Educación y Cultura. Los intelectuales y la pelota
Cultura en Transición
Los intelectuales y la pelota *
Albert Camus
Yo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando en 1940 volví a calzarme los zapatos, me dí cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou. Fue entonces, hace bastante tiempo, en 1928 para adelante, supongo. Hice mi debut con el Club Deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt-Mustapha era el Gallia. Pero tenía un amigo, un tipo velludo que nadaba en el puerto conmigo y jugaba water-polo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial.
El césped tenía en su haber más porrazos que la canilla de un centro forward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha. Pero al cabo de un año de porrazos y Montpensier en el Lycée me hicieron sentir avergonzado de mí mismo: un universitario debe jugar con la Universidad de Argel, RUA. En ese periodo, el tipo velludo ya había salido de mi vida. No nos habíamos peleado, sólo que ahora él prefería irse a nadar a Padovani donde el agua no era tan pura.
Ni tampoco, para ser sinceros, eran "puros" sus motivos. Personalmente, encontré que su motivo era "adorable", aunque ella bailaba muy mal, lo que me parecía insoportable en una mujer. ¿Es el hombre, o no es, quien debe pisarle los dedos de los pies? El tipo velludo y yo prometimos volver a vernos. Pero los años fueron pasando. Mucho después comencé a frecuentar el restaurante de Padovani (por motivos puros) pero el tipo velludo se había casado con su paralítica, quien seguramente le prohibía bañarse, como suele ocurrir.
Eduardo Galeano
El mundo intelectual siempre ha adoptado una actitud despectiva y arrogante con el fútbol y todo lo que este deporte desata como pasión colectiva. Este juego ha sido condenado por intelectuales de derecha e izquierda. En la derecha, porque dicen, es la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y en la izquierda, porque creen que el fútbol tiene la culpa de que la gente no piense. Por suerte, en estos últimos años la actitud ha cambiado. Muchos intelectuales han salido del armario, como dicen de los homosexuales. Tenían vergüenza de su pasión y ahora ya la muestran y hablan de ella.
Siempre, claro está, que se juegue bien. Me refiero a esos partidos en los que se juega por jugar y no por ganar. El balompié es un deporte que sirve para limpiar el alma y cuidar el cuerpo.
Mario Vargas Llosa
Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Culta o inculta, rica o pobre, capitalista o socialista, toda sociedad siente esa urgencia de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso. Políticos, militares, estrellas de cine, deportistas, cocineros, play boys, grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por el culto colectivo en eso que los franceses llaman con buena imagen los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica.
Ellos son, claro está, infinitamente más inocuos que los políticos o los guerreros, en cuyas manos la idolatría de las masas se puede convertir en un instrumento terrible y el culto del futbolista no tiene las mismas frivolidades que encarecen siempre la deificación de la artista de cine o de la musaraña de sociedad. El culto al as del balompié dura lo que su talento futbolístico, se desvanece con éste. Es efímero, pues las estrellas de fútbol se queman pronto en el fuego verde de los estadios y los cultores de esta religión son implacables: en las tribunas nada está más cerca de la ovación que los silbidos.
Juan Sasturaín
Voy a contar cosas mías, no me animo a teorizar, ni a hablar demasiado. Voy a contar un par de cositas mías que me han pasado con el fútbol. O con la literatura y que me pasan. El otro día en Radar, el suplemento de Página/12, donde laboro, hay una seccioncita donde le preguntan a los que escriben o tratan de escribir, qué otra vocación han tenido o que les gustaría ser si no hubieran sido lo que son. Me tocó que me hicieran esa pregunta y todos ya sabían lo que a mí me hubiera gustado, tal vez no como sustituto de lo que soy o lo que trato de ser, pero evidentemente me hubiera gustado, me hubiera encantado jugar al fútbol. Me hubiera gustado ser un jugador de fútbol como a muchos de mi generación.
Al Negro Fontanarrosa cuando le hacen esta pregunta dice: "Yo escribo, sí, pero bueno, cuando yo era chico, yo soñaba con ser Ermindo Onega, no con ser Cortázar". Y por un desfasaje muy habitual que se produce entre este tema del fútbol, que ha sido retomado por ámbitos que habitualmente no lo tomaban y entonces hay unos problemas de código, de lenguaje y todo, ¿no?, esta declaración. Este texto que estaba contando yo en cierto momento, en un texto, un texto sobre.... el guión de la película sobre el gordo Soriano, un video sobre el Gordo, yo contaba eso para hablar de Soriano, de la vocación de Soriano, fútbol también y la literatura. Entonces cité al Negro Fontanarrosa que decía y yo suponía que el Gordo Soriano igual, primero había soñado con ser jugador de fútbol y que la literatura había venido después, de otra manera, había entrado por la puerta del fondo, etc., etc. Entonces cité, oralmente como ahora, dije la..., la cita, dije lo que decía Fontanarrosa, y cuando se desgrabó eso, Fontanarrosa aparece diciendo que él había soñado con ser el "Indio Nega". O sea que aquél que desgrabó, con muy buena intención y evidentemente con buen criterio, no tenía la más reputísima idea de quién era Ermindo Onega. Sí sabía quien era Cortázar.
Tal vez la diferencia entonces está que entre el que desgrabó y Soriano y Fontanarrosa es que saben quién es Cortázar y quien es Ermindo Onega también. Yo, el Indio Nega no sé quién es. El Indio Falunga sí, pero el Indio Nega, no. Bueno, en ese lugar de cruce y no es casual que aparezca Fontanarrosa o Soriano porque con otro, con otros compañeros que tenemos, que hemos tenido y tenemos ciertas cosas en común, está esa vocación de jugar al fútbol, ¿no? Así que primero que nada te gusta el fútbol, pero te gusta el fútbol porque te gustó jugar al fútbol y uno de tus sueños fue jugar al fútbol en primera y tener camiseta.
Horacio González
De algún modo el relato del fútbol anuncia, y quizá su vigencia notable presupone, el hecho de que se propone efectivamente la representación imposible. De todos modos, el hecho de que el relato del fútbol esté en decadencia no sé si podría preanunciar finalmente, si se quiere ya lo estamos viendo, la propia decadencia del fútbol. Todos podemos recordar los viejos, los antiguos relatores que pertenecen al ciclo de la radio y estos relatores estaban condenados a la tragedia de un relato que continuamente persistía en no poder contener a su objeto, su objeto movedizo, nervioso, apelotonado, lleno de circunstancias, de acciones que se superponen y por lo tanto superan la capacidad de la voz para contenerlos, superan la capacidad de la estructura silábica del lenguaje, de la estructura proposicional del lenguaje, digamos.
Entonces el fútbol es un tipo de actividad humana que si tiene la esencia del juego es precisamente porque rompe y aniquila los modelos de la relación del habla con el tiempo. El fútbol tiene una temporalidad que continuamente desafía al lenguaje y por eso de algún modo, tiene un profundo encanto y yo asocio eso a su profunda tragedia de proponer un relato imposible.
De eso vivieron los grandes relatores, los que yo recuerdo de mi adolescencia y sin duda, digamos, buena parte de nuestra educación sentimental, de nuestra educación política y de nuestra educación literaria proviene de esos relatos que poblaban la tarde de las grandes ciudades con un soporte técnico como era la radio que te permitía el drama de la voz invisible persiguiendo esa empresa desmesurada de formular categorías del tiempo para los enunciados que finalmente me parecía que llegaba a la dificultad irresoluble de ese desafío. Esa escuela de los grandes relatores se ha perdido por razones comprensibles. Ha cambiado el modo en que percibe el fútbol las ciudades.
Sin embargo sigue habiendo toda esta clase de relatos alrededor del fútbol y sigue habiendo una literatura del fútbol que por razones que no me animaría a identificar en una forma tan rápida (no sé si fácilmente identificable) sigue siendo un viejo arcón de relatos, sigue siendo un viejo álbum, con un anaquel de metáforas que aún están disponibles, guiando el resto de los relatos como si fueran la locomotora central de los relatos.
Walter Saavedera
Empecé a buscar la relación entre el fútbol y la música y la literatura, y de verdad que esa relación existe desde el fondo de la historia. Pero ¿qué pasa?, da la impresión que hace 30, 40 años atrás, esa relación era una especie de relación de amantes furtivos, ¿no? No era algo declarado, y la impresión que tengo es que en estos últimos 10 años, por redondear, han comenzado a tener otra relación, es decir, creo que ya se tutean. Fíjense si no, quienes han escrito sobre fútbol: Bioy Casares y Borges, por ejemplo, parece increíble. Horacio Quiroga, ¿se acuerdan aquel uruguayo que escribió esos cuentos que después no te dejaban dormir allá, en la Selva Misionera?
Bueno, Osvaldo Soriano, el Negro Fontanarrosa, Roberto Santoro -desaparecido-, don Diego Lucero (que más allá de ser considerado un periodista deportivo y haber sido jugador de Nacional de Montevideo también era un exquisito escritor). Bueno, el Negro Dolina y el poeta Héctor Negro, por ejemplo. Carlos Ferreira, que es periodista y es también poeta, Gustavo Saccomano, Juan Sasturaín, que tiene cosas realmente bellísimas. Juan José Panno, y hablo de un lado y del otro del río, Benedetti, Galeano, y me voy más allá, y hablo de Brais Echenique, de Julio Ramón Riveiro, de Roa Bastos. Es decir, tal vez yo estaba equivocado cuando pensaba que no existía una relación entre la literatura y el fútbol.
* Tomado de la Biblioteca de UOL.


















