Enseñanzas de una elección federal. Ángel Martínez Armengol

La Revolución, la dama vieja y que vilipendiada a la que cada seis años le retocaban el maquillaje y vestían con nuevos ropajes para que la maquinaria del Estado reacomodara sus cuadros de poder, era el estandarte de los gobiernos; pero, a partir del 2 de julio, lo son las elecciones, porque en esta fecha se dijo adiós a la antidemocracia, a la imposición a los mitos como base de legitimidad política, adiós a las mafias corruptas, a la estructura vertical de un gobierno unánime, aplaudidor de sus contradicciones y, por lo mismo, ineficaz.

Elecciones y medios de comunicación

Enseñanzas de una elección federal

Ángel Martínez Armengol

Enviado por Radiotelevisión de Veracruz para la realización y conducción del programa En Red Elecciones 2000, tuve la oportunidad de ser testigo presencial, en el sitio donde todo ocurrió, de la jornada electoral del pasado 2 de julio.

Fue, por muchos aspectos, un proceso histórico cuyo punto culminante fue la confirmación de los resultados electorales que dieron como consecuencia el triunfo del candidato de la Alianza por el Cambio, Vicente Fox Quesada, a la presidencia de la República.

No hubo sorpresa en ello, pero sí, por principio, una gran incredulidad. Y después incertidumbre, quizá hasta miedo, por las repercusiones que el resultado electoral pudiera tener.

Ante los hechos consumados, vale la pena recapitular sobre lo pasado y proyectar las dudas, interrogantes y hasta pendientes por resolver en el largo y difícil camino de la transición a la democracia.

Jornada extenuante

En la sede del Instituto Federal Electoral todo era frenesí. Desde días, semanas, previos se había montado un complicado sistema de logística para atender el proceso electoral que involucró la participación de más de 600 mil ciudadanos al frente de las casillas electorales.

Pero además para atender a los miles de periodistas acreditados para cubrir este histórico proceso electoral así como a los empleados del mismo IFE que permanecieron estacionados prácticamente todo el día.

Una macro sala de prensa, con un domo inflable y dotada de la más alta tecnología de recepción y envío de información fue colocada en la explanada de los edificios D y E del IFE para uso de los comunicadores. Además de ello, el despliegue de los medios informativos "nacionales" fue impresionante. Estudios de televisión con escenografías dignas de una superproducción de Hollywood o cabinas de transmisión de radio con la más alta tecnología digital de envío y recepción de señales a diferentes partes del país, demostraban el poderío de las empresas mexicanas de comunicación desplegado para cubrir la histórica elección del 2 de julio.

En contraste, un modesto set de televisión -cuya escenografía aprovechó el propio edificio del IFE-, pero unas ganas enormes de hacer el mejor papel posible con muchas (o casi todas) las cosas en contra, permitieron a la Red de Televisoras estatales emitir durante 16 horas una señal continua y constante del proceso electoral. No todos los sistemas hicieron uso de la señal.

El reporte de que dispongo indica que por lo menos en Tabasco la programación de ese domingo sólo incluyó breves cortes informativos locales (es decir, de sus propios noticiarios) y el resto del día ofreció a los tabasqueños barras de películas, series documentales y caricaturas que nada tenían que ver con el proceso electoral federal, desaprovechando la señal nacional que emitía la Red.

Una cosa similar estuvo a punto de pasar en RTV. Afortunadamente el sentido común imperó y la trascendencia de la elección pudo llegar a los hogares veracruzanos a través de su canal local, pese a los buenos oficios en contra.

La emisión estuvo a la altura de las que realizaban las llamadas "cadenas nacionales", con entrevistas en vivo y en directo con los protagonistas de la elección: consejeros electorales, funcionarios del IFE responsables de áreas electorales, etcétera, así como la participación de analistas políticos de primer nivel.

Siempre con una visión regional de la información nacional, con la gana de hacer no sólo televisión sino periodismo televisivo que implica cuestiones más de fondo como conocimiento del tema, estructura discursiva y análisis de coyuntura política y social.

En ese sentido, la función de la transmisión de la Red cumplió con su objetivo: informar y orientar. Lo primero para tener a los públicos al corriente de lo que pasaba, lo segundo para dar la pauta de lo que ocurría.

Las elecciones

Y una vez que pasaron las votaciones, ¿qué?, ¿de qué sirvió ese esfuerzo extenuante de miles de ciudadanos mexicanos para organizar la elección, contar los votos y declarar vencedor al contendiente de la Alianza por el Cambio?

Pues de mucho, pese a las opiniones en contrario de algunos en las semanas subsecuentes.

Por principio de cuentas, una elección democrática como la del 2 de julio nos resolvió el problema, el dilema, de la representatividad y legitimidad política de quienes ejercerán el poder público a partir de diciembre próximo.

Y ese mero hecho no es menor de manera alguna. Hasta antes de este proceso electoral, lo que daba legitimidad a los gobiernos mexicanos emanados del PRI -según la tesis sostenida por Enrique Krauze- era la Revolución, esa dama vieja y vilipendiada que cada seis años era retocada de maquillaje y vestida de nuevos ropajes para permitirle a la maquinaria del Estado renovar sus cuadros dirigentes, sus cuadros de poder.

Durante sexenios, la organización misma de las elecciones era una mera función formal de gobierno que servía para dar el triunfo al partido en el poder, que estaba garantizado de antemano por factores corporativos, de control político y sindical, de coacción y coptación del voto.

Al final de cuentas, siguiendo la tesis krauzeana, lo que sostenía al régimen no eran los votos, sino las obras, las acciones de la Revolución hecha gobierno, frase trillada y agotada en un sistema político que carecía hacia su interior de condiciones de competencia electoral pero con un creciente empuje de las fuerzas opositoras al mismo.

Y no porque el régimen revolucionario, de grandes y espectaculares acciones sexenales fuera malo en sí mismo. La base social de apoyo que lo sostenía era real y palpable, en muchos casos hasta convencida, porque a diferencia de dictaduras militares totalitarias, en México nunca hubo de manera deliberada una imposición ideológica única aunque sí intentonas de mostrar y aun preconizar unanimidades inexistentes en el complejo social (todos éramos del PRI hasta que demostrábamos lo contrario).

El sistema entonces funcionaba bajo tres ejes reales y tres ejes mitológicos, a saber: el Presidente de la República (del cual emanaba todo poder y toda gloria), el Partido PNR PRM o PRI.) y sus sectores (obrero, campesino y popular). Asimismo, la bandera, la Patria y la Virgen de Guadalupe.

Esos factores, conjugados, daban un factótum de poder que envestía a los regímenes posrevolucionarios cuya crisis de identidad política comenzó a gestarse con las represiones a los movimientos sociales en las décadas de los sesenta y setenta (la huelga de maestros, Tlatelolco, el halconazo, la guerrilla, etcétera) y que al mismo tiempo debe dar pasos agigantados y acelerados hacia la apertura democrática, término acuñado durante el lópezportillismo para justificar hacia adentro, pero sobretodo hacia afuera, que México era todo, menos una dictadura al estilo latinoamericano y que el PRI se enseñoreaba como paradigma de Democracia y Justicia Social, como partido mayoritario, cuasi único, pero que participaba en competencias políticas y que cedía, pequeños eso sí, espacios de poder.

Pues bien, toda esa estructura de pensamiento y de acción del régimen político en México se modificó el 2 de julio. Y no es cualquier cosa, decía líneas arriba. A partir de esa fecha, lo que legitima al gobierno mexicano (y lo que legitimará a los subsiguientes) será la sanción electoral, el voto emitido en las urnas por los ciudadanos y ciudadanas de este país, de manera libre, responsable, con garantías de equidad y legalidad. que no se tenían previamente.

México entró ese día al concierto de naciones donde las diferencias políticas, las divergencias ideológicas, el cambio de administración del gobierno, se resuelve no en un pasado remoto y esquelético, sino en lo único que vale y tiene legitimidad: el voto ciudadano.

Si antes la Revolución era el paradigma de los gobiernos, hoy y en lo futuro lo serán las elecciones

Ese es el principal activo que logramos el 2 de julio, independientemente de su resultado y de que estemos de acuerdo o no con él.

Creo que Vicente Fox será el primer presidente legitimado de manera absoluta con el voto social, emitido en condiciones de mayor libertad, equidad y certeza de respeto.

Atrás quedaron los votos masivos de conciencia o acción, los acarreos, las urnas embarazadas o rellenas, los votos de los muertos, la compra de conciencias con despensas y demás prácticas políticas arraigadas aún ahora en la mente de muchos políticos.

El 2 de julio los mexicanos le dijimos adiós a la antidemocracia adiós a la imposición, adiós a los mitos como fuente de legitimidad política, adiós a las mafias corruptas, adiós a la estructura vertical de un gobierno unánime, aplaudidor de, sus contradicciones y, por lo mismo, ineficaz.

Le dijimos adiós además al miedo, adiós al voto corporativo, adiós la mentira, adiós a la simulación electoral, adiós a la política del acarreo y la matraca, adiós a la idea de ser una nación unipersonal y unívoca identificada con tres colores.

Le dijimos, en síntesis, adiós al PRI.

Ya era hora.