De mujeres y democracia. Mujeres y migración
"Hay miles de mujeres que van a la frontera, que cruzan el río Bravo para ir a trabajar. Sin importar el riesgo que corren, todas ellas se burlan de las leyes para poder pasar (Ezequiel Zúñiga, Billetes verdes, 1987)"
De Mujeres y Democracia
Mujeres y Migración
Para Eva y sus tres hombres, que sufren en tierras lejanas
Mario Pérez Monterosas
La presencia del fenómeno migratorio a Estados Unidos en el Estado de Veracruz tiene orígenes desde principios de siglo, de manera esporádica, y adquirió singular importancia entre 1943 y 1964 cuando muchos veracruzanos se fueron contratados para trabajar allende la frontera. Sin embargo, es en los últimos 10 años cuando el proceso migratorio realmente se presenta con gran relevancia a lo largo de todo el Estado, aunque no con la misma intensidad en las diversas regiones y poblaciones rurales, ni por las mismas causas y motivos.
Un sector importante de la población que ha estado ausente de los estudios migratorios en México son las mujeres. En Veracruz, muchas de ellas se han lanzado a la aventura de cruzar la frontera de manera ilegal, yendo solas o acompañadas de sus maridos, en grupo con las vecinas o compañeras de trabajo, teniendo que pagar altos costos sociales y económicos en pos de sus metas: percibir un salario elevado, que en su terruño sería imposible de obtener, y construir un mejor futuro que heredar a sus hijos.
Los migrantes veracruzanos contribuyen a engrosar los flujos migratorios a Estados Unidos, principalmente jóvenes y hombres jefes de hogar, mientras en la localidad de origen se quedan en su gran mayoría mujeres, niños y ancianos. Los migrantes tienen que conseguir entre 1,200 y 1,500 dólares para pagarle a un coyote que los cruce la frontera, más otros 3 mil pesos para transportarse hasta el punto de contacto establecido con el coyote en su viaje a lo desconocido, a un lugar que sólo conocen por lo que les han contado quienes ya fueron.
Una vez que se han insertado en el mercado laboral norteamericano pagarán la deuda contraída y tiempo después enviarán remesas a la familia en México, algunos de ellos emplearán el dinero para pagar un coyote que ayude a cruzar la frontera a su esposa y sus hijos para que se reunifiquen en Illinois, Texas o California, principales destinos de los veracruzanos en la Unión Americana.
La migración en Veracruz se resiente de manera inmediata al interior de la vida familiar con la pérdida de uno de sus integrantes; el dolor de la ausencia que produce el hijo o el esposo se refleja en las expresiones cotidianas de las esposas, de las madres, de las mujeres que han perdido temporalmente a su pareja o a sus hijos. La distancia espacial entre un territorio y otro, y la brecha temporal entre el día en que parten y el día en que esperan regresar a su tierra son muy grandes, al igual que la angustia, la melancolía y la tristeza, que no conocen de fronteras. Muchas de las veces los hijos se reúnen nuevamente ante el ataúd de uno de los padres.
La emigración de los hombres da paso a la fragmentación de las familias con sus integrantes en ambos lados de la frontera, algunos de ellos en Estados Unidos y los otros en alguna comunidad rural veracruzana. Esto sin duda trae un enfriamiento en las relaciones, la división de un cariño, pero también un anhelo y un deseo compartido simultáneamente a través de la línea telefónica, de la correspondencia escrita o con la visita de un familiar llegado del otro lado. Con la emigración los lazos familiares también se fortalecen en vísperas de hacer del sueño americano una realidad.
Con la presencia del fenómeno migratorio en Veracruz, la familia ya no será como antaño, ahora ya no vivirá junta bajo un mismo techo, ni en una casa con la misma distribución de espacios ni construida con los mismos materiales. La edificación o remodelación de la vivienda es una característica importante en las comunidades de emigrantes, el tabique y el techo de colado será el material principal que se empleará, así como la creación de espacios apropiados para cada uso: cocina, recámaras, sala y baño, integrados bajo un mismo techo para vivir mejor. Cabe decir que muchas de las casas recién construidas pertenecen a los emigrantes que aún viven y trabajan en Estados Unidos por lo cual estarán desocupadas o bien albergando a gallinas, cerdos o utilizadas como graneros: casas-gallinero o casas-chiquero, enfrentando el paso del tiempo mientras se deterioran y esperan la llegada de sus dueños.
La ausencia del jefe de familia permitirá que las mujeres asuman el poder del hogar contribuyendo así a redefinir el rol que había venido desempeñando tradicionalmente. Ahora será la encargada directa de educar a los hijos, administrar las remesas que le llegan de Estados Unidos, asistir a las asambleas de ejidatarios, dirigir la construcción de la casa y el trato con los albañiles, estar pendiente de los trabajos agrícolas que realizará ella misma o con la ayuda de un peón pagado con dinero venido del norte.
Las responsabilidades aumentan, pero las satisfacciones también; el éxito del esposo se refleja en la adquisición de bienes y en la mejora del nivel de vida de la familia. Ahora será más fácil adquirir artículos de primera necesidad y "cumplirse uno que otro gustito". La mujer emigrante o esposa de emigrante juega un papel clave en la estrategia familiar de reproducción social, los hijos se sentirán más identificados con su madre, con ella compartirán los nuevos saberes y las dudas, las responsabilidades y los buenos comportamientos estarán condicionados: Si no estudias no podrás irte con tu padre a ganar dólares". La imagen del padre estará ausente en el proceso de socialización del infante, lo recordará por medio de las fotos o de su voz en la bocina del teléfono. Si se le recuerda será porque se le relaciona con dinero, juguetes o ropa, con los regalos que él le enviará o traerá a su regreso, aunque siempre ese regreso se retrase por un par de años.
La mujer padece la ausencia del esposo, resiente la soledad: "Se siente refeo que se vayan. Aquí se necesitan también los hombres, si se casan ya no son de nosotros. Cuando se van a Estados Unidos se siente más duro". La distancia que los separa ahora es determinante en la magnitud del dolor, si estuvieran en México o Xalapa podrían venir, pero la estancia en otro país y los costos para internarse a Estados Unidos de Norteamérica imposibilitan los reencuentros en periodos cortos de tiempo.
Las que se van:
Muchas mujeres jóvenes y en edad adulta también han tomado camino rumbo al norte, con la finalidad de "juntarse" con el esposo en Estados Unidos, otras con la firme intención de integrarse al mercado laboral y, las menos, en plan vacacional por un periodo de tiempo que se alarga y no ve retorno inmediato.
Los trabajos en los que las mujeres veracruzanas participan son cuidando niños o en las labores domésticas en el mismo vecindario donde viven, otras se emplean en fábricas, tiendas, restaurantes y hoteles, tratan de emplearse en lugares cercanos a donde viven pues el transporte es un costo que se agrega a los de renta, alimentación y teléfono, eso se refleja en sus ahorros. El recorrido de la casa al trabajo suelen hacerlo acompañadas de vecinos o familiares que trabajan en el mismo lugar. Hay fábricas en Texas donde trabaja un promedio de 50 personas, entre mujeres y hombres, provenientes del mismo rancho en Actopan, muchos de ellos familiares.
Un buen número de ellas, después de trabajar un promedio de cinco meses, ahorran y se compran un automóvil que es parte del sueño americano; se reúnen con las nuevas amistades que se forjan en el trabajo y procuran descansar los días no laborables, porque las jornadas de trabajo que realizan son muy duras y agobiantes, estar de pie, realizando actividades estresantes de 12 horas diarias en promedio, durante seis días a la semana, es algo que deja mucho dinero, pero también un gran desgaste.
El idioma ha sido una limitante para acceder a trabajos mejor pagados, o desplazarse a otros destinos geográficos. Además en sus trabajos reciben órdenes de los patrones en inglés, y como no entienden se tienen que comunicar a señas. La mayoría de las mujeres de origen campesino viven ahora en grandes ciudades como Chicago y Dallas. Los espacios sociales que frecuentan son centros comerciales (malls) y los fines de semana asisten a los parques donde se encuentran con los paisanos y los mexicanos que han hecho de ese lugar un punto de encuentro, de identidad y de alegría.
Muchas de las veracruzanas al partir tuvieron que dejar a los hijos encargados con la madre o con la suegra, y aunque envían dinero a la familia, eso no repara los daños psicosociales que esto produce en los infantes, que crecen solos, aunque llenos de juguetes de vivos colores que en su colonia o pueblo sólo serían dignos de los niños ricos, y que si su madre no hubiera emigrado, ellos sólo los conocerían por televisión. La niña juega con muñecas que "hablan y cantan" en inglés, "porque donde está mi mamá así hablan", los artículos infantiles con las figuras protagónicas de la última película de Disney que todavía no aparecen en México, ya forman parte del reportorio de regalos de la niña. La pequeña por ahora no desea que su madre regrese, mejor que se quede en Estados Unidos para que trabaje y le mande muchos juguetes, "y tú papá, para qué te vienes, mejor mándame más dinero".
La vida en las comunidades rurales veracruzanas seguirá transformándose por la interacción constante de personas, bienes, dinero, información y servicios entre Estados Unidos y México, lo que está dando paso a una nueva cultura, a nuevos anhelos y sueños americanos.


















