor en ciencia política por la Universidad Autónoma de Madrid.


















